Rin sabía que su matrimonio era una mentira, pero esa mentira dolía menos que la verdad.
Había caído en sus propias ilusiones, convenciéndose de que él también la amaba. Por eso había querido besarlo, por eso había aceptado cada gesto suyo: las sonrisas en público, los bailes en las fiestas, la forma en que siempre era atento y cortés. Había confundido cortesía con amor.
Se había enamorado de un hombre que solo la veía como conveniencia. Lo supo la noche en que escuchó aquella llamada con Wil, su abogado y mejor amigo:
—El matrimonio me conviene. Me divorciaré de Rin cuando encuentre a la señora adecuada.
Las palabras la golpearon como un cuchillo. Desde entonces, cada aniversario, cada cena con vino y risas, era un recordatorio cruel. Y aun así, había disfrutado cada segundo aferrándose
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la escritora sin pasado
Marilyn
Le dieron el alta del hospital una semana después. La trabajadora social le había organizado ayuda a domicilio durante un mes y transporte para llevarla a su casa —o a la dirección que figuraba en su licencia de conducir—. La policía le entregó una maleta y un bolso con sus pertenencias.
Incluso para ella, parecía como si hubiese viajado desde algún lugar lejano, como si estuviera regresando a casa. Dentro de la maleta encontró una computadora portátil, algo de ropa y un par de libros firmados por Marilyn Riddley. Eran suyos. No había fotos, pero al hojear los ejemplares sonrió: sentía en lo más profundo que ella era la verdadera autora.
Encendió la laptop. Tenía contraseña, pero logró recordarla: el nombre del protagonista de su primera novela, con las mayúsculas exactas. Dentro estaban todos sus libros, incluido el que estaba trabajando. Por primera vez, algo le resultó familiar. Ella era Marilyn Riddley, escritora.
Buscó su propio nombre en Google. Había poco: los libros se vendían bastante bien, pero no existían fotografías suyas. Parecía una autora reclusa, celosa de su privacidad. La biografía oficial solo decía que vivía en Virginia y se había actualizado hacía seis semanas. Al menos eso confirmaba algo: ella era quien creía ser.
Cuando llegó a su casa en Bedford, la esperaba una mujer. La propiedad era encantadora: una cabaña blanca de dos habitaciones con terraza, plantas en macetas y un camino arbolado que conducía hasta allí. Había paquetes acumulados en la entrada. El transporte de pacientes la ayudó a bajar y la mujer se presentó como Barb, su cuidadora durante las siguientes cuatro semanas, hasta que le quitaran los yesos
Dentro apenas había muebles.
—Parece que acaba de mudarse, señorita Riddley —observó Barb.
—Tuve un accidente viniendo para acá —respondió Marilyn con una sonrisa cansada—. Supongo que hoy es día de mudanza.
Barb notó las escaleras.
—No vas a poder subir a tu dormitorio.
—Dormiré en el suelo hasta que llegue una cama —aceptó Marilyn.
Barb resultó práctica y generosa: revisó los paquetes, el buzón, incluso trajo cartas. Entre ellas había tarjetas bancarias nuevas. Marilyn accedió a su cuenta en la laptop y casi se cayó de la silla de ruedas al ver el saldo. Había comprado la casa hacía poco por casi un millón de dólares. Poco antes, había recibido una transferencia enorme desde un banco en Houston. Al parecer, allí había vivido y trabajado antes de mudarse.
No había fotos de esa vida anterior. Solo manuscritos. Nada más. ¿Había huido de algo? ¿Un divorcio, como insinuó aquel médico? Miró su mano izquierda, vacía. Tal vez. Pero no tenía recuerdos de nada anterior al hospital. Tal vez era mejor así.
Barb la ayudó a instalarse: organizaron muebles, contrataron un manitas, compraron un teléfono nuevo y la llevaron al supermercado. Marilyn se sintió afortunada de tenerla a su lado.
Cuando le quitaron los yesos en la clínica de fracturas, vio las cicatrices en su cuerpo: en las piernas, en el brazo izquierdo, cerca de la sien. La habían sacado de entre los restos de su propio coche. No salió ilesa, y tampoco con memoria.
Durante semanas, Barb intentó hacerla recordar. Le hablaba de Texas, de Dallas, de Austin. Marilyn solo podía devolverle miradas confusas. Nada funcionaba.
Entonces, llegó la ecografía de las doce semanas. El médico sonrió y anunció:
gemelos. Dos corazones latiendo. No uno, sino dos. Marilyn se quedó sin palabras. Su pequeña cabaña no parecía suficiente, pero compartirían habitación. Lo que sí tendría que cambiar era el coche: había estado buscando un hatchback, ahora necesitaría un sedán o algo más grande. Dos sillas de coche. Dos de todo.
No tenía idea de quién era el padre. Ni siquiera sabía si alguna vez le importó. Antes del accidente, su seguro médico no incluía ginecología, lo cual dejaba claro que la maternidad no estaba en sus planes. Ahora era inevitable.
Los únicos correos electrónicos que recibía eran de su agente, Lisa Stevens. Ella fue quien le contó, horrorizada, que había sufrido un grave accidente de tráfico. Nadie más había preguntado por ella, nadie había dado señales de vida. No recordaba familia. No tenía a quién llamar.
Lisa le pidió que, en adelante, la pusiera a ella como contacto de emergencia. Al menos así alguien sabría si volvía a ocurrirle algo. Nunca se habían visto en persona, solo hablaban por teléfono o por correo. Lisa no podía responder a las preguntas que Marilyn se hacía en silencio cada noche: ¿había estado casada? ¿Tenía a alguien más? ¿Un hombre, una vida, un pasado que ya no existía?
Todo lo que quedaba era esto: una escritora sin pasado, con dos bebés en camino y un futuro que tendría que reconstruir desde cero.