Majic, Lycka y Huimang son reinas poderosas, pero deberán tomar decisiones cruciales para salvar a los seres que aman y a sus reinos, en una guerra contra seres guiados por los mismos dioses. ¿Podrán defender lo que más aman?
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Cap. 18. Perdóname
Ghian siempre supo que no era un dios completo, aunque durante años no interpretó esa certeza como una carencia, sino como una forma precisa de existencia.
Desde niño había percibido que su naturaleza tenía bordes definidos, fuerzas que respondían a su llamado con claridad y otras que permanecían inmutables, como si una frontera invisible se interpusiera cada vez que intentaba ir más allá de lo que le correspondía. Nunca lo vivió como una injusticia. El límite era orden, y el orden era estabilidad, no necesitaba más, hasta que Kiara desapareció.
A partir de ese momento, aquello que había aceptado como estructura comenzó a sentirse como obstáculo. La frontera ya no era una delimitación sabia, sino una barrera que lo separaba de la única acción que realmente importaba. Comprendió entonces que los límites solo son virtuosos mientras no se interponen entre uno y aquello que ama.
Esa noche no permitió consejeros en los corredores ni guardias en las escalinatas. Tampoco encendió antorchas ceremoniales ni vistió símbolos de su rango. No quería que nadie confundiera lo que estaba a punto de hacer con una decisión política o con un movimiento estratégico dentro del juego divino. No buscaba aprobación ni testigos; buscaba resolución.
Se internó en la cámara más silenciosa del templo y, cuando cerró los ojos, no intentó invocar poder alguno. Se limitó a descender hacia sí mismo hasta alcanzar ese punto profundo donde su esencia tocaba la red invisible que sostenía el mundo. Allí no había formas ni colores, sino pulsaciones que coexistían más allá del tiempo y de la carne. Cada esencia vibraba con una identidad distinta, y entre todas ellas una respondía con una claridad que no era suave ni amable, sino exigente. Y esa era Armonía.
Sabía que no podía aspirar a sostener más de lo que su naturaleza permitía. Ningún semidios podía albergar dos principios mayores sin fracturarse. Intentar abarcar Muerte y Armonía, pero una sola esencia, desplazada lo suficiente de su eje original, era posible. Difícil, doloroso y profundamente injusto para el equilibrio universal, pero posible.
La diosa del Odio no le había dado instrucciones explícitas; había sido más sutil que eso. Le puso en la mente una idea fija que no podía definir de dónde venía, de cómo la separación de Armonía dejaría a Muerte sin su contrapeso inmediato y de cómo esa asimetría podría alterar vínculos que parecían inquebrantables. Insinuó que el amor, privado de equilibrio, se desgasta o se distorsiona.
Sin embargo, Ghian no compartía esa convicción. Sabía que el amor no depende del equilibrio para existir, sino de la voluntad para sostenerlo. Despojar a Muerte de Armonía no anularía un sentimiento ya elegido, pero él no actuaba por Odio ni por alterar la historia de otros dioses, actuaba por Kiara.
Ghian pensó en Majic, en la forma en que su hermana lo había mirado siempre con una fe que él mismo no se concedía, y comprendió que la fractura del equilibrio no sería una abstracción cósmica, sino una herida concreta en quienes permanecían atados a ese tejido invisible.
También pensó en el esposo de Majic y en las consecuencias políticas que podrían derivarse si las fuerzas mayores comenzaban a inclinarse. No era ingenuo respecto al precio; sabía que no sería simbólico ni remoto. El costo recaería sobre rostros conocidos, aun así, la alternativa era la inacción.
- “Perdóname”, murmuró, sin estar seguro de si pedía absolución al mundo, a su hermana o a la parte de sí mismo que todavía entendía la magnitud de lo que estaba por hacer.
Recordó entonces la antigua historia del dios que, al poseer tanto Armonía como Muerte, eligió sacrificar el equilibrio por amor. Durante años esa narración le había parecido una advertencia sobre los peligros del exceso emocional en entidades que debían sostener el orden. Esa noche, en cambio, la comprendió como una confesión, amar no es ignorar la destrucción posible, sino aceptarla como consecuencia viable.
Cuando finalmente dejó de resistirse a la conexión, no lanzó su poder como si fuera un arma ni intentó arrancar la esencia de su lugar. Ajustó su propia vibración hasta alinearla con la de Armonía, como si buscara demostrar que no pretendía dominarla, sino sostenerla de forma provisional. Armonía no era una fuerza pasiva; poseía memoria y discernimiento. No podía ser tomada como un trofeo. Tenía que reconocer en él algo compatible.
Lo que encontró fue familiar, la misma disposición que, en otra era, inclinó a un dios hacia el Amor por encima de la simetría perfecta del universo. No era negación del orden, sino elección consciente de priorizar a alguien.
Ese reconocimiento permitió el desplazamiento.
El dolor no fue un estallido inmediato, sino una expansión insoportable. Sintió que algo vasto intentaba acomodarse en un espacio que no había sido diseñado para albergarlo. Su respiración se volvió irregular y su sangre pareció arder bajo la piel, como si cada célula estuviera siendo forzada a reconfigurarse. Durante un momento auténtico creyó que su estructura interna colapsaría bajo la presión.
Aún podía retroceder, aún podía soltar, pero si renunciaba en ese punto, todo el riesgo habría sido inútil y Kiara seguiría fuera de su alcance. Así que permaneció, permitiendo que la esencia se asentara aunque el proceso amenazara con desgarrarlo.
Percibió con claridad el instante en que Armonía dejó de pertenecer exclusivamente a su origen. No la poseía en plenitud ni la dominaba; simplemente la había desplazado lo suficiente para alterar la simetría absoluta que mantenía intacto el equilibrio.
El mundo no reaccionó con cataclismos visibles. No hubo cielos abiertos ni grietas en la tierra. El cambio fue más profundo precisamente por su sutileza, el equilibrio dejó de ser perfecto, y esa imperfección comenzó a propagarse de manera casi imperceptible.
Cuando finalmente cayó de rodillas, no lo hizo por dramatismo, sino porque su cuerpo necesitaba una postura que absorbiera la presión. Jadeaba, consciente de que había cruzado un punto sin retorno. No experimentaba triunfo ni sensación de poder; solo la lucidez fría de quien sabe que ha repetido un acto que una vez alteró eras enteras. Había elegido a alguien por encima del orden.
La diferencia era que él no sabía si el universo respondería con la misma indulgencia que en el pasado.
Y aun así, mientras el dolor comenzaba a estabilizarse y la nueva configuración de su esencia encontraba un equilibrio precario, se permitió una única certeza, si al final de ese camino Kiara respiraba, el costo, fuera cual fuera, tendría sentido, incluso si implicaba renunciar para siempre a la posibilidad de redimirse ante los dioses.