Valentina Romero siempre ha vivido con una sonrisa, tratando de ver el lado bueno de la vida a pesar de su corazón frágil. Cada día es una batalla silenciosa entre la fuerza que muestra al mundo y la vulnerabilidad que la acompaña en la soledad de su habitación. Sabe que amar podría significar dolor, que entregar su corazón podría ser un lujo que no puede permitirse.
Hasta que conoce a Dante Moretti , un CEO poderoso, frío y seguro de sí mismo, cuya mirada no la trata con lástima, sino con un interés que la desconcierta y la atrae como nunca antes. Él percibe sus miedos y debilidades, pero no los juzga; él la ve.
Juntos comienzan una relación sin promesas, sin etiquetas, marcada por la pasión contenida, la complicidad y la química que ambos sienten, aunque el tiempo no esté de su lado. Mientras la enfermedad de Valentina avanza silenciosa, los sentimientos crecen y la tensión entre lo que desean y lo que temen alcanzar se hace insoportable.
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Capítulo 17: La llamada y la grieta
La oficina de Dante Moretti era un santuario de orden implacable.
La madera pulida de su escritorio reflejaba la tenue luz del atardecer que se filtraba por los ventanales, y el único sonido era el suave zumbido de la climatización y el ocasional crujido del cuero de su silla cuando se movía.
Pilas de informes financieros, pantallas con gráficos en tiempo real y un reloj de pie suizo marcaban el paso del tiempo con precisión milimétrica. Este era su reino. Allí, cada variable era controlable, cada resultado predecible. O al menos, así había sido hasta hacía poco.
Ahora, su mirada se perdía en el perfil de los rascacielos, pero no veía números ni estrategias. Veía unos ojos castaños llenos de inteligencia sarcástica y un miedo bien escondido.
Veía la forma en que sus manos, finas y adornadas con una pulsera médica de plata, temblaban levemente al bajar de una escalera.
Oía el eco de su propia voz diciendo «nada importante» y maldecía su torpeza. Para él, aquella llamada había sido un asunto de logística, de resolver un problema. Para ella, que solo había escuchado fragmentos, había sonado a un mundo del que estaba excluida.
Su teléfono personal, un dispositivo discreto y negro que usaba únicamente con un puñado de contactos, permanecía en silencio sobre el escritorio.
Había escrito su número en la contraportada de un libro hacía lo que parecía una eternidad. Una eternidad de dos semanas. Una partida de paciencia que estaba perdiendo estrepitosamente.
Fue entonces cuando el dispositivo vibró. No con el tono de trabajo, sino con un suave zumbido. Una luz azul parpadeó. Un número desconocido.
Normalmente lo habría ignorado. Pero algo, una corazonada, un instinto que rara vez fallaba, lo hizo alargar la mano y deslizar el dedo por la pantalla.
—Dante Moretti —dijo, recuperando de inmediato la frialdad profesional en la voz.
Del otro lado hubo un silencio. Luego, una voz que le aceleró el pulso de inmediato, cargada de falsa solemnidad:
—Buenas tardes. Llamo de parte de la Sociedad Internacional de Amantes del Tolstói Aburrido. Hemos notado su reciente interés en el género y queríamos ofrecerle una membresía premium. Incluye una colección de suspiros de aburrimiento enlatados y una guía para mantenerse despierto durante los monólogos de Ana Karenina.
Dante se quedó paralizado. La sorpresa fue tan absoluta que le borró por completo el guion de su mente.
Un segundo de silencio incrédulo fue seguido por una risa. No una sonrisa seca ni un resoplido de cortesía. Una risa genuina, profunda y sorprendente que le brotó del pecho y resonó en la oficina silenciosa. Era un sonido tan raro para él que casi no lo reconoció.
—Valentina —dijo, y su voz había perdido toda frialdad, reemplazada por una calidez que ni él mismo sabía que podía producir—. Me temo que me han descubierto. ¿La membresía incluye también clases para alcanzar libros en estanterías altas sin sufrir colapsos existenciales?
—Ese es el paquete platino —respondió ella, y pudo oírse la sonrisa en su voz, una mezcla de alivio y nerviosismo—. Muy caro. Solo para CEOs con tendencia a derramar bebidas.
—Negociable —replicó él, girando su silla hacia la ventana, alejándose del escritorio y del mundo de los números—. ¿A qué debo el… honor de esta consulta comercial?
Hubo una pausa breve. Pudo casi sentirla decidiendo qué decir, cómo jugar sus cartas.
