Ella nunca imaginó que el peor día de su vida terminaría con un anillo en el dedo.
Él juró no volver a amar… hasta que la obligación lo ató a una mujer que se convirtió en su debilidad.
Un matrimonio por contrato para salvar el honor, los negocios y una familia en ruinas.
Mentiras, secretos y enemigos ocultos pondrán a prueba un vínculo que nació de la conveniencia, pero que pronto se vuelve demasiado real.
En un mundo donde nada es lo que parece, ¿el amor será suficiente para sobrevivir?
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Capítulo 18 – El accidente
El aire de la finca olía a café recién molido y a pan caliente. Ese aroma hogareño contrastaba con el torbellino emocional que Valeria llevaba dentro. Había descubierto en la rutina de la cocina un refugio silencioso, un espacio donde el ruido de su matrimonio no la alcanzaba. Allí, entre tazas, cucharas y hornos, podía engañarse con la ilusión de normalidad. Esa mañana, más decidida que nunca, optó por preparar ella misma el desayuno, desafiando las miradas sorprendidas del personal.
—La señora Montenegro no debería estar aquí —dijo una de las empleadas, con un dejo de nerviosismo—. Los hornos tienen fallas, podrían ser peligrosos.
Valeria sonrió con suavidad, intentando restar importancia al comentario.
—No soy de porcelana. Además, necesito distraerme.
Encendió el horno con un giro de perilla. El sonido metálico chirrió en el silencio, un detalle tan común que nadie lo cuestionó. Nadie, excepto lo invisible: la fuga de gas que alguien había provocado la noche anterior. Era una trampa silenciosa, paciente, esperando el momento exacto para devorar a su víctima.
Valeria, ajena al peligro, comenzó a mezclar los ingredientes. Harina, azúcar, huevos… sus manos trabajaban con destreza, buscando calma en lo cotidiano. Pero algo no estaba bien. Una sensación extraña recorrió su cuerpo, un mareo repentino que la obligó a detenerse. El aire se sentía denso, cargado, como si respirara con dificultad.
Entonces, una de las sirvientas, con el rostro pálido, gritó con desesperación:
—¡Huele a gas! ¡Señora, apártese!
El caos estalló en cuestión de segundos. Antes de que Valeria pudiera reaccionar, una chispa del horno encendido bastó para desatar el desastre. Una explosión breve, pero contundente, sacudió en la cocina. Los utensilios salieron volando, estrellándose contra el suelo y las paredes, mientras las llamas empezaban a trepar con ferocidad.
Valeria cayó al piso, aturdida, con un corte en la frente que manchó su piel de rojo. El estruendo se mezclaba con gritos, el humo comenzaba a espesar el aire, y el calor se volvía insoportable.
En medio de la confusión, irrumpió Adrián. Su rostro estaba desencajado, los ojos grises desbordaban rabia y miedo.
—¡Valeria! —la levantó entre sus brazos con desesperación, ignorando el fuego que lo rodeaba.
Ella tosía con los ojos llorosos por el humo, apenas consciente.
—No… no fue un accidente… —susurró con dificultad, sus palabras casi ahogadas por la tos.
Adrián la estrechó con fuerza, protegiéndola como si pudiera escudarla con su propio cuerpo. Ordenó a gritos a los guardias que apagaran el fuego y desalojaran la finca. Pero mientras la sostenía, su mirada permanecía fija en la estufa destruida. Había visto demasiadas “casualidades” en su vida como para creer en ellas.
Con Valeria temblando en sus brazos, una certeza lo atravesó como un puñal: alguien había querido matarla. Y mientras la sacaba de la cocina envuelta en humo, una promesa ardía en su interior.
—Quien sea que haya hecho esto… lo pagará.
Lo que Adrián no sabía era que, en ese mismo instante, un sobre lo esperaba en su despacho, dirigido únicamente a Valeria. Dentro, con letras recortadas y frías, un mensaje susurraba la amenaza final:
“No estás a salvo ni en tu propia casa.”