Katia no dejó de amar a su esposo. Ese es precisamente el problema.
Después de veinte años de matrimonio, tres hijos y una vida construida junto a Gael, creyó que el deseo simplemente había desaparecido. Hasta que Rafael, su profesor de tango, la hizo sentirse mirada, deseada… y viva otra vez.
Lo que debía quedarse en una pista de baile cruzó demasiadas fronteras. Y cuando Katia comprende que está enamorada de Rafael, descubre también la verdad más incómoda de todas: amar a alguien nuevo no borra automáticamente el amor, la historia ni la familia que existían antes.
Entre Guadalajara, Bogotá y Buenos Aires, Katia tendrá que decidir no solo a quién ama, sino qué consecuencias está dispuesta a asumir por la mujer en la que se está convirtiendo.
Porque algunas decisiones empiezan mucho antes de decir “me voy” o “me quedo”.
Un romance adulto donde nadie sale ileso de volver a sentirse vivo.
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La culpa y la fascinación
POV Katia
El fin de semana transcurrió con la aparente serenidad de siempre, pero para Katia el ritmo interior ya era otro.
La música del tango no dejaba de resonar en su cabeza, dictando una postura más firme en sus hombros y un paso más decidido al caminar por los pasillos de la casa.
Durante la cena familiar, Katia servía la comida con una soltura que no pasó desapercibida.
Al inclinarse para colocar la fuente en el centro de la mesa, realizó un giro fluido sobre sus talones, acompañando el movimiento con una leve sonrisa que delataba un pensamiento lejano.
—¿Pasó algo hoy, mamá?
Te ves... diferente —comentó Elena, su hija de diecinueve años, mientras servía agua en los vasos.
—¿Diferente en qué sentido, cariño?
—preguntó Katia, haciendo una pausa con la jarra en la mano.
—No sé, estás como más alegre, te mueves más rápido.
Hasta parece que estás tarareando todo el tiempo.
Gael, que hasta ese momento leía un informe en su teléfono, levantó la mirada por encima de sus anteojos. Examinó a su esposa durante unos segundos.
Para él, Katia siempre había sido la constante inalterable de su hogar: predecible, servicial y dedicada a la rutina que habían construido juntos durante dos décadas.
—Es verdad —añadió Gael con un tono pausado, guardando el teléfono en su bolsillo—.
Te notas más activa estos días, Katia. ¿Has empezado algún ejercicio nuevo o algo por el estilo?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Aunque no tenía necesidad de mentir sobre sus clases, Katia sintió un leve pinchazo en el pecho: revelar todo lo que estaba experimentando implicaría abrir las puertas de un mundo que prefería guardar para sí misma, un espacio donde ella no era solo la madre ni la esposa, sino una mujer que despertaba al deseo.
—Solo me siento con más energía —respondió con calma, sirviendo la sopa a su esposo—.
A veces cambiar un poco la rutina hace bien.
Para Gael, la respuesta fue suficiente y el tema quedó cerrado. Sin embargo, para Katia, el breve intercambio marcó el inicio de una brecha invisible.
Esa noche, al acostarse al lado de Gael en la penumbra de la habitación, Katia miró el techo en silencio.
La distancia entre el cuerpo de su esposo y el suyo ya no era física, sino emocional y sensorial.
El martes llegó cargado de una anticipación que Katia apenas podía disimular. Contó las horas hasta que llegó el momento de salir hacia la academia.
Escogió con detenimiento su ropa: un vestido de corte fluido que se ceñía a su cintura y le permitía moverse con total libertad.
Al cruzar la puerta del estudio, el ambiente cálido y la suave música de fondo la envolvieron de inmediato.
Rafael ya estaba allí, afinando los detalles con otra pareja.
Cuando sus miradas se cruzaron a través del espejo, él le dedicó una sonrisa leve y firme que hizo que a Katia se le acelerara el pulso.
—Puntual como siempre, Katia —dijo Rafael acercándose a ella—.
Hoy vamos a trabajar en la conexión y la confianza. El tango no se baila con la mente, se baila con la piel.
La lección comenzó con ejercicios de postura, pero rápidamente el ritmo exigió una proximidad mayor.
Rafael colocó su mano derecha en la espalda de Katia, justo debajo de la escápula, guiándola a través de giros más complejos.
Con cada paso, la distancia entre ellos se reducía; el calor de Rafael y el aroma tenue de su perfume embriagaban a Katia, llevándola a dejarse llevar como nunca antes lo había hecho.
—Eso es... suelta el control, Katia —le susurró Rafael al oído mientras realizaban un movimiento pausado y envolvente—.
Confía en mi guía.
En ese instante, la mano de Rafael descendió apenas unos centímetros por la cintura de Katia para sostenerla en un firme firulete.
La cercanía era tan íntima que Katia pudo sentir la respiración de él en su mejilla.
Por un segundo, el tiempo pareció detenerse y un escalofrío recorrió todo su cuerpo, despertando un deseo profundo y dormido.
Katia levantó la mirada y se encontró con los ojos oscuros de Rafael, fijos en sus labios. El aire se volvió pesado, cargado de una tensión eléctrica innegable.
De pronto, el sonido estridente de una notificación de teléfono interrumpió el momento.
La vibración provenía del bolso de Katia, colocado sobre una banca cercana.
El hechizo se rompió al instante. Katia dio un paso atrás, apartándose suavemente pero con rapidez, tratando de recuperar el aliento.
—Lo siento... debo revisar —disculpó Katia con la voz ligeramente agitada.
Caminó hacia su bolso con las manos temblorosas y sacó el teléfono. La pantalla iluminada mostraba un mensaje de Gael: «Hola amor, ¿a qué hora regresas? Pensaba que podíamos cenar solos hoy».
El contraste entre la intensa realidad de la pista de baile y el sobrio recordatorio de su vida conyugal golpeó a Katia de lleno.
Miró a Rafael, quien la observaba en silencio con una mezcla de comprensión y misterio, y luego volvió a mirar la pantalla.
La culpa y la fascinación comenzaron a disputarse el control de sus pensamientos.