Durante cinco años, creí que tenía al marido perfecto. Le abrí las puertas de mi familia, le confié la empresa de mi padre y soñé con tener un hijo con él.
Hasta que descubrí quién era la mujer que cuidaba a mi padre.
Había sido su esposa. Tenían un hijo. Y ninguno de los dos pensaba contármelo.
Mientras yo intentaba salvar nuestro matrimonio, ellos preparaban su salida.
Ahora me toca fingir. Sonreírle a mi marido. Tenerla a ella cerca. Dejar que ambos crean que sigo sin enterarme de nada.
Porque no pienso salir de esta historia con las manos vacías. Quiero saber qué hicieron con el dinero de mi familia, recuperar mi lugar y decidir cómo termina mi matrimonio.
Esta vez, las decisiones las tomo yo.
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Capítulo 20
Capítulo 20. Una dirección conocida
Valeria no pudo entrar en la oficina de Damián.
Había ido con algo de trabajo, una razón que no necesitaba decir en voz baja. Antes podía encontrar un momento para hablar con él. Ahora se quedó delante de una respuesta breve: no podía recibirla.
Explicó lo que necesitaba.
No cambió nada.
Tuvo que retirarse sin verlo y decidir qué hacer con un asunto que seguía pendiente aunque el hombre que lo dirigía ya no quisiera tenerla al otro lado de la mesa.
En el área de trabajo, nadie necesitaba conocer la otra parte de la historia. Ella era una empleada que había buscado al presidente y no consiguió hablar con él. Podía pasarle a cualquiera.
Eso era lo que Damián estaba haciendo con cuidado.
No la llamaba para decirle que todo se había terminado. No daba una explicación que ella pudiera discutir. Le quitaba los momentos, el acceso, la posibilidad de seguir tratándolo como a alguien con quien tenía una relación distinta de la que veían los demás.
Cuando se cruzaron, Valeria levantó la mirada.
Él siguió con lo que estaba haciendo. La trató con la distancia que habría usado delante de cualquier persona que trabajara allí.
No había un gesto al que ella pudiera responder sin arriesgarse a quedar expuesta.
Valeria lo vio alejarse.
Había pensado que no creer sus promesas la dejaba a salvo de ciertas decepciones. La carrera era otra cosa. Él seguía teniendo la capacidad de mantenerla esperando fuera de una puerta.
Volvió a ocuparse de lo que podía hacer sin su permiso.
También de las flores.
* * *
Renata reconoció la dirección antes de terminar de leerla.
Era su conjunto residencial.
Miró el mensaje que Valeria acababa de mandarle. Lo abrió de nuevo, aunque las palabras no habían cambiado. Había esperado un nombre de tienda, una referencia a otra parte de la ciudad, cualquier cosa que empezara por estar fuera de su vida cotidiana.
Aquello estaba demasiado cerca.
Llamó.
—¿Qué dirección es esta?
—Es la dirección que encontré al revisar lo del envío —respondió Valeria.
—¿De quién?
—No tengo un nombre.
—¿Un número de casa?
—Tampoco. Te mandé lo que pude conseguir.
Renata se quedó mirando lo que había recibido.
—Es donde vivo.
Al otro lado no hubo una respuesta que resolviera aquello.
Repasaron lo que sabían. Las flores habían llegado. La fotografía estaba dentro. Valeria negaba haberla mandado y ahora aparecía una dirección vinculada al lugar donde Renata entraba y salía todos los días.
No era suficiente para saber quién lo hizo.
Sí para que una parte de su casa le resultara de pronto menos conocida.
—¿Él sabe que estás buscando? —preguntó Renata.
—No se lo he dicho.
Valeria le contó entonces lo poco que conseguía acercarse a Damián en la empresa. La oficina cerrada para ella. El trato de otra persona cualquiera si se veían en un pasillo.
Renata escuchó sin responder enseguida.
Había querido que se alejara de su marido. Había pagado por ocupar su tiempo y evitar que los dos estuvieran juntos. Oír que él la estaba apartando no le produjo la satisfacción que habría imaginado antes de la fiesta.
No significaba que estuviera regresando a ella.
Podía estar protegiéndose. Podía haber encontrado otro sitio para la misma parte de su vida. Renata ya no quería llenar los huecos con la explicación que menos le doliera.
—Sigue mirando lo de las flores —dijo.
Valeria no le pidió a cambio una confirmación sobre el puesto. Las dos recordaban el acuerdo. No hacía falta sacarlo en cada llamada para que pesara.
Renata terminó la conversación y volvió al mensaje.
La dirección seguía siendo la suya.
El lugar donde vivía. El recorrido que hacía para volver de comer con Lucía, del hospital, de ver a su padre. Las calles que no miraba demasiado porque ya sabía por dónde ir.
Alguien allí sabía algo de Damián que ella había tardado en descubrir.
Podía haberlo saludado. Haberse apartado para dejarlo pasar. Haberse cruzado con una persona sin saber que esa persona había decidido meter una fotografía entre sus rosas.
No tenía un rostro que asociar a la idea. Eso era lo que la volvía tan difícil de soportar.
Buscó la foto.
Había empezado a mirarla como si cada vez pudiera encontrar una persona más en el fondo, un detalle olvidado que cambiara el nombre de quien tenía que buscar. Natalia aparecía allí. Camila estaba cerca de su marido. Ninguna de las dos cosas explicaba por qué el envío la llevaba de vuelta a su casa.
Pensó en preguntarle a alguien del conjunto.
No supo qué diría. Una mujer que hubiera mandado flores a otra no era algo que pudiera anunciar sin explicar qué contenían esas flores. Y la foto de Damián abrazando a Camila, sola, seguía sin contar todo lo que Renata ya sabía.
No quería que la pregunta acabara regresando a él antes que la respuesta.
Se quedó mirando la imagen hasta que dejó de ver detalles y empezó a recordar otra vez cómo la encontró.
La tarjeta entre las manos. Las rosas delante. Su marido cerca, dispuesto a averiguar quién había hecho aquella broma.
Había alguien capaz de hacerla dudar de él desde un lugar que ambos tenían al alcance.
Esa persona no se había presentado cuando todo empezó a complicarse.
Renata guardó la fotografía.
Al volver al conjunto, levantó la vista un poco más de lo habitual. No buscó una ventana en particular. No sabía cuál mirar. Se fijó en personas que en otro momento habrían pasado sin dejarle un recuerdo.
Siguió hasta su casa.
Al entrar, oyó a Damián dentro.
Tuvo que detener la mano sobre la puerta un instante antes de cerrarla. El hombre al que debía poder contarle que algo extraño había llegado desde tan cerca era el mismo del que se estaba cuidando para preguntar.
Él la llamó.
Renata respondió que ya iba y guardó el teléfono antes de acercarse.