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Mi Ángel De La Guarda

Mi Ángel De La Guarda

Status: En proceso
Genre:Amor eterno
Popularitas:728
Nilai: 5
nombre de autor: Mile Vivero Rudas

Luciana era una joven de 17 años, con cabellos castaños y ojos que reflejaban una mezcla de melancolía y determinación. Desde pequeña, había sentido que no encajaba en el mundo que la rodeaba. Las risas de sus compañeros resonaban como ecos lejanos mientras ella lidiaba con inseguridades y un profundo anhelo de pertenencia.

Su vida se complicó aún más tras la muerte de su madre, un evento que dejó un vacío en su corazón. A menudo se perdía en sus pensamientos, buscando respuestas en los libros de fantasía que solía leer. Sin embargo, lo que no sabía era que su conexión con el mundo mágico era más real de lo que imaginaba.

El Consejo Celestial, al notar su vulnerabilidad y el peligro que la acechaba, decidió enviar a su ángel de la guarda,Axel . Su misión era protegerla de fuerzas oscuras que querían aprovechar su tristeza y debilidad. Pero Axel no solo debía protegerla ; también se vería atrapado en un dilema : podría intervenir emocionalmente sin violar las ley celestial.

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Mentiroso

En el callejón de la curtiduría, el ambiente era asfixiante. Axel estaba apoyado contra una pared, fingiendo una debilidad que no era del todo real. Observaba con una mirada calculadora cómo el Acechador se agazapaba para despedazar a Luciana. Sus dedos rozaban el pomo de su espada de fuego, oculta bajo su chaqueta, listo para intervenir en un microsegundo si las cosas se salían de control, pero se mantuvo inmóvil.

—¡Axel, ayúdame! ¡Se acerca! —gritó Luciana, con la voz quebrada mientras el monstruo de sombras estiraba sus garras hacia ella.

—No puedo, Lu... —mintió Axel con una actuación impecable, dejando caer su cabeza como si el agotamiento lo venciera—. El veneno de sus garras me tiene bloqueado. ¡Es tu turno! ¡Si no lo haces tú, aquí morimos los dos!

Luciana, acorralada contra los ladrillos fríos, sintió que el pánico alcanzaba su punto máximo. El Acechador emitió un chillido de estática y saltó. Fue en ese instante de "vida o muerte" cuando algo dentro de Luciana hizo click. El miedo se evaporó, dejando paso a una combustión interna.

La marca de su muñeca se puso blanca, una luz tan intensa que transparentaba los huesos de su mano.

—¡Dije que te alejes! —rugió Luciana.

No fue un empujón; fue una ignición. De su palma estalló una llamarada de luz sólida que envolvió al Acechador. El demonio, que esperaba carne blanda, se encontró de frente con un horno solar. El ser empezó a deshacerse, chillando mientras la luz de Luciana lo quemaba desde el núcleo. En tres segundos, el Grado 3 no era más que ceniza negra esparcida por el viento.

El callejón de la antigua curtiduría quedó sumido en un silencio sepulcral, roto solo por el siseo de las últimas cenizas del Acechador de Grado 3 al enfriarse contra el suelo de piedra. Luciana permanecía de pie, con el brazo derecho todavía extendido y la palma de la mano emanando un vapor blanco . La luz que había brotado de su marca no solo había quemado al demonio; había dejado una marca de chamuscado en la pared de ladrillos detrás de donde estuvo la criatura.

Sentía un hormigueo eléctrico recorriéndole la columna, una mezcla de náuseas por la muerte del ser y una euforia salvaje que no sabía que poseía. Pero entonces, escuchó un sonido que la hizo volver a la realidad: el roce de una bota contra el suelo y un suspiro de alivio demasiado relajado.

Se giró lentamente. Axel estaba de pie, sacudiéndose una mota de polvo imaginaria de su chaqueta de cuero. Ya no había rastro de la supuesta parálisis, ni del dolor, ni de la "luz parpadeante" que casi se apaga. Sus ojos dorados brillaban con una satisfacción arrogante, y esa media sonrisa ladeada volvió a su rostro con una naturalidad insultante.

—Vaya, Lu... —dijo él, metiéndose las manos en los bolsillos como si acabaran de salir de ver una película aburrida—. Para ser tu primera vez "encendiendo la caldera", tengo que admitir que tienes un talento natural para la pirotecnia. Ese Grado 3 no tuvo ni tiempo de pedir perdón.

Luciana lo miró fijamente. La adrenalina, que hasta hace un segundo era puro instinto de supervivencia, se transformó en una furia líquida. El calor de su muñeca, que debería haberse apagado tras la pelea, volvió a subir de temperatura, respondiendo a su enojo.

—¿Te estás burlando de mí? —preguntó ella con una voz peligrosamente baja.

—¿Burlarme? Para nada —respondió Axel, dando un paso hacia ella con esa suficiencia angelical—. Te estaba entrenando. Un Acechador de ese calibre es el saco de boxeo perfecto para que una Brújula entienda que no solo sirve para dar coordenadas, sino para exterminar también el mal. Si yo lo hubiera matado, tú seguirías pensando que eres una damisela en apuros.

