Dorius Isolde tiene un secreto: puede convertirse en un gato naranja.
Desde que su abuela murió, vive en una casa de acogida con otros cuatro niños y Sonia, la única adulta que lo ha querido sin condiciones. En el instituto, es invisible. El chico callado de la última fila. El que nadie mira.
Kael Alistar es todo lo contrario. Capitán de baloncesto, popular, guapo, rodeado de gente. Pero su sonrisa es una máscara. En casa, sus padres lo desprecian por el color de su pelo —negro, en una familia de rubios— y le exigen que sea perfecto. En las noches, cuando nadie lo ve, se sienta frente a la ventana y le habla a un gato naranja que aparece los jueves.
El gato es Dorius.
Y Kael no lo sabe.
Todavía.
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CAPÍTULO #22: EL PESO DE LOS MESES
El tiempo pasó como pasa siempre: sin pedir permiso.
Diciembre se despidió entre risas y juegos. Enero llegó con un calor que hacía casi olvidar el frío de Nochebuena. Febrero trajo tardes interminables en la pileta del club al que Kael invitó a Dorius y a los niños. Marzo, por fin, anunció el regreso a clases.
Tres meses.
Noventa días en los que todo cambió sin que nada pareciera hacerlo.
Las vacaciones fueron intensas. Kael y Dorius se veían casi a diario. A veces en la casa de acogida, con los niños trepándoseles encima. A veces en la casa de Kael, con Leo pidiendo ayuda con las tareas aunque no hubiera clases. A veces en la calle, caminando sin rumbo, hablando de todo y de nada.
Kael había dejado de teñirse.
Un día, simplemente, apareció con el pelo negro. Todo negro. Las raíces habían crecido tanto durante diciembre que ya no tenía sentido seguir disimulando. Se lo cortó un poco, se lo peinó distinto, y ya.
—¿Te gusta? —preguntó el primer día que lo vio así.
Dorius se quedó mirándolo. El negro le favorecía. Le daba un aire más serio, más adulto. Menos máscara.
—Sí —dijo—. Te queda bien.
Kael sonrió. Y esa sonrisa... era distinta. Menos forzada. Menos cansada.
Las noches, mientras tanto, seguían siendo de Sol.
Dorius iba casi todos los días. A veces Kael lo esperaba despierto. A veces ya estaba dormido y él se acurrucaba a sus pies. A veces hablaban —bueno, Kael hablaba— durante horas, hasta que la madrugaba los vencía.
Kael le contó lo de Adán. No todo, pero sí lo suficiente. Le contó que su amigo estaba enamorado de él, que se lo había dicho en Nochebuena, que las cosas eran raras ahora.
—No sé qué hacer, Sol —decía, acariciándole el lomo—. Lo quiero mucho, pero no así. Y no quiero perderlo.
Sol ronroneaba. Era lo único que podía hacer.
Y así, entre días de sol y noches de luna, el verano pasó.
El diez de marzo volvieron las clases.
Dorius se despertó temprano, con los nervios típicos del primer día. Se vistió, desayunó con los niños —que también empezaban, cada uno en su curso— y salió hacia el instituto.
El sol ya calentaba fuerte. El verano se negaba a irse.
Cuando llegó a la puerta, lo vio.
Kael estaba apoyado en la reja, esperando. Llevaba el pelo negro, más corto que en diciembre, peinado hacia atrás. La ropa era simple, pero le quedaba bien. Muy bien. Estaba más bronceado, los brazos más marcados por los entrenamientos del verano. Y cuando sus ojos se encontraron con los de Dorius, sonrió.
Una sonrisa real.
Sin cansancio. Sin esfuerzo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Dorius, acercándose.
—Esperarte. Es el primer día, ¿no? Podemos entrar juntos.
—Claro.
Caminaron hacia el edificio. A su alrededor, los estudiantes se arremolinaban, se saludaban, se contaban las vacaciones. Algunas miradas se clavaban en Kael. Como siempre. Pero ahora eran más. Más intensas.
—¿Te pasó algo en el verano? —preguntó Dorius.
—¿Por qué?
—No sé. Estás diferente.
Kael se encogió de hombros.
—Igual que siempre.
Pero no era igual. Y Dorius lo sabía.
Durante la mañana, lo comprobó una y otra vez. En cada clase, en cada recreo, en cada momento en que sus miradas se cruzaban. Kael estaba... radiante. Seguro. Cómodo en su piel de una forma que no había visto antes.
En el recreo, una chica de otro curso se le acercó. Dorius estaba cerca, lo suficiente para oír.
—Kael, ¿te acuerdas de mí? Somos de la misma clase de historia.
—Sí, claro.
—Bueno, quería decirte que... me gustas. Desde el año pasado. Y quería saber si querrías salir algún día.
Kael la miró con amabilidad.
—Gracias, de verdad. Eres linda. Pero no estoy buscando nada ahora.
La chica se fue, un poco colorada, pero sonriendo.
Dorius se acercó.
—¿Otra?
—La tercera en lo que va del día —dijo Kael, sin arrogancia, como si solo constatara un hecho.
—¿Y siempre dices que no?
—Sí.
—¿Por qué?
Kael lo miró. Por un momento, sus ojos se detuvieron en él.
—Porque no quiero nada con nadie que no sienta algo de verdad.
Dorius sintió un vuelco en el estómago.
—¿Y cómo sabes si sientes algo de verdad?
—Cuando lo sientes, lo sabes.
El timbre sonó. Volvieron a clase.
Pero las palabras de Kael se quedaron con él todo el día.
Esa noche, convertido en Sol, saltó por la ventana de Kael.
Kael estaba despierto, leyendo algo en el teléfono.
—Hola, Sol —dijo cuando lo vio—. ¿Sabes? Hoy fue un día raro. Todos me miraban distinto.
Sol saltó a la cama y se acurrucó a su lado.
—Creo que es el pelo —continuó Kael—. O quizá es que estoy mejor. Más tranquilo. Menos cansado.
Acarició su lomo.
—Dorius me preguntó por qué digo que no a todos. Y no supe explicarlo bien.
Sol movió la cola.
—Es que cuando él me mira, siento algo distinto. No sé qué es. Pero es distinto.
El corazón de Sol latió fuerte.
—Y luego está Adán —siguió Kael—. Que me mira de otra forma. Y yo no sé cómo mirarlo a él. No quiero hacerle daño.
Suspiró.
—Es complicado, Sol.
Sol apoyó la cabeza en su mano.
—Menos mal que estás tú —dijo Kael—. Tú siempre entiendes.
Apagó la luz.
—Buenas noches.
Dorius se quedó despierto, escuchando su respiración.
El verano había pasado. Las cosas habían cambiado.
Kael era más fuerte, más seguro, más atractivo que nunca.
Y él, Dorius, seguía ahí. Enamorado. En silencio. Esperando.
Esperando un momento que quizá nunca llegaría.
no?
por q nací Blanca 🤦JAKDJDSJDJ
Bello, hermoso.😻