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Mi marido tenía otra familia

Mi marido tenía otra familia

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Traiciones y engaños / Mujer despreciada / Amante arrepentido
Popularitas:471
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi

Durante cinco años, creí que tenía al marido perfecto. Le abrí las puertas de mi familia, le confié la empresa de mi padre y soñé con tener un hijo con él.
Hasta que descubrí quién era la mujer que cuidaba a mi padre.
Había sido su esposa. Tenían un hijo. Y ninguno de los dos pensaba contármelo.
Mientras yo intentaba salvar nuestro matrimonio, ellos preparaban su salida.
Ahora me toca fingir. Sonreírle a mi marido. Tenerla a ella cerca. Dejar que ambos crean que sigo sin enterarme de nada.
Porque no pienso salir de esta historia con las manos vacías. Quiero saber qué hicieron con el dinero de mi familia, recuperar mi lugar y decidir cómo termina mi matrimonio.
Esta vez, las decisiones las tomo yo.

NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

Capítulo 16. La habitación sin Damián

El hotel tenía spa.

Cuando Valeria le dio el lugar, Renata intentó mirarlo como una dirección y no como otro sitio que su marido había escogido para acostarse con ella.

Necesitaban un momento en el que estuvieran juntos. Una puerta que pudiera abrirse delante de alguien más. Renata ya había visto suficiente escondida entre la ropa. Lo que sabía no iba a servirle si Damián podía negarlo sin que otra persona hubiera estado allí.

Fue con Lucía.

Durante el trayecto hablaron poco. Su amiga repasó lo que habían acordado y Renata respondió sin dejar de mirar hacia delante. Le costaba imaginar la cara de Damián al verla. Quería que se sorprendiera. Que se le acabara, por una vez, la facilidad para decir que se equivocaba.

No estaba esperando disfrutarlo.

Valeria había advertido que él procuraba no dejarse ver con ella. Damián podía acercarse a alguien en privado sin permitir que esa cercanía lo acompañara al salir. En el hotel conocía el lugar y se movía con seguridad.

Había tomado otra precaución.

Tomás Díaz estaba pendiente de la entrada.

Vio llegar a Renata y la reconoció. A su lado venía Lucía. No necesitó preguntar si habían ido por casualidad para avisar a Damián.

El mensaje llegó cuando Valeria estaba en la ducha.

Damián miró la pantalla. Después, la puerta del baño.

No la llamó para explicarle. Tuvo que moverse antes de que su esposa llegara al cuarto.

* * *

Renata sintió la mano de Lucía en el brazo antes de tocar.

La miró.

Su amiga no le dijo que se calmara ni intentó hablar en su nombre. Se limitó a quedarse allí, a su lado.

Renata llamó a la puerta.

Mientras esperaba, recordó el armario. La cintura de Valeria bajo la mano de Damián. La boca de él. Esta vez no había una ranura que pudiera dejar de mirar. La puerta entera se abriría.

Oyó movimiento dentro.

Se obligó a mantener la cabeza levantada.

Abrió Tomás.

Renata lo miró sin entender.

Él parecía sorprendido de encontrarla allí. Había abierto lo suficiente para que pudiera ver el interior, como si no tuviera ninguna razón para mantenerla fuera.

—¿Qué hace aquí?

Renata miró por encima de su hombro.

La habitación estaba. Valeria también.

Damián, no.

No respondió a la pregunta. Dio un paso para ver mejor. Tomás se apartó, sin detenerla, y aquel movimiento la desorientó casi tanto como su presencia.

Valeria se había vestido después de la ducha. Tenía el rostro rígido y no encontró de inmediato una forma de mirar a Renata.

Ella recorrió el cuarto con los ojos.

La cama. El baño. El espacio que quedaba fuera de la vista desde la entrada.

Sabía qué había ido a encontrar. El problema era que aquello no podía hacerse aparecer por saberlo.

—¿Dónde está Damián? —preguntó.

Tomás respondió enseguida.

—Abajo. Con un cliente.

Renata volvió hacia él.

—¿Y ustedes?

—Esperamos por si necesita algo.

Lo dijo con una corrección que habría servido perfectamente en un pasillo de Bellaria. Una explicación de trabajo. El presidente reunido con un cliente y dos empleados disponibles para cuando los llamara.

Renata miró otra vez a Valeria.

Si la obligaba a hablar delante de Tomás, las dos tendrían que explicar algo que no habían podido demostrar. Ella podía decir la verdad. Damián podía llegar después y preguntar por qué estaba su esposa allí, con una mujer que quería conseguir un puesto en la empresa.

