Elías tiene 19 años. Pospone la universidad por la muerte de su hermana y se va a Moonvale a trabajar de bibliotecario de día y mesero de noche.
Una noche encuentra dos bebés abandonados en la biblioteca. Nadie los reclama. Si los deja, irán a un orfanato. Decide criarlos como suyos.
Lo que no sabe es que Lyra y Milo no son normales. Crecen muy rápido, aúllan a la luna y sus ojos brillan como lobos. Son hombres lobo, los últimos Alfa.
Ahora tiene que comprar una cabaña en el bosque, aprender a ser papá lobo, protegerlos de los cazadores del pueblo y no enamorarse del veterinario que le está ayudando a criarlos.
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CAPÍTULO 19 - Tormenta
La tormenta llegó en diciembre, sin avisar.
Marta dijo que no había visto una igual en diez años. Viento que tiraba tejas, lluvia que no paraba, frío que entraba por la gotera que ya habíamos arreglado pero que volvió a abrirse.
—Se viene fea —dijo Silas—. Voy a traer leña.
Trajo leña mojada y la secamos en la cocina. Lyra y Milo miraban por la ventana el cielo negro.
—Mamá, ruido feo —dijo Lyra, tapándose las orejas con orejas de lobo que ya le crecían más.
—Sí —dije—. Ruido feo. Pero estamos adentro.
Tenía el cabello castaño largo otra vez, casi hasta la espalda, con una trenza gruesa que me hizo Silas en la mañana porque yo no alcanzaba a hacérmela bien atrás.
En la radio vieja de Don Héctor dijeron que la tormenta venía del sur con viento de cien kilómetros. Dijeron que no salieran.
En la escuela suspendieron clases. Los niños se quedaron en casas con velas como nosotros.
Silas había guardado comida para animales y la compartió con nosotros: arroz, papas, carne seca.
A las seis de la tarde se cortó la luz en todo Moonvale. Todo quedó oscuro como boca de lobo.
—Mamá, no luz —dijo Milo, asustado.
—Papá trae vela —dije, buscando velas que me dio Don Héctor.
Prendimos dos velas en la casa chica. El viento pegaba en el cerco chueco y lo hacía sonar.
—Mamá, cerco se cae con viento —dijo Lyra, con voz chica y asustada.
—No se cae —dije—. Lo hicimos firme.
Pero sí se cayó una parte. Escuchamos el golpe.
Silas vino corriendo con capa de lluvia, con pelo mojado.
—Se cayó parte del cerco —dijo—. Pero no pasa nada. Mañana lo arreglo.
—Entra —le dije—. Estás mojado.
Entró y se sacó la capa. Tenía frío.
—Me quedo —dijo—. No los dejo solos con tormenta.
Nos quedamos los cuatro en la pieza chica, con las dos velas, con la cocina a leña prendida que era lo único que daba calor.
Lyra se puso a aullar bajito, con miedo.
—Mamá, aúllo para que se vaya tormenta —dijo.
—Aúlla —le dije—. Aúlla conmigo.
Aullamos los tres, bajito. Silas se rió y aulló también, mal, como humano.
—Mamá loba aúlla —dijo Milo, riendo, olvidando el miedo.
A las nueve la lluvia pegaba tan fuerte que no se escuchaba nada más. La gotera volvió. Caía agua en un balde que puse.
—Mamá, casa mojada por gotera —dijo Lyra, señalando el balde que se llenaba.
—Casa mojada pero nuestra —dije.
Nos acostamos en la misma cama los cuatro, apretados, porque hacía frío y porque teníamos miedo. Lyra en mi pecho, Milo en mi espalda, Silas a mi lado con brazo sobre nosotros.
—Mamá, frío mucho —dijo Milo, temblando con su pelaje corto.
—Papá tapa —dije, tapándolo con manta tejida.
—Mamá papá tapa —mezcló Lyra, tierna, y nos tapó a todos con su manita chica.
A medianoche se escuchó un golpe fuerte afuera. Silas se levantó con linterna.
—Es un pino grande viejo —dijo al volver mojado—. Se cayó sobre el camino de tierra. No pasa a casa chica.
—Mamá, pino caído —dijo Lyra, con ojos grandes.
—Pino caído no nos toca —dije.
Nos quedamos despiertos los tres, con velas casi acabadas, escuchando viento fuerte que no paraba.
Silas me tocó la trenza.
—Tu trenza está mojada —dijo—. Te la seco.
Me deshizo la trenza y me secó el cabello castaño largo con una toalla seca. Me peinó con dedos.
—Te ves bien con pelo suelto mojado —dijo—. Como loba de tormenta.
—Me dicen mamá tormenta —dije, riendo.
—Mamá tormenta bonita —dijo Lyra, que escuchaba todo.
A las tres de la mañana Lyra tuvo idea.
—Mamá, aullemos fuerte para que pueblo venga —dijo.
—¿Para qué? —dije.
—Para que traigan leña —dijo—. Como en feria, pero con aullido.
Milo se paró y aulló fuerte, con voz que ya no era de bebé. Lyra aulló más fuerte.
Yo dudé, pero aullé también. Silas aulló.
Aullamos los cuatro en la casa chica, en medio de tormenta, sin luz, con cerco caído.
No pasó nada por diez minutos. Luego escuchamos golpes en la puerta.
Era Don Héctor con capa y con leña seca en brazos.
—Escuché aullidos —dijo—. Pensé que necesitaban.
—Sí —dije—. Necesitamos leña.
Detrás vino Marta con otra leña.
—Escuché aullidos también —dijo—. Dije, esos lobitos piden ayuda.
Luego vino la señora del puesto de calcetines con pan.
—Escuché aullidos —dijo—. Traje pan.
En media hora teníamos seis personas en la casa chica, con leña, pan, velas, y todos mojados, escuchando tormenta.
—Mamá loba llamó y vinimos —dijo Don Héctor—. Así es familia.
Lyra y Milo miraban sorprendidos, con ojos amarillos brillando con velas.
—Mamá llamó y vinieron —dijo Lyra, abrazándome.
—Papá llamó también —dije.
—Mamá papá llamó —repitió ella, con esa ternura que me hacía llorar en tormenta.
La gente se quedó hasta que bajó el viento, a las cinco de la mañana. Tomamos mate con pan en la pieza chica, todos apretados, con mi cabello castaño suelto mojado y con trenza deshecha.
Cuando se fueron, Silas se quedó.
—Viste —dijo—. Aullaste y vinieron. Porque te quieren. Con pelo largo mojado y todo.
—Siempre me defiendes —dije.
—Siempre —dijo—. Y siempre te seco la trenza cuando se moja.
Nos dormimos los cuatro de nuevo, con leña nueva seca al lado, con cerco caído pero con casa llena de pan y velas que trajo el pueblo.
Lyra se durmió diciendo:
—Mamá tormenta bonita no tiene miedo nunca más.
—Sí —le dije—. Mamá tormenta bonita no tiene miedo si ustedes aúllan conmigo.
Milo se acurrucó y dijo:
—Mamá no sola nunca más en la vida.
—No —le dije—. Mamá no sola nunca más en tormenta.
Me quedé con el cabello largo suelto mojado, con olor a leña mojada y a pan, con dos lobitos que me decían mamá tormenta bonita con una ternura enorme que me hacía sentir que ni la tormenta más fea de diciembre nos podía tirar el cerco chueco del todo nunca.