Haberle querido fue un error, pero seguía deseándole…
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Capitulo 22
Cuando volvió a despertarse, era por la mañana. Se había nublado. A pesar de la grisura del día, nada podía hacer mella en su euforia. Se dio la vuelta para ver si Dan estaba despierto. El corazón se le detuvo al ver que solo quedaba la señal de su cabeza en la almohada. Las sábanas de su lado estaban frías.
Entonces vio una nota que él le había dejado en una hoja que había arrancado de la libreta del hotel.
He ido a por café, preservativos y cruasanes. Vuelvo enseguida. Dan.
Su sonrisa se hizo más ancha. Sin saber cuándo volvería su amante, se metió a toda prisa en el cuarto de baño y se cubrió el cabello con una toalla. Se dio una ducha rápida para estar fresca para lo que pudiera suceder después.
Se acababa de vestir y se estaba haciendo una cola de caballo cuando se abrió la puerta de la habitación. Dan entró y trajo con él el aroma irresistible del café caliente y los bollos recién hechos.
Dejó la bolsa de papel más pequeñas en la cómoda y le tendió uno de los dos vasos, sonriendo.
–El desayuno está servido, señora.
Ella le devolvió la sonrisa.
–¿Sabes que estamos en el Carlyle? Seguro que el servicio de habitaciones te hubiera traído todo lo que quisieras.
–Salvo preservativos. Además, necesitaba darme un paseo. Y me he acordado de una pequeña pastelería francesa, a unas manzanas de la Tercera Avenida. Es casi como si estuviéramos en París. ¿Tienes hambre?
El aroma a desayuno le abrió aún más el apetito.
–Desde luego.
En ese momento, llamaron a la puerta. Dan miró por la mirilla.
–Ah, los refuerzos.
Al entrar al hotel había pedido zumo de naranja, fresas y otras dos tazas de café, todo ello servido en un carrito con un mantel de lino blanco, cubiertos de plata y una rosa en un jarrón de cristal.
Dan dio una propina a la empleada del hotel y cerró la puerta.
–Venga, me muero de hambre. Anoche gasté muchas calorías.
–Voy.
Cuando él sacó la silla para que se sentara, la besó debajo de la oreja. Ella se estremeció. Él estaba tranquilo y se comportaba con naturalidad.
Ella se sentía vulnerable e insegura. ¿Qué hacían un hombre y una mujer después de una noche como la anterior?
Parecía que Dan creía que la respuesta era comer. Abrió la bolsa más grande.
–Cruasanes acabados de hacer. Hay uno sencillo, otro relleno de chocolate u otro relleno de mermelada de naranja. Y también mi preferido, relleno de una mezcla de limón, frambuesa y requesón. Podemos cortarlos por la mitad, si quieres probarlos todos.
El estómago de Helena comenzó a rugir. Ella cortó un pedacito del de chocolate y se lo llevó a la boca.
–¡Madre mía! –los sabores le estallaron en la lengua. Al igual que la crème brûlée de la señora Peterson, era casi mejor que el sexo.
Dan le preparó el café como le gustaba, sin preguntarle.
–¿Con qué frecuencia vas a París?
–Tres o cuatro veces al año. La empresa tiene un piso en Montmartre. Hacemos muchos negocios en Europa, así que París es un centro estratégico para nosotros.
¿Un piso en Montmartre? Lo había dicho despreocupadamente, del mismo modo que podía referirse a un Starbucks en Portland. Sus dudas resurgieron. Aunque, si todo aquello era temporal, ¿de qué se preocupaba?
Devoraron los cruasanes. Él extendió la mano y le acarició la barbilla.
–Tienes mermelada.
Ella le agarró la mano y se la llevó a la mejilla
–¿Qué hay en la otra bolsa, Dan?
Él se encogió de hombros.
–Posibilidades. Para después. Ahora vamos a hacer turismo. Para eso te he traído a Nueva York.
Ella negó con la cabeza lentamente.
–Los museos pueden esperar. Te quiero a ti de desayuno.
Lo ojos de él brillaron de deseo.
–¿Estás segura, lena? Este fin de semana es mi regalo para ti.
–Creí que este viaje era para que no te entrara claustrofobia.
Él se encogió de hombros, avergonzado al haber sido pillado en una mentira.
–Quería salir de casa, eso es verdad. Pero cuando Nathan nos ofreció las entradas de teatro, pensé que estarías contenta. Me gusta hacerte feliz.
Pronunció las últimas cuatro palabras con tanta sinceridad, que sería difícil haberla fingido.
–La habitación es cara. Creo que deberíamos sacar partido al dinero que te ha costado. Ya sabes que me gusta ser ahorradora.
–Lo sé –dijo él con ironía.
–Entonces, vamos a la cama. Tanto café me ha excitado. Necesito gastar energía.
***
Al final, no salieron de la suite hasta la hora de cenar. Dan era insaciable. Helena también. Si vivir en el reino de la fantasía era un error, ella recibiría el castigo más tarde. Ahora iba a disfrutar del momento, un momento que era maravilloso.
El sexo osciló de juguetón y apasionado a lento y dulce. Entremedias, durmieron abrazados. Ella creía conocer a Dan, pero este le mostró nuevas facetas que había ocultado en su relación anterior. Era como si se hubiera desprendido de una armadura invisible.
Helena experimentaba sentimientos encontrados: felicidad y paz, miedo y aprensión. Iba a enamorarse perdidamente.
Al final, Dan se separó de ella, bostezó y miró el reloj.
–¡Madre mía, Lena ! Vamos a tener que reprogramar el fin de semana.
Ella enarcó una ceja.
–Si te refieres al sexo, cuenta conmigo. Si te refieres a todo lo demás, he visto muchas películas que transcurren en Nueva York, así que te juro que puedo rellenar las lagunas. Dejaré el Empire State Building para otra ocasión.
Él volvió a bostezar y agarró el móvil.
–Conozco un par de restaurantes estupendos. A ver si puedo hacer una reserva, a pesar de lo tarde que es.
Ella le quitó el móvil y lo lanzó al otro extremo de la cama.
–Aún no me he comido un perrito caliente de un puesto callejero. ¿Por qué no buscamos uno y vamos a cenar a Central Park?
–La mitad de los bancos están manchados de excrementos de paloma y el parque estará lleno de turistas y corredores.
Ella le pellizcó la mejilla.
–Recuerda que soy una turista. Y me has dicho que querías hacerme feliz –le hizo una espectacular caída de pestañas.
–Increíble –Dan puso los ojos en blanco riéndose–. Estamos rodeados de las mejores cocinas del mundo, ¿y tú quieres un trozo de carne de origen desconocido?
–Caramba, Dan. ¿Vosotros los ricos nunca bajáis de vuestro pedestal y os mezcláis con las masas? Vive un poco.
–Creo que necesito una razón para vivir ahora.
Él se puso encima de ella en broma.
–Nos hemos saltado la comida, maníaco sexual. Tienes que alimentarme. Estoy segura de haberlo leído en la letra pequeña, en algún sitio.
–Te comportas como una diva –se quejó él–. Primero quieres desayunar; después, cenar; y ahora, un perrito caliente. Lo que tengo que hacer por ti.
Ella se sentó en la cama apretándose la sábana contra el pecho.
–No he comido –le recordó–. Dame cinco minutos para ir al cuarto de baño y vestirme. Luego te tocará a ti.
–Podíamos ducharnos juntos –dijo él, esperanzado.
–Calla, podrías convencerme. Pero no hasta que me haya comido mi perrito…