Hace tres siglos, la joven reina Isolda fue traicionada la noche antes de firmar un tratado que habría salvado su reino.
En su última hora, una mujer misteriosa le prometió: “Tendrás otra oportunidad, pero no en este tiempo.”
En el 2025, Tomás Vidal, es un arquitecto urbano y orgulloso escéptico de todo lo sobrenatural, encuentra en la restauración de un antiguo palacio europeo a una mujer desorientada, vestida como si acabara de salir de una pintura. Dice ser reina. No recuerda cómo llegó allí.
Entre intentos por adaptarse a un mundo sin carruajes, sin criadas y con “pantallas mágicas”, Isolda se convierte en un fenómeno viral.
Tomás intenta protegerla de la prensa y de sí misma, pero acaba descubriendo que lo imposible tiene su propia lógica y que está empezando a enamorarse de alguien que, literalmente, no pertenece a su tiempo.
Mientras tanto, los fragmentos de la traición que la condenó comienzan a resurgir.
¿Sobrevivirán al pasado o al presente?
HISTORIA DE 25 CAPÍTULOS. GRACIA
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CAPÍTULO 17
Tomás volvió a mirar el símbolo.
—Bueno —dijo con calma—. Eso puede significar varias cosas.
—Dime una tranquilizadora.
—Alguien con muy mal gusto y habilidades de paloma.
Ella no sonrió. Tomás tampoco.
—¿Quién más conocía ese símbolo? —preguntó él.
Isolda apoyó una mano en la mesa.
—Toda la corte.
—Eso fue hace…
—Cuatro siglos —terminó ella.
Tomás se pasó una mano por el cabello.
—Fantástico.
Isolda volvió a mirar el halcón.
—No es una advertencia —murmuró.
—¿No?
—No.
Su voz se volvió más fría.
—Es un anuncio.
Tomás cruzó los brazos.
—¿De qué tipo?
Isolda lo miró.
Y por primera vez desde que había despertado en este siglo, su expresión no fue curiosa ni divertida.
Fue la de alguien que reconoce un movimiento en un tablero antiguo.
—De que alguien recuerda.
El teléfono de Tomás vibró sobre la mesa. Los dos lo miraron. Una llamada. Nombre en pantalla: Richard Idolen
Tomás levantó una ceja.
—Eso fue rápido.
Contestó.
—¿Richard?
La voz al otro lado sonaba menos tranquila que antes.
—¿Está con usted la señorita Doren?
Tomás miró a Isolda.
—Sí.
Hubo una pausa.
Luego Richard habló más bajo.
—Necesito que escuchen algo con mucha atención.
Isolda se acercó.
Tomás puso el teléfono en altavoz.
—Estoy escuchando —dijo ella.
Otra pausa.
—La seguridad del castillo acaba de reportar algo extraño.
Tomás suspiró.
—Empiezo a odiar esa frase.
Richard continuó:
—Uno de los restauradores encontró una inscripción oculta detrás de una piedra del ala oeste.
Isolda frunció el ceño.
—¿Una inscripción?
—Sí.
—¿Antigua?
—Mucho.
El silencio volvió a crecer.
Tomás se apoyó en la mesa.
—¿Y qué dice?
Del otro lado de la línea, Richard dudó por primera vez desde que lo conocían.
—Dice tres palabras.
Isolda sintió algo tenso en el pecho.
—Dígalo.
Richard respiró.
—“El halcón vuelve”.
La cocina quedó completamente inmóvil. Isolda miró de nuevo hacia la ventana. Y la.imagen, las alas abiertas, las garras extendidas. Esperando.
Tomás colgó lentamente.
—Bueno —dijo—.
Isolda lo miró.
—¿Qué?
Él suspiró.
—Definitivamente esto ya no es solo una restauración de castillos.
Ella volvió a observar el halcón. Y una sensación que no había sentido en siglos regresó con una claridad incómoda. La sensación de que alguien…
había estado esperando.
—Tomás —dijo finalmente.
—¿Sí?
—Creo que alguien acaba de empezar la partida.
Tomás miró el símbolo.
Luego a ella.
—Perfecto.
Isolda levantó una ceja.
—¿Perfecto?
—Sí.
Tomás tomó su chaqueta del respaldo de la silla.
—Porque odio llegar tarde a las partidas importantes.
Fue a sacar las llaves de su auto, necesitaban respuestas y debían encontrarlas, y era obvio que en su departamento no las iba a hallar.
La Fundación Idolen era todo lo contrario a un lugar donde uno esperaría encontrar fantasmas históricos.
El edificio estaba hecho de vidrio, acero y líneas modernas, con una arquitectura pensada para reflejar transparencia y progreso.
La luz de la mañana atravesaba el vestíbulo, iluminando esculturas contemporáneas y paredes donde colgaban fotografías de proyectos restaurados en distintos países.
Tomás observó el lugar con la mezcla habitual de curiosidad profesional y desconfianza.
—Admito que esperaba algo más… polvoriento.
Richard sonrió con esa serenidad que parecía formar parte de su personalidad.
