Había pasado un año desde que Geisa había abandonado a su marido, el jeque Ali Hasam y echaba de menos a aquel hombre guapo, arrogante y apasionado, pero ¿de qué serviría volver a él si no era capaz de darle lo que él tanto necesitaba: un hijo y heredero? Cuando Ali la engañó para que regresara, Geisa se sintió furiosa y confundida. ¿Por qué la quería a su lado mientras luchaba con su padre por el trono de Jezaen ? Porque sólo podría triunfar si les demostraba a sus enemigos que tenía una esposa fiel y embarazada...
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Capítulo 3
A Geisa también le gustaba. Se sentía cómoda con él. Era el arquitecto de Halls-Freitas, capaz de crear, a partir de una hoja en blanco, imponentes rascacielos o fabulosos complejos turísticos como el de San Esteban.
-¿Te apetece una copa? -le sugirió, avanzando hacia el carrito de las bebidas.
-No, si quieres que me mantenga despierta más tarde de las diez -respondió ella.
-¿Tan tarde? -bromeó Ethan. Por lo general, Geisa se acostaba a las nueve-. A este paso me acabarás pidiendo que te lleve a bailar a una discoteca.
-¿Vas a discotecas? -le preguntó con curiosidad.
-No, si puedo evitarlo -le quitó el chal y se lo puso por los hombros-. Mis habilidades para el baile se limitan a arrastrar los pies por una habitación, preferiblemente a oscuras, para que mi ego no se vea afectado.
-Eres un embustero -replicó ella con una sonrisa-. Te he visto bailar el swing al menos en dos ocasiones.
-Haces que me acuerde de mi edad -se quejó él-. Lo próximo que me preguntes será cómo era el rock de los sesenta.
-No eres tan viejo.
-Nací a mediados de los sesenta -dijo él-. De una madre muy liberal a quien sí le encantaba bailar.
-Entonces tienes la misma edad que Al...
Se calló de golpe y su sonrisa se esfumó. También el rostro de Ethan perdió su expresión jovial, mientras un tenso silencio se cernía sobre ellos.
-No es demasiado tarde para detener esta locura -dijo él con voz amable. Sabía lo doloroso que había sido para ella el último año.
-No quiero hacerlo -respondió ella retrocediendo un paso.
-Tu corazón sí. ,
-Mi corazón no es quien toma las decisiones.
-Tal vez deberías dejar que lo hiciera.
-¡Tal vez deberías ocuparte de tus propios asuntos! Se acercó a la barandilla, dejándolo tras ella con una expresión de arrepentimiento. El crepúsculo ofrecía un impresionante cuadro con el mar de fondo y el complejo de San Esteban sobre la colina. En el puerto una multitud de barcos y yates de todos los tamaños cubrían las aguas bermejas.
Allí arriba, en el mirador, todo era silencio. Incluso las cigarras habían dejado de cantar, y Geisa deseó que esa calma también llegara a su interior. ¿Hasta cuándo estaría a merced de sus sentimientos?, pensó con un suspiro. El chal de seda se le deslizó de los hombros, y Ethan se apresuró a colocárselo de nuevo.
-Lo siento -le susurró-. No era mi intención preocuparte.
-No puedo hablar de ello.
-Puede que necesites hablar -sugirió él.
Ella negó con la cabeza, como llevaba haciendo desde que llegó a casa de su padre, en Londres, un año atrás, para anunciar, con los nervios destrozados, que su matrimonio con el jeque Ali al-Qadim se había terminado. Víctor Freitas había intentado todo lo posible para conocer la causa. Incluso había ido en persona, pero se había encontrado con el mismo muro de silencio que con su hija. Lo único que sacó en claro fue que Ali estaba tan afectado como Geisa, aunque su yerno sabía cómo esconder sus emociones.
Dos meses atrás, Geisa había acudido al abogado de la familia y le había encargado que preparase el divorcio, alegando diferencias irreconciliables. Una semana más tarde contrajo una gripe que la mantuvo en cama durante varias semanas.
Al recuperarse, se sintió preparada para enfrentarse de nuevo al mundo. Accedió a trabajar en San Esteban donde podría desarrollar sus habilidades profesionales.
Parecía que el cambio la había favorecido, y aunque aún seguía muy pálida y delgada, empezaba a vivir con normalidad…