Vanesa, una médica recién recibida. Se adentra en un mundo desconocido durante su pasantía, ya que su tutor termina siendo más que un hombre exigente.
El pasado la envuelve de dolor, y el miedo intenta arrastrarla a la locura. Solo un amor sincero podrá salvarla de caer en la oscuridad.
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Detrás del odio XXI
Capítulo veintiuno
Detrás del odio
Emanuel estaba en su casa revisando entre sus cosas, la policía había dejado de cabeza su departamento. Todos los libros estaban en el suelo. Habían corrido su cama e incluso habían dado vuelta el colchón. Parecía como si un sismo hubiera destruido su dormitorio. Algo que a él realmente no le preocupaba. Lo que había en esa casa era fácilmente reemplazable. Todo menos una cosa, la cual fue a buscar con intranquilidad.
Por suerte, para él, no habían encontrado su otra computadora portátil. Eso lo tranquilizó bastante. Aunque confiaba en sí mismo. Tuvo algunas dudas cuando el investigador le empezó a hacer preguntas por su contraseña y el cumpleaños de Vanesa. Había algo que no encajaba, como si supieran más de lo que le habían dicho. Sin embargo, él había sabido sobrellevar el interrogatorio.
Su amigo Ernesto entró a la habitación y vio todas las cosas en el suelo. Él era su abogado desde hacía años. Y se encargaba de cualquier inconveniente que Emanuel pudiera tener. Se habían conocido en Dinamarca y se habían vuelto grandes amigos. Habían viajado juntos a Argentina, ya que Ernesto venía para hacer un postgrado. Él también era de aquí.
—He visto peores, se ve que no creen que seas culpable, sino que no quedaría nada sano —dijo Ernesto mientras levantaba un libro del suelo—. Te alegrará saber que tu perrita ya se despertó y ahora está declarando.
Emanuel lo miró, no le gustaba la manera en la que se había referido a Vanesa. Sin embargo, su amigo sabía lo mal que él la había pasado en Dinamarca por causa de esa mujer. O por lo que él pensaba que ella le había hecho antes de irse.
—La verdad es que no entiendo para qué te tomaste tantas molestias salvándola de las garras del pervertido de tu padre, si en teoría venías a vengarte de ella —dijo Ernesto mientras fisgoneaba entre sus cosas. Levantó un libro de psicología criminal y sonrió. Emanuel era un tipo calculador, si el detective hubiera ido él mismo a buscar entre sus cosas sabría qué clase de persona era. Y así habría podido armar un buen caso circunstancial con solo ver los libros que a Emanuel le gustaba leer.
—Las cosas son más complicadas de lo que parecían en un primer momento. Debo admitir que me equivoqué con ella. De todas maneras, mi padre es un maldito enfermo. Aunque la siguiera odiando y le deseara lo peor, nunca la dejaría en sus manos —dijo Emanuel mientras revisaba sus videos.
—¿Solo él? ¿No eras tú el que me dijo que quería verla destrozada y torturarla psicológicamente? Sabes que no te juzgo hermano, pero ¿para qué hacerte tanto problema? Si la policía hubiera encontrado esta computadora, todo estaría perdido para ti y en este momento estarías en prisión —le aclaró Ernesto.
—Tu trabajo no es hacerte esas preguntas, sino buscar la forma de encarcelar a ese desgraciado para siempre —dijo Emanuel mientras volvía a guardar la computadora en un mueble con doble fondo detrás de la cama.
Ernesto había tenido un accidente y hubiera perdido la vida si no fuera por Emanuel. Por lo cual se sentía en deuda con él y lo ayudaría con lo que le pidiera. Sabía que esta chica le trastornaba la mente y quería ponerle un alto a este disparate. Para que así Emanuel pudiera vivir una vida normal.
—¿Y qué vas a hacer con ella? —preguntó Ernesto más que curioso.
Si bien conocía a Vanesa a través de los relatos de Emanuel. No se parecía a la chica que había visto en el hospital. Aunque nadie mejor que él para saber que las apariencias casi siempre engañan.
—Creo que al final, de lo único que tiene la culpa, ella es de meterse con los enfermos de mi familia. Quiero que quede fuera de todo esto —dijo Emanuel mientras acomodaba el lugar.
Él no podía dejar de sentirse culpable por no haberse dado cuenta de todo lo que había ocurrido frente a sus ojos. Y lo único que quería ahora era que Vanesa se encontrara a salvo de su padre y de él mismo. Si bien odiaba a su padre, ya que lo consideraba un maldito violador y un narcisista manipulador. Él no era mejor con sus gustos sexuales.
—Sabes que sería mejor decirle que fue abusada por tu padre. Podrías ayudarla a recordar, su testimonio sería casi lo único que necesitaríamos para que tu progenitor vaya a la cárcel —dijo Ernesto mientras revisaba su teléfono celular.
—No. Ella tiene que permanecer fuera de esto lo más que se pueda. Si eres tan buen abogado como creo, lo vas a resolver sin necesitar que nos metamos a revolver su cerebro —dijo Emanuel mientras iban a la cocina.
—Como prefieras. De todas formas, si yo fuera tú borraría toda evidencia en video de que la tuve atada a mi cama o de que tuve sex* con ella. Es más, sacaría las cámaras que tienes escondidas por la casa. Sobre todo las del baño —dijo Ernesto mirando un imán que estaba en el refrigerador, conocía muy bien a Emanuel—. Hazme el trabajo más fácil para cuando volvamos a Dinamarca, y borra todo lo que guardaste de ella si es que verdaderamente la vas a hacer a un lado de tu vida. Y por sobre todas las cosas no hables más con ella, eso podría complicarnos todo.
Ernesto se fue y Emanuel se sentó en el sofá. Miró su teléfono y buscó las fotos que tenía de Vanesa. Una a una fue borrando las que le había sacado desde que había vuelto de Dinamarca. En la mayoría ella dormía o miraba en otra dirección. Pocas eran las que se había sacado por voluntad propia. Su teléfono sonó y el número de ella apareció en la pantalla. Apagó el móvil y siguió ordenando. Aunque no quisiera hacerlo, eso era lo mejor. No podía seguir en la vida de Vanesa si quería que ella fuera feliz. Desde su regreso solo le había causado dolor. Y aunque para él esto fuera mortificante, no iba a cambiar de parecer.
Autora: Osaku
Todos los hechos y personajes de esta novela pertenecen a la ficción. Cualquier semejanza con la realidad son pura coincidencia.
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