—La historia no necesita parecer vieja para serlo.
Isolda no dijo nada.
Desde que habían entrado al edificio, su mirada se movía con atención por cada detalle, como si tratara de reconocer algo que todavía no lograba nombrar.
Richard se detuvo frente al ascensor.
—Los archivos históricos están abajo.
—Claro —murmuró Tomás—. Donde siempre están los secretos.
El ascensor descendió en silencio. Cuando las puertas se abrieron, el ambiente cambió.
Un largo corredor se extendía frente a ellos, lleno de estanterías móviles y puertas metálicas numeradas.
Isolda entró primero. No tocó nada. Solo respiró.
—Huele igual —dijo finalmente.
Tomás levantó una ceja.
—¿Igual a qué?
—A los archivos del castillo.
Richard los condujo hacia una sala lateral donde una mesa larga estaba preparada con varias cajas de conservación.
—Aquí guardamos los documentos relacionados con la rebelión de Edevane —explicó mientras abría una de ellas—. Muchos sobrevivieron al incendio del ala oeste.
El nombre provocó un leve cambio en el rostro de Isolda.
Tomás lo notó.
—¿Recuerdas ese incendio?— le susurró.
—Recuerdo el humo —respondió ella—. Y el sonido de las puertas cerrándose.
Richard colocó el primer paquete sobre la mesa.
Dentro había cartas, registros militares y decretos firmados con tinta que el tiempo había vuelto ligeramente marrón. Y luego los dejó solos.
Tomás tomó uno de los documentos con cuidado.
—Esto sí es original —dijo con una mezcla de respeto y fascinación—. Siglo XVII real.
Isolda extendió la mano hacia otra hoja. En cuanto vio el trazo de la tinta, su respiración cambió. Conocía esa escritura.
El movimiento de las letras. La presión de la pluma en ciertas curvas. Era su letra.
—Esta carta la escribí yo —dijo con una calma que sorprendió incluso a Tomás.
Él se inclinó para mirar mejor.
—¿Estás segura?
Ella levantó la vista con una expresión casi divertida.
—¿Reconocerías tu propia escritura después de cuatro siglos?
Tomás sonrió.
—Buen punto.
La carta estaba dirigida al consejo del castillo. Era una orden breve, escrita con urgencia: instrucciones para mover tropas hacia el puente del norte antes de que los rebeldes cruzaran el valle.
—Estábamos perdiendo terreno —murmuró Isolda.
Tomás revisó otro documento.
—Informe militar —anunció.
Tomás leyó la firma.
—Capitán Edrik.
Isolda levantó la cabeza de inmediato.
—Murió esa misma noche.
Tomás bajó el papel lentamente.
—Entonces este informe lo escribió sabiendo que no iba a sobrevivir.
Durante varios minutos siguieron revisando documentos. Cartas entre nobles. Órdenes de defensa. Registros de movimientos de tropas.
Cada hoja parecía reconstruir un fragmento de una historia que, durante siglos, había sido contada por personas que nunca estuvieron allí.
Isolda abrió otra carpeta. Al principio no vio nada extraño. Era una carta más: papel antiguo, tinta oscurecida por los siglos, el mismo trazo firme que había reconocido en otros documentos.
Su propia escritura. Pero cuando llegó al final de la página, algo la detuvo.
Tomás lo notó enseguida.
—¿Qué pasa?
Isolda no respondió. Seguía mirando la fecha. Luego levantó la carta lentamente.
—Esto no puede ser correcto.
Tomás se inclinó para leer.
—¿Por qué?
Ella señaló la firma.
—Porque está escrita por mí.
Tomás asintió con naturalidad.
—Sí, ya lo dijiste antes.
Entonces ella deslizó el dedo hasta la fecha.
—Y está fechada… tres días después.
Tomás frunció el ceño.
—¿Después de qué?
Isolda tardó un momento en responder.
—Después de mi muerte.
El silencio cayó sobre la sala. Tomás volvió a mirar el documento. La fecha era clara. Tres días después del envenenamiento que todas las crónicas describían como el final de Lady Isolda de Idolen.
—Eso no es posible —murmuró.
Isolda seguía observando la carta, como si esperara que las palabras cambiaran.
—No —dijo finalmente—. Lo imposible fue que yo apareciera en tu siglo.
Tomás no dijo nada. Ella levantó la vista lentamente.
—Pero hay algo peor.
—¿Qué?
Isolda apoyó la carta sobre la mesa.
—Si escribí esto… significa que volví.
Tomás sintió un escalofrío.
—¿Volviste… al pasado?
—Sí.
Ella lo miró con una serenidad que ya no era tranquila.
—Y no recuerdo haberlo hecho.
Tomás volvió a mirar la fecha. Luego la firma.
Luego a ella.
—Entonces hay dos posibilidades.
—¿Cuáles?
Tomás habló despacio.
—O la historia está equivocada.
Isolda negó con la cabeza.
—No.
—Entonces…
Ella terminó la frase por él.
—Entonces todavía no ha ocurrido.