—El pan de chocolate —dijo al final, con un tono más suave—. Era tan bueno que… bueno, pensé que tal vez merecías una evaluación menos sarcástica. Por una vez.
—Un momento histórico —bromeó él, aunque su mente corría a mil por hora. Ella lo había llamado. Ella. Había roto el protocolo no escrito, había traspasado la barrera. Y lo había hecho a su manera: con humor, desafiante, sin darle importancia. Era la jugada más audaz que alguien había hecho con él en años. Y le encantó.
—¿Estás muy ocupado salvando la economía mundial? —preguntó ella—. Puedo colgar. Sé que los tipos de interés no se ajustan solos.
—Terminé de salvar la economía mundial hace una hora —mintió él, mirando con desdén los informes que esperaban su atención—. Ahora solo estoy… reorganizando mi colección de clips. Es un trabajo tedioso. Tu llamada es una distracción bienvenida.
—Me alegra ser de utilidad —dijo ella, y esta vez la broma sonó más débil, más vulnerable—. Bueno, en realidad… llamaba para… para ver si querías… es decir, si no tenías nada mejor que hacer…
Dante contuvo el aliento. Cada titubeo, cada palabra no dicha, era una delicia. Podía visualizarla mordisqueándose el labio, enredándose en su propio atrevimiento.
—Valentina —la interrumpió suavemente—. ¿Me estás pidiendo una cita?
El silencio del otro lado fue absoluto. Luego, un suspiro exasperado.
—Dios, eres insufrible. No. No es una cita. Es una… una sesión de observación. Tú me estudias a mí para tus teorías psicológicas y yo te estudio a ti para… para mi próximo personaje de novela. Un CEO frío y calculador. Es pura investigación.
Él sonrió, ampliamente. Estaba ganando. Y a ella le estaba encantando perder.
—De acuerdo. Investigación. ¿Cuándo y dónde?
—El parque. Mañana. A las once. Trae café. El bueno. No ese veneno negro que bebes.
—Es una cita —dijo él, deliberadamente—. Quiero decir, una sesión de investigación.
—Idiota —murmuró ella, pero él pudo oír la risa en su voz—. Cuelgo. Tengo que… reorganizar mis propios clips.
—Hasta mañana, Valentina.
—Hasta mañana, Dante.
La llamada se cortó. Dante dejó el teléfono sobre el escritorio y se quedó mirando la ciudad que se iluminaba ante él. Una sensación extraña, casi de desconcierto, lo invadió. No era triunfo.
Era… alegría. Una alegría simple y desarmante que le calentaba el pecho. Ella lo había desconcertado, lo había hecho reír, lo había sacado por completo de su guion perfecto.
Al otro lado de la ciudad, Valentina colgó el teléfono con las manos temblorosas. Lo había hecho. Había llamado. Y había funcionado. Le había hecho reír. Una risa verdadera. La imaginaba perfectamente: la sorpresa en su rostro, la forma en que su voz grave se habría suavizado.
Una sonrisa tonta se dibujó en sus labios. Se sintió eufórica, viva, ingeniosa. Pero entonces, como un manto frío, la realidad se cernió sobre ella. Cada latido de felicidad venía acompañado de un eco siniestro. ¿Por cuánto tiempo? La pregunta susurraba en su mente. ¿Cuántas risas más te permite tu corazón? ¿Cuántos paseos en el parque?
La paz que sentía al pensar en él, en su presencia calmada y segura, era real.
Pero era una paz frágil, construida sobre una falla geológica que podía abrirse en cualquier momento.
Mañana, en el parque, reirían, coquetearían, tal vez incluso se acercarían un poco más. Pero ella llevaría consigo el peso de los nuevos resultados médicos, el miedo a otro episodio, la certeza aterradora de que cada momento de felicidad era un regalo prestado que tarde o temprano tendría que devolver.
Se acarició la muñeca, donde la pulsera médica era una fría compañera.
Dante representaba una tentación de normalidad, de vida. Pero también era el recordatorio más doloroso de todo lo que podría perder, de todo lo que su enfermedad podía destruir, incluido el corazón de ese hombre frío que, contra todo pronóstico, parecía estar descongelándose solo para ella.
La próxima risa se le atascó en la garganta, convertida en un nudo de alegría y de tristeza profunda. Mañana sería perfecto. Y por eso mismo, dolería más que nunca.
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Esto sí que no me lo esperé. Me parecían unos padres medio lejanos, pero nada más. Igual, ella debió decirles.
¡Un amor más grande que el amor!
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