Desde la noche en que presenció la muerte de su padre, Eleonore Montrose no ha vuelto a hablar. Su silencio, convertido en motivo de vergüenza para su familia, es usado por su madrastra, Lady Agatha, para someterla y ofrecerla en matrimonio a un hombre al que no conoce: Lord Edmund Blackwood, heredero de una antigua casa junto al mar.
Obligada a unirse a un extraño y exiliada en una mansión llena de ecos, Eleonore descubrirá que el silencio puede ser también un refugio… y que el amor, incluso en medio de la imposición, puede revelar verdades que todos preferirían mantener enterradas.
Pero cuando los recuerdos reprimidos regresen, su voz —la que creían perdida— podría ser tanto su salvación como su condena.
HISTORIA DE 25 CAPÍTULOS. GRACIAS POR LEER.
NovelToon tiene autorización de RENE TELLO para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 19
Había un silencio absoluto en la casa, los empleados estaban descansando en sus dormitorios. El murmullo del mar se filtraba por las ventanas abiertas, trayendo consigo el aroma a sal. La luna se reflejaba en los cristales como un farol distante, y en el aire flotaba una quietud que parecía esperarlos.
Eleonore encendió una vela sobre la mesa y el resplandor dorado tembló sobre su piel, era la primera vez que estaba en la habitación de su esposo, aquella que debió compartir desde el primer día de su matrimonio, y que era su mayor temor; sin embargo, Edmund no apresuró nada, primero porque la inocencia de la muchacha lo frenó y luego porque quería que fuera un acto de amor.
Ella aún llevaba la misma capa que había usado en la playa; los pliegues húmedos caían pesados sobre el suelo. Edmund, apoyado en el marco de la puerta, la observó en silencio. Había algo nuevo en ella, una calma frágil, pero segura, como si el miedo hubiera cedido espacio a la certeza, él no le pidió nada, fue ella la que ingresó sin anunciar nada en letras, pero hablando con los ojos.
Él se acercó despacio. Ella levantó la vista y lo esperó sin retroceder. Sobre la mesa estaba el cuaderno, abierto en blanco.
Tomó la pluma y escribió con trazo tembloroso: “No quiero que me temas.”
Edmund leyó despacio, y su voz fue apenas un hilo.
—Nunca te he temido. Solo no sabía si tenía derecho a tocarte.
Eleonore lo miró, sin apartarse. Dejó la pluma a un lado, como si las palabras hubieran cumplido su función.
El silencio los envolvió, lleno de cosas que no necesitaban decir. El tiempo pareció volverse lento, como si quisiera que recordaran aquello toda la vida.
Edmund extendió su mano grande y fuerte, rozó su mejilla con el dorso de sus dedos. Ella no lo apartó, cerrando los ojos por un instante, para sentir el calor de la piel y el aroma que parecía impregnarse en su piel.
Él la atrajo hacía sí con mucho cuidado, como si ella fuera un cristal frágil, sus brazos la rodearon fuertes, pero con una ternura deliciosa, ella se dejó caer contra su pecho, sintiendo el ritmo acelerado de su corazón bajo la tela de su camisa.
El cuaderno permanecía abierto, las páginas iluminadas por la llama, como un testigo silencioso de un amor que nació y creció en el silencio.
Sus cuerpos parecían encajar perfectamente en aquel abrazo, su cadera presionada contra la de él, sintiendo así el primer inicio de su excitación bajo el tejido de sus pantalones.
Edmund bajó la cabeza y la besó suavemente, ella lo sorprendió cuando le abrió los labios, profundizando el beso con lentitud; aquello que empezó tímido se convirtió en una llama imposible de apagar.
Luego, ella levantó la mirada, los ojos brillantes, y apenas movió los labios para formar su nombre:
—Edmund...
El sonido fue breve, imperfecto, pero suficiente para cualquier duda en él se disipara para siempre.
—Estoy aquí —murmuró Edmund—. Siempre estaré.
Las manos de Eleonore temblaron al alcanzar los botones de la camisa de su esposo. El no la detuvo, se unió a sus manos para ayudarla. Cuando su torso ancho y masculino quedó al descubierto, ella aún sonrojada, lo acarició con sus manos.
Las manos de Edmund recorrían la espalda de Eleonore con suavidad, ella se apoyaba en él sin temor, y sus labios volvían a encontrarse en besos lentos, cada vez más seguros, más compartidos, haciendo que cada prenda dejara sus cuerpos. Cada roce despertaba calor, cada caricia construía confianza, y el fuego parecía abrazarlos, aislándolos de todo lo demás
Cuando finalmente se recostaron sobre la cama, el cuerpo de Edmund cubriendo suavemente al de Eleonore, el temblor y dolor inicial se transformó en pertenencia absoluta, cuando sus cuerpos se hicieron uno y pudieron disfrutar del placer compartido. Cada suspiro, cada roce, cada latido les decía que estaban allí por elección, por amor, y no por necesidad.
Entre risas suaves, murmullos y susurros que no necesitaban palabras, sus cuerpos y mentes se habían complementado no solo piel con piel, sino almas que se reconocían, que se entregaban sin reservas. La habitación se volvió un refugio cálido, donde podían ser simplemente ellos dos, sin máscaras ni silencios forzados.
Después del clímax compartido, Eleonore dejó caer la cabeza sobre el hombro de Edmund, apoyándose en su pecho. Él la rodeó con los brazos, presionándola cerca, y el calor de sus cuerpos se mezcló, creando un espacio seguro donde no había dudas ni miedos. Cada inhalación, cada latido sincronizado, reforzaba la certeza de que su amor era real y compartido.
En ese instante, Eleonore permitió que su primera sonrisa completa y sincera se abriera. No necesitaba ser traducida; era un reflejo del alma, un regalo para Edmund. Él correspondió con otra, y cuando al fin la vela se consumió, el cuarto quedó envuelto en esa oscuridad tranquila que no asusta, la que llega cuando todo por fin encaja.
Eran dos almas que, después de tanto silencio, aprendieron a hablar con el cuerpo, y a prometerse sin palabras que no volverían a huir del amor.