La tarea del príncipe elfo es sencilla; debe preparar una humana para sellar el pacto entre el mundo de ella y el de él. La conoce desde niña, y cuando descubre que el ritual es un sacrificio y lo empiezan a presionar para que la entregue, hará lo que sea necesario para salvarla.
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CAPÍTULO 20 El mar que prometí
Un mes después de la coronación, Leila pidió ver el mar.
No el mar plateado de Hassan, sino el suyo. El mar de su mundo, el que olía a sal y a libertad, el que había visto por última vez cuando tenía siete años y una mano pequeña había sacado a un niño elfo de sus aguas.
—¿Estás segura? —preguntó Angrod—. Cruzar el umbral es peligroso.
—Ya lo he cruzado antes. Tú también.
—Eso fue diferente.
—¿Por qué?
—Porque entonces no tenía nada que perder. Ahora...
—¿Ahora qué?
—Ahora te tengo a ti.
Ella sonrió.
—Entonces ven conmigo. Así no perderás nada.
Él dudó.
—Tu mundo —dijo—. No sé si encajaré.
—Mi mundo es ruidoso y extraño y a veces huele mal. Pero también tiene pan recién horneado y atardeceres amarillos y una playa donde una vez salvé a un príncipe. Te va a encantar.
—¿Y si alguien nos ve?
—Les diremos que eres mi novio extranjero.
—¿Novio?
—¿Prefieres prometido?
—Prefiero esposo.
Ella enrojeció.
—Todavía no —dijo—. Primero, el mar.
—Primero, el mar —aceptó él.
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El umbral se abrió en la misma biblioteca donde Leila había despertado su poder.
Angrod la tomó de la mano y juntos cruzaron la grieta entre mundos. Fue como sumergirse en agua fría y emerger en otro lugar, otro tiempo, otra vida.
Aparecieron en la misma playa donde él había caído doce años atrás.
El sol estaba poniéndose. El cielo era una acuarela de naranjas y rosas. Las olas rompían suavemente en la orilla, dejando espuma blanca sobre la arena.
—Es... hermoso —dijo Angrod, con voz asombrada.
—No es violeta.
—No. Pero es hermoso igual.
Caminaron por la orilla, descalzos, sintiendo el agua fría en los tobillos. Leila recogió una concha y se la puso en la mano a él.
—Para que no olvides —dijo.
—No voy a olvidar.
—Para que recuerdes, entonces.
Él guardó la concha en el bolsillo de su túnica.
—¿Dónde ocurrió? —preguntó—. El día que me salvaste.
Leila señaló un punto más allá, donde la orilla se curvaba formando una pequeña caleta.
—Allí. Yo estaba construyendo un castillo de arena y tú apareciste flotando boca abajo.
—¿Y no tuviste miedo?
—Claro que tuve miedo. Pero tenías más.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque cuando te saqué del agua, me miraste como si yo fuera la única persona real en el mundo. Así como me miras ahora.
Él desvió la mirada.
—No sabía cómo ibas a llamarte —dijo—. No sabía nada de ti. Solo sabía que no podía dejarte morir.
—Menos mal.
—¿Menos mal?
—Menos mal que no me dejaste. Menos mal que fuiste testaruda. Menos mal que existes.
Ella se detuvo y lo miró.
—Doce años —dijo—. Doce años esperándome. Doce años amándome en silencio. Doce años sin saber si algún día podría devolverte ese amor.
—No te pedí que lo devolvieras.
—Lo sé. Por eso quiero hacerlo.
Se puso de puntillas y lo besó.
El mar siguió rompiendo en la orilla. El sol siguió poniéndose. El mundo siguió girando, indiferente a los milagros cotidianos que ocurrían en sus playas.
Pero para ellos, ese beso fue el centro del universo.
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Pasaron la tarde caminando, hablando, recordando.
Leila le enseñó los lugares de su infancia: la roca donde solía sentarse a leer, el puesto de helados donde su padre la llevaba los domingos, el faro que guiaba a los barcos en la noche.
—Es muy pequeño —dijo— comparado con Hassan.
—No importa el tamaño. Importa lo que significa.
—¿Y qué significa para ti?
—Que aquí empezó todo. Que sin este lugar, sin este mar, sin esa niña testaruda que no sabía nadar pero se lanzó igual... yo no existiría. No el que soy ahora.
—¿Y quién eres ahora?
Él la miró largamente.
—Alguien que está aprendiendo a ser feliz —respondió—. Alguien que ya no tiene miedo de merecerlo.
Ella sonrió.
—Entonces hemos aprendido lo mismo.
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Al atardecer, se sentaron en la arena a ver cómo el sol se hundía en el horizonte.
—¿Crees que volveremos? —preguntó Leila.
—¿A tu mundo?
—Sí.
—Tantas veces como quieras.
—¿Aunque sea peligroso?
—Aunque sea peligroso. Aunque tengamos que cruzar mil umbrales. Aunque los dioses mismos intenten detenernos.
—Eres un exagerado.
—Lo sé.
—Un exagerado cursi.
—También.
—Y te quiero.
—Yo también te quiero. Ahora y siempre.
El sol se puso.
Y en la oscuridad de la noche, iluminados solo por las estrellas y por la luz tenue que brotaba de sus manos entrelazadas, Leila y Angrod hicieron una promesa silenciosa:
Volverían.
Una y otra vez.
Siempre.