Hace tres siglos, la joven reina Isolda fue traicionada la noche antes de firmar un tratado que habría salvado su reino.
En su última hora, una mujer misteriosa le prometió: “Tendrás otra oportunidad, pero no en este tiempo.”
En el 2025, Tomás Vidal, es un arquitecto urbano y orgulloso escéptico de todo lo sobrenatural, encuentra en la restauración de un antiguo palacio europeo a una mujer desorientada, vestida como si acabara de salir de una pintura. Dice ser reina. No recuerda cómo llegó allí.
Entre intentos por adaptarse a un mundo sin carruajes, sin criadas y con “pantallas mágicas”, Isolda se convierte en un fenómeno viral.
Tomás intenta protegerla de la prensa y de sí misma, pero acaba descubriendo que lo imposible tiene su propia lógica y que está empezando a enamorarse de alguien que, literalmente, no pertenece a su tiempo.
Mientras tanto, los fragmentos de la traición que la condenó comienzan a resurgir.
¿Sobrevivirán al pasado o al presente?
HISTORIA DE 25 CAPÍTULOS. GRACIA
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CAPÍTULO 19
Tomás había aprendido algo trabajando con edificios antiguos.
Las ruinas siempre mentían un poco. Las paredes que permanecían en pie no contaban la historia completa, las partes que faltaban eran, casi siempre, las más importantes.
Por eso estaba sentado en el suelo de su departamento, rodeado de documentos digitalizados y fotografías de archivos.
Isolda lo observaba desde el sofá.
—Tu método de trabajo parece una batalla.
—Es arqueología digital.
—En mi época lo llamábamos desorden.
Tomás levantó la vista.
—Si te molesta puedes ayudar.
Ella se inclinó para mirar la pantalla.
—No entiendo cómo funciona ese artefacto luminoso.
—Es una computadora.
—¿Y sirve para descubrir traidores muertos hace cuatro siglos?
Tomás sonrió.
—A veces.
Ella suspiró.
—Debo admitir que tu siglo tiene sus ventajas.
—¿Solo sus máquinas?
Isolda lo miró con una media sonrisa.
—No.
Luego añadió:
—También tiene arquitectos bastante útiles.
Tomás levantó una ceja.
—¿Útiles?
—Todavía estoy evaluando.
Tomas intentó sonreír, pero no podía relajarse de su búsqueda.
—Llevas tres horas mirando los mismos papeles.
—Estoy buscando lo que falta —respondió él sin levantar la vista.
—¿Y qué falta exactamente?
Tomás abrió otro archivo en la pantalla.
—La rebelión que terminó con tu… desaparición.
Ella lo miró con calma.
—Recuerdo suficiente.
—Pero los registros no coinciden —dijo él—. Algunos hablan de una traición interna. Otros de un golpe militar. Ninguno menciona nombres.
Isolda frunció ligeramente el ceño.
—Eso es extraño.
—Exactamente.
Tomás pasó a otro documento, un informe militar incompleto.
—Cuando una rebelión tiene éxito, siempre hay alguien que abre la puerta desde dentro.
Isolda no respondió de inmediato. La memoria era una cosa extraña. Algunos recuerdos regresaban con claridad absoluta; otros permanecían envueltos en una niebla que parecía proteger algo peligroso.
Tomás siguió revisando. Hasta que se detuvo.
—Aquí hay algo.
Amplió la imagen en la pantalla. Era una carta deteriorada, con parte del texto ilegible. Pero una línea sobrevivía.
Isolda se levantó y se acercó.
Tomás leyó en voz baja:
—“…la guardia del puente del norte responderá únicamente a las órdenes de Merek.”
El nombre flotó en la habitación como algo que había estado esperando siglos para ser pronunciado.
Isolda se quedó completamente inmóvil.
—¿Lo conoces? —preguntó Tomás.
Ella tardó unos segundos en responder.
—Sí.
—¿Quién era?
Isolda se sentó lentamente frente a la mesa.
—Mi consejero militar.
Tomás levantó la vista.
—¿Tu hombre de confianza?
Ella asintió.
—El más leal… o eso creía.
El silencio que siguió fue pesado.
Tomás volvió a leer la línea.
—Si él controlaba el puente del norte…
—Entonces controlaba el acceso al castillo —terminó Isolda.
Tomás cerró el archivo.
—Eso significa que la rebelión no empezó afuera.
Isolda apoyó las manos sobre la mesa.
—Empezó conmigo.
Tomás negó con la cabeza.
—No contigo.
Señaló el documento.
—Con él.
Isolda observó el nombre otra vez. Merek.
Cinco letras que, de pronto, parecían demasiado familiares.
—Las crónicas dicen que el traidor nunca fue capturado —añadió Tomás.
—Lo sé.
—Entonces pudo haber huido.
Isolda levantó la mirada.
—O pudo haber esperado.
Tomás frunció el ceño.
—¿Esperado qué?
Ella respondió con una calma que resultaba inquietante.
—A que yo regresara.
Hubo un silencio ensordecedor, porque si el hombre que había provocado su caída había sobrevivido, entonces la historia no solo estaba incompleta, todavía podía estar ocurriendo.
Tomás cerró el archivo.
—Lo siento —dijo finalmente.
Isolda levantó la vista.
—¿Por qué?
—Porque descubrir que alguien en quien confiabas te traicionó… nunca es fácil.
Ella lo observó un momento.
Luego apoyó la mano sobre la suya.
—Tomás.
—¿Sí?
—Si no fuera por ti, ni siquiera sabría que ocurrió.
Él sonrió levemente.
—Entonces mi trabajo como historiador improvisado está funcionando.
—No —dijo ella con suavidad—. Tu trabajo como compañero.