Luciano Viteli no es un hombre. Es un mito vestido de traje negro, con el alma manchada de sangre y los ojos tan fríos como una sentencia de muerte.
En Ciudad H, su nombre no se pronuncia con ligereza. Le llaman el Demonio. Y con razón. Es paranoico, controlador, obsesivo. Un dios oscuro dentro de su imperio: la Orden de las Sombras. Bajo su mando, fluye el tráfico de armas como veneno por las venas de un país podrido. Nadie se le opone. Nadie vive para contarlo.
Pero el respeto que inspira no viene solo del miedo. Luciano es adictivamente peligroso. En su presencia, hasta el silencio se arrodilla. Sus seguidores lo veneran, lo temen… y algunos, en secreto, lo desean.
Él no ama. Él toma. Él marca.
Y cuando ella entró en su vida, cometió el único error que no se podía permitir: obsesionarse con ella hasta perder el control, amarla con una locura silenciosa que lo convirtió en algo que juró no ser jamás... vulnerable.
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CAPITULO 22
Isabela
Sus manos eran fuego.
Fuego lento. Fuego que no quemaba, sino que purificaba.
Cada roce de su piel contra la mía era una caricia del abismo, pero me sentía segura. Deseada. Como si estuviera cruzando un umbral que me había estado esperando toda la vida.
Luciano me miraba como si fuera arte. Como si al tocarme pudiera romperse. Como si tuviera que contener su propio demonio por miedo a destruirme.
—Eres perfecta —murmuró, rozando mis labios con los suyos.
Su voz era más ronca que nunca. Y sus ojos…
No eran solo negros.
Eran un abismo que me estaba tragando de forma dulce, brutal y eterna.
No me sentí expuesta al estar desnuda frente a él. Me sentí sagrada.
—¿Estás segura? —me preguntó, acariciando mi mejilla con la ternura de quien toca una reliquia.
Asentí, con los ojos brillando. —Sí.
Y fue entonces cuando me besó como si fuera la única mujer que hubiera existido para él.
Y quizás, lo era.
Sus manos recorrieron mi cuerpo lentamente, como si memorizara cada línea, cada curva, cada temblor. Como si al tocarme, se tatuara mi existencia sobre la piel. Cuando me rodeó con su fuerza, no sentí miedo. Sentí hogar.
Su boca descendió, marcando un camino de fuego. El mundo se deshizo en sus caricias. Y cuando finalmente me tuvo, cuando se unió a mí, supe lo que era pertenecer.
No hubo prisa. Solo necesidad.
Y amor. Un amor envuelto en sombras. Un amor que dolía. Que ardía.
Y mientras me tomaba con reverencia y furia contenida, algo dentro de mí supo que nunca más podría alejarme de él.
Nunca más querría hacerlo.
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Luciano
Era mía.
Desde el momento en que la vi entrar con ese vestido de su madre, lo supe.
Desde que me miró con esos ojos azules tristes y puros.
Desde que aceptó mi nombre junto al suyo.
Pero tenerla en mis brazos.
Verla temblar, no de miedo, sino de entrega…
Eso me destruyó.
Yo, que he destruido imperios.
Que he dado órdenes de muerte sin parpadear.
Yo… temblaba por una mujer.
Por mi mujer.
—Eres mi principio y mi fin, Isabela.
Lo dije sin pensar. Porque era verdad.
Me movía dentro de ella con una mezcla peligrosa de devoción y posesión. Cada gemido suyo me rompía el alma. Cada mirada entre jadeos me hacía más bestia.
Pero fui suave.
Fui el mar acariciando la orilla.
Y al mismo tiempo, fui tormenta.
Sentí el momento en que la rompí. Su cuerpo se tensó y sus ojos se abrieron, brillando con una mezcla de sorpresa, dolor y amor. Y yo me quedé quieto, con los dientes apretados.
—¿Te duele? —pregunté, acariciándole el rostro, el cuello, sus pechos temblorosos.
Ella negó con una sonrisa temblorosa. —No… Es solo que ahora sí eres mío de verdad.
Eso me quebró.
Le besé el vientre, los pechos, los labios. Le prometí que nadie más la tocaría. Que si alguien siquiera la deseaba, lo haría desaparecer.
Me vine con un rugido bajo y contenidísimo, escondiendo el rostro en su cuello como un animal que por fin había encontrado su hogar. No quise salir de ella. No podía. Me quedé dentro. Pegado. Unido.
—No tienes idea de lo que despertaste en mí, Isabela —susurré.
—Y tú en mí —respondió.
En esa cama, con el sudor de nuestros cuerpos mezclados, con su olor impregnando mis sábanas, lo supe:
Mi alma ya no me pertenecía.
Le pertenecía a ella.
Y si alguien se atrevía a tocarla,
a verla,
a desearla…
No viviría para contarlo.