Luciana no lo pensó. No fue un ataque de luz, fue algo mucho más humano. Dio dos pasos rápidos, acortando la distancia entre ellos, y le dio un empujón violento en el pecho con ambas manos.

Axel, que no esperaba que su "pequeña guerrera" reaccionara con contacto físico, retrocedió dos pasos, sorprendido por la fuerza de la chica. Pero Luciana no se detuvo ahí; lo empujó de nuevo, esta vez con más rabia.

—¡Eres un imbécil, Axel! —le gritó, y esta vez, al tocarlo, una chispa de su luz saltó de sus dedos a la chaqueta de él, dejando una pequeña marca de quemadura—. ¡Casi me muero del susto! ¡Esa cosa tenía la cara de Don Julián! ¡Sentí su frío en mi cuello mientras tú te hacías el herido en un rincón!

Axel recuperó el equilibrio, con los ojos bien abiertos por la sorpresa. Se miró el pecho, donde la tela de su ropa todavía humeaba un poco por el contacto de ella.

—¡Podías haberlo matado en un segundo! —continuó Luciana, dándole un tercer empujón que lo obligó a chocar contra uno de los tanques oxidados—. Me dejaste creer que te estabas muriendo. Me utilizaste como cebo para ver si "explotaba". ¿Qué clase de ángel hace eso?

Axel soltó una risa seca, aunque esta vez no tenía rastro de burla. Se enderezó, recuperando su postura imponente, pero no intentó devolverle el empujón.

—Un ángel que sabe que no va a estar aquí para siempre, Luciana —dijo él, y su voz recuperó ese eco antiguo y serio—. Sí, te engañé. Y sí, podía haber borrado a ese bicho con un chasquido. Pero ahora, mírate las manos.

Luciana bajó la vista. Sus palmas todavía vibraban.

—Ya no tienes miedo del monstruo que viste en el mercado —sentenció Axel, acercándose un paso, esta vez con una intensidad que la obligó a escucharlo—. Ahora sabes que tu luz es veneno para ellos. Ese Acechador estaba "quemado", estaba en su punto más inestable, y tú lo usaste como combustible. Si no te hubiera presionado, jamás habrías descubierto que puedes quemar también a los demonios para protegerte.

Luciana apretó los puños, intentando contener las lágrimas de rabia y alivio. Le dolía el cuerpo, le dolía el alma, y sobre todo, le dolía darse cuenta de que el mundo que conocía se había derrumbado para dar paso a esta guerra de luces y cenizas.

—No vuelvas a hacerme eso —amenazó ella, señalándolo con el dedo índice, que todavía soltaba una pequeña estela de vapor—. Si vuelves a fingir que estás herido para darme una "lección", te juro que la próxima vez la que termine quemada será tu cara de modelo, no el demonio.

Axel la miró fijamente por un largo silencio, y por primera vez, su sonrisa no fue arrogante, sino de un respeto genuino. Se inclinó un poco, en una reverencia burlona pero honesta.

—Recibido, jefa. La próxima vez, avisaré antes de dejar que nos muerdan.

Pero, Luciana, la cosa está así: hay muchísimos de estos tipos ahí fuera y tienes que ponerte las pilas con el entrenamiento. Ya viste que el grado tres fue un juego de niños y al séptimo apenas lo pudimos espantar en el club.

La cadena es larga: del uno al tres son los que te vigilan; del cuatro al seis te joden la vida; el séptimo, octavo y noveno son los pesos pesados que vienen a cobrar. Pero el que importa es el diez.

Ese maldito es un caso especial. Se escapó de la prisión celestial, una cárcel de la que nadie debería salir, y desde entonces nadie le ha podido poner la mano encima. ¿Sabes por qué? Porque es un experto en camuflaje; vive disfrazado entre los humanos, camina como uno más, respira como ellos y se esconde a plena vista. Los ángeles no podemos detectarlo porque su rastro está enterrado bajo capas de humanidad.

Se mueve como un virus social. Se disfraza tan bien de humano que puede ser desde un magnate hasta el tipo que te cruzas en el metro; hackea la realidad para que los ángeles veamos a una persona común mientras él se ríe en nuestra cara. Sus poderes son una pesadilla: tiene el control de las sombras, puede hacer que tu propia sombra te ahorque o que la gente a tu alrededor se vuelva loca de repente. Además, maneja la distorsión del tiempo en distancias cortas; por eso nunca lo atrapan, siempre va un segundo por delante.

Por eso te necesito. Tú eres mi brújula. Tu don es lo único que puede perforar ese disfraz y marcarme el punto exacto donde está el Diez. Pero no basta con encontrarlo: para acabarlo, vamos a tener que unir tu poder con el mio. Si no fusionamos nuestras energías, no hay forma de tocarlo. Así que practica, porque si él nos encuentra primero, se acabó el juego

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Viviana Ranieri
Esto se está poniendo cada vez mejor!!Ya me estoy comiendo las uñas esperando la actualización. Por favor no tardes demasiado!!! Quiero seguir teniendo uñas🤣🤣🤣🤣🤭
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