Elena es una psicóloga pragmática con un secreto que maneja en estricta privacidad: tiene la capacidad de ver y escuchar a las personas que recién han fallecido, ayudándolas a cerrar asuntos pendientes para poder marchar en paz.
Su rutina profesional se quiebra la noche en que se cruza con el fantasma de un hombre. A diferencia de sus pacientes habituales, él no busca consuelo: busca respuestas. Era un criminal a sueldo ejecutado por sus propios aliados tras fallar en su última misión: asesinar a Elena. El problema es que él tampoco sabe por qué fue incapaz de apretar el gatillo cuando la tuvo enfrente.
Mientras la sombra de este hombre la acecha buscando entender qué los conecta, Elena comienza a experimentar recuerdos que no le pertenecen y visiones de épocas que jamás vivió. Para salvar su vida en el presente, Elena deberá descubrir qué secreto del pasado los ató la primera vez... y por qué alguien está dispuesto a matarla de nuevo.
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Capitulo 18 : Entre sombras y cuadernos.
El sonido metálico de los pasos de Gabriel disipándose al fondo del corredor dejó un vacío palpable en el aula. Alana permaneció inmóvil durante unos segundos, escuchando el lejano murmullo de los estudiantes que comenzaban a desplazarse hacia los laboratorios. El aire en la habitación parecía más liviano, pero la presión sobre su pecho continuaba ahí, sorda y persistente.
Con manos temblorosas, colocó sobre la mesa el morral. Desabrochó la hebilla metálica y apartó la lona con cautela. El cristal del espejo de plata yacía en el fondo, plano y opaco, pero al aproximar los dedos, una tenue vibración violeta recorrió los bordes del marco. A su lado, el pequeño reloj de arena de bronce descansaba inclinado; los finos granos de cuarzo ya no caían en una corriente continua, sino que permanecían agrupados en el centro del cilindro, suspendidos en un equilibrio frágil.
—Tres lunas... —murmuró para sí misma, pasando la yema del índice sobre la superficie fría del vidrio.
La marca en la base de su nuca volvió a pulsar con un calor sordo. Sabía que la tregua dentro del recinto universitario era ilusoria. La presencia que la había seguido desde el desván y que la había obligado a huir por el desfiladero de la montaña no había desaparecido; simplemente aguardaba a que la luz del atardecer terminara de extinguirse tras los cerros.
Recogió sus cuadernos de notas, guardó los artefactos asegurando la cremallera del bolso y se puso de pie. Cuando cruzó el umbral del aula, el pasillo principal de la facultad lucía medio desierto. Las lámparas de tubo parpadeaban con un zumbido intermitente, proyectando sombras alargadas sobre los carteles informativos y los casilleros de metal.
Alana avanzó a paso firme hacia las escaleras centrales, sujetando la tira del morral con ambas manos. Al llegar al descanso del segundo piso, la temperatura del corredor descendió de golpe. Un soplo de aire helado, cargado con un aroma inconfundible a tierra mojada y vegetación en descomposición, se coló por las persianas entreabiertas.
Se detuvo en seco. A solo unos metros de la salida que daba al patio interno, las luces del pasillo parpadearon dos veces antes de apagarse por completo.
La penumbra envolvió el corredor en cuestión de segundos. En el extremo opuesto, cerca de la puerta de madera que conducía a los archivos administrativos, la sombra de la pared comenzó a distorsionarse, separándose del concreto como una masa densa y sin forma definida.
Alana dio un paso atrás, sintiendo cómo el calor en su cuello se transformaba en un ardor punzante.
—Elena... —susurró una voz rasposa que no parecía provenir de un punto fijo, sino resonar desde las mismas paredes del edificio—. El plazo se agota. La tercera luna no espera por las promesas inconclusas.
El reloj de arena dentro del bolso emitió un chasquido metálico, y la superficie del espejo vibró con fuerza contra sus costillas. Alana apretó los dientes, negándose a ceder al pánico.
—Mi nombre es Alana —respondió en voz alta, alzando la mentón mientras daba otro paso hacia la escalera—. Y si quieren que vuelva a la ermita, tendrán que dar la cara.
