Había pasado un año desde que Geisa había abandonado a su marido, el jeque Ali Hasam y echaba de menos a aquel hombre guapo, arrogante y apasionado, pero ¿de qué serviría volver a él si no era capaz de darle lo que él tanto necesitaba: un hijo y heredero? Cuando Ali la engañó para que regresara, Geisa se sintió furiosa y confundida. ¿Por qué la quería a su lado mientras luchaba con su padre por el trono de Jezaen ? Porque sólo podría triunfar si les demostraba a sus enemigos que tenía una esposa fiel y embarazada...
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Capitulo 21
ALGUNA vez tendremos que llegar a puerto -dijo Geisa fríamente. Se separó de él y se dirigió hacia las escaleras, decidida a encerrarse en el compartimento.
-Vuelve aquí -le ordenó Hassan-. Estaba bromeando. Ya sé que tenemos que hablar.
Pero ambos sabían que no había estado bromeando. Hassan era un monstruo despiadado y egoísta, y ella... Dejó de pensar y de caminar cuando se encontró de frente con un gigante con barba y los aguileños rasgos de un guerrero del desierto.
-Vaya, mira a quién tenemos aquí -dijo ella-. El amigo y conspirador de mi señor jeque.
Rafiq había abierto la boca para saludarla, pero se limitó a hacer una leve reverencia.
-No sé cómo puedes inclinarte ante mí, cuando ambos sabemos que no me tienes el más mínimo respeto -lo acuso ella.
-Te equivocas -replicó él-. Te guardo un profundo respeto.
-¿Incluso cuando me pones un saco por la cabeza?
-El saco fue un mal necesario -explicó-. Brillabas con tanta fuerza que hubieran podido vemos. Aun así, te pido disculpas si mis acciones te ofendieron.
-¿Sabes lo que realmente necesitas, Rafiq al-Qadim? Necesitas a alguien que te busque una esposa. ¡Una mujer que convierta tu vida en un infierno para que no tengas tiempo de entrometerte en la mía!
-Tienes razón de estar enfadada -concedió él-. Lamento de corazón lo del saco y, por favor, ten por seguro que si hubieras caído al mar, habría saltado por ti.
-Pero no antes que yo, creo -dijo Hassan en tono impaciente-. Geisa, sal del sol. Es absurdo que te quemes solo porque estés enfadada.
Geisa no se movió, pero sí lo hizo Rafiq. En dos zancadas se puso junto a ella y la protegió del sol con su impresionante sombra, lo que irritó más a Hassan.
-Seguro que tienes una razón mejor para estar aquí, Rafiq.
-Desde luego. El jeque Abdul quiere hablar urgentemente contigo. .
-¿Está preocupado? -preguntó Hassan con una leve sonrisa.
-Cubriéndose las espaldas.
-Entonces puede esperar a que acabe mi desayuno -dijo volviendo a la mesa-. Geisa, si no vienes enseguida tendrás que atenerte a las consecuencias.
-¿Ahora me vienes con amenazas?
-Dile al jeque que hablaré con él más tarde -le dijo a Rafiq, ignorando la pregunta.
Rafiq dudó. Prefería quedarse protegiendo a Geisa del sol, pero tenía que entregar el mensaje de Hassan. Estaba dividido entre dos lealtades. Geisa vio que Hassan estaba poniéndolo a prueba, y decidió ponérselo fácil. Se acercó a la mesa, por lo que Rafiq hizo una reverencia y se marchó.
-Gracias -dijo Hassan con una sonrisa fugaz.
-No tenías que desafiarlo a hacer eso -lo reprendió-. Ha sido un abuso de tu autoridad.
-Tal vez, pero todo tiene su fin.
-¿El fin de recordarle su lugar en la vida?
-No, el fin de recordarte a ti el tuyo -la miró con dureza-. Los dos ejercemos el poder a nuestra manera, Geisa. Tú has demostrado el tuyo permitiendo que Rafiq se marchara con el orgullo intacto.
Tenía razón, aunque ella no quisiera admitirlo.
-A veces eres muy cruel -le espetó, y para su sorpresa Hassan se echó a reír.
-¿Me llamas cruel a mí después de haberle amenazado con una esposa? Él ya tiene una mujer -le confesó-. Una española morena, con ojos color rubí y piel dorada -le desabrochó la chaqueta y se la quitó mientras hablaba-. Es bailadora de flamenco y famosa por encender los deseos masculinos con su peculiar estilo de seducción -le rozó con los labios la esbelta curva del hombro-. Pero Rafiq asegura que nada es comparable a cuando baila solo para él.
-¿La has visto bailar? -antes de que se diera cuenta, se había vuelto para mirarlo con un brillo de celos en sus ojos verdes.
-Eres tan posesiva que puedo sentir las cadenas alrededor de mi cuello -dijo él arqueando una ceja.
-Y tú eres un engreído.
-¿Porque me gusten las cadenas?
No era justo, pensó ella. Podía seducirla en cuestión de segundos…