La sombra fluctuó, extendiéndose un par de metros sobre el suelo antes de disiparse de golpe cuando el motor del generador de emergencia se puso en marcha, devolviendo un tono pálido a las lámparas del techo. El silencio regresó al pasillo, dejando solo el eco de sus propios latidos desbocados.
Sin perder un segundo, Alana bajó los últimos escalones a toda prisa y cruzó la puerta principal del edificio.
Afuera, la tarde había caído por completo sobre la ciudad. La llovizna fina teñía de asfalto mojado la plaza central del campus, y junto a la barandilla de piedra de la entrada, resguardándose bajo el alero del techo, Gabriel la esperaba con los brazos cruzados y la mirada fija en la puerta. Al verla salir, su expresión se relajó de inmediato, reemplazando la tensión de su rostro por esa serenidad firme que a Alana le devolvía el aire.
—Llegas justo a tiempo —dijo Gabriel, dando un paso al frente para cortar el viento helado—. La tormenta está por caer y el camino hacia la falda de la montaña se va a poner difícil.
Alana contempló su figura bajo la luz pálida de la entrada y apretó la correa del morral. Comprendió que la universidad, los exámenes y la rutina habían quedado definitivamente atrás; la noche apenas comenzaba y la verdadera prueba aguardaba en las ruinas de la torre.
Gabriel no esperó a que ella dijera una palabra más. Le ofreció la mano con una naturalidad absoluta y Alana la tomó, sintiendo cómo el calor de su piel ahuyentaba de golpe el escalofrío residual que la sombra del pasillo le había dejado marcado en los huesos. Cruzaron la plaza del campus a paso rápido bajo la llovizna fina, que comenzaba a intensificarse formando pequeños charcos sobre el concreto agrietado.
—Tuve la sensación de que algo no andaba bien allá adentro —comentó Gabriel mientras bajaban los escalones de piedra que daban a la salida posterior de la universidad—. Estuve a punto de subir a buscarte, pero el aire en las escaleras se volvió tan denso que por un segundo me costó avanzar. Es la misma sensación que tuve anoche en el bosque, Alana.
—Nos está siguiendo, Gabriel —respondió ella, apretando el agarre de sus dedos—. En el pasillo... escuché una voz. Me llamó Elena. Dijo que el plazo se agota y que la tercera luna no espera.
Gabriel se detuvo un instante bajo el alero de la parada de autobuses desierta. La luz ámbar del único farol encendido en la esquina dibujaba sombras pronunciadas en su rostro. Sus ojos oscuros escudriñaron la nuca de Alana, fijándose por un segundo en la zona donde los tres lunares latían con una calidez sorda bajo la piel.
—No vamos a dejar que te acorrale de nuevo en un espacio cerrado —dijo él con un tono grave, cargado de una firmeza que no admitía réplica—. Si esa presencia quiere respuestas, tendrá que buscarnos en la Ermita del Reloj. Ahí es donde todo este enredo comenzó y ahí es donde le vamos a dar fin.
El camino que conectaba la universidad con las afueras de la ciudad ascendía entre casonas antiguas y terrenos baldíos donde la vegetación de la falda de la montaña empezaba a devorar el asfalto. A medida que dejaban atrás el murmullo de los vehículos y la luz de las avenidas principales, la atmósfera se transformaba. El cielo nocturno, encapotado por nubes densas y bajas, adquirió un matiz purpúreo casi fosforescente. Entre los claros de la tormenta, la luz de la triple luna se filtraba como un rayo pálido que teñía las hojas de los árboles de un tono plateado.
En el interior del morral, el reloj de arena volvió a emitir un leve chasquido metálico. Alana no necesitó abrir el bolso para saber que los últimos granos de arena suspendidos en el cristal comenzaban a moverse de nuevo, marcando el inicio de la cuenta regresiva definitiva.
—Falta poco para el puente de piedra —anunció Gabriel, señalando con la cabeza hacia el sendero de tierra que se adentraba en la espesura del bosque—. Mantente cerca de mí y no mires hacia atrás, sin importar lo que creas escuchar entre las ramas.
Alana asintió, apretando la correa del bolso contra su pecho. A lo lejos, envuelta en una neblina espesa que bajaba de la cumbre, la silueta de la vieja torre de piedra comenzaba a recortarse contra el horizonte violeta, esperándolos como un gigante dormido a punto de despertar.