La habitación seguía sin él.

Lucía hizo una pregunta a Tomás. Quería que precisara dónde se celebraba la reunión. Él sostuvo la explicación sin perder la compostura.

No parecía alguien tratando de recordar un nombre inventado a toda prisa.

Renata sintió que se le calentaban las orejas. Le habría gustado tener delante a su marido, no a un empleado ocupando el lugar donde debía haber estado su cuerpo.

La rabia no le daba una prueba.

Se apartó de la puerta.

El ruido del elevador la hizo volver la cabeza.

Damián apareció en el pasillo.

Venía hacia ellas con una expresión que terminó de cambiar cuando reconoció a su esposa. Renata lo observó de frente. Buscó la prisa que hubiera dejado en la ropa, el miedo en la cara, algo que no encajara en la escena que estaban armando delante de ella.

Él abrió un poco los brazos.

—¿Qué pasó?

La pregunta podía habérsela hecho al encontrarla en la sala de su casa con Lucía.

Renata no se movió.

Tomás dijo que había llegado a buscarlo. Damián lo escuchó y volvió a mirar a su esposa.

No miró a Valeria de una manera que las ayudara. No mostró la confianza con que la había besado en el departamento. Parecía una mujer que trabajaba para él y estaba en el hotel por lo mismo que Tomás.

Sabía hacerlo.

Renata lo vio pasar de un mundo a otro sin que la cara le cambiara. En uno podía tomarla de la cintura. En el otro, bastaba no mirarla así para que nada hubiera ocurrido.

—Me contaron algo —dijo Renata.

La frase se le quedó un instante en la boca. Había ido a ponerlo frente a lo que hacía. Ahora necesitaba una razón para estar allí sin decirle cuánto sabía de Valeria.

—¿Qué cosa?

Lucía intervino.

—Que te habían visto aquí y podía haber un malentendido.

Damián miró de una a otra. Renata notó el cuidado con el que se tomaba aquel segundo. Podía preguntarle qué habían entendido. Podía ofenderse. Podía volverse hacia Tomás y señalar a los empleados como prueba de que todo tenía una explicación corriente.

No tuvo que hacer tanto.

Renata le dio una salida que le dolió pronunciar.

—Ya veo que se equivocaron.

Lo dijo con una sonrisa pequeña. No quería que se le moviera la boca al llegar al final.

Damián se acercó.

El gesto de buscarla hizo que ella tuviera que decidir dónde poner los brazos. No podía echarse atrás como si acabara de tocar algo sucio y, al mismo tiempo, seguir diciendo que había comprobado un error.

Dejó que se acercara lo necesario.

Lo odiaba más por obligarla a pensar en esa distancia.

Él le habló del trabajo. Su tono se volvió ligeramente divertido, como si la visita de Renata fuera una muestra de lo poco que le gustaba pasar demasiado tiempo lejos de su marido.

Ella lo dejó decir lo indispensable.

No iba a escuchar una broma completa sobre sus celos.

—Lucía y yo nos quedamos —dijo.

Damián la miró.

—Podemos irnos juntos.

—Queremos aprovechar el spa. Ya que vinimos.

Su amiga asintió sin vacilar.

—Eso. Nos quedamos un rato.

Renata agradeció no tener que explicar el plan delante de él. No lo habían previsto así, pero Lucía había entendido. Necesitaba quedarse. Poder mirar a Valeria sin Tomás al lado y respirar en un lugar donde su marido no esperara que regresara a casa tomada de su mano.

Damián insistió un poco. Ella mantuvo la respuesta.

No había una buena razón para que se enojara porque dos amigas usaran el spa de un hotel. No después de que Renata acabara de decirle que aceptaba la explicación.

Él dejó de insistir.

La despedida fue correcta. Su esposa no había encontrado nada. Él tenía trabajo. Tomás estaba disponible. Valeria no tenía que explicar por qué había estado esperando en una habitación.

Renata miró a su marido alejarse por el pasillo.

No iba corriendo.

Eso fue lo que le dio más rabia. No necesitaba huir de una escena que ya había conseguido cambiar. Podía caminar hacia el elevador con la calma de un hombre que no tenía por qué esconderse de nadie.

Lucía esperó a que dejara de estar a la vista.

Renata no dijo nada.

Tenía ganas de volver a la puerta, de pedir que alguien le explicara dónde había estado Damián un minuto antes, de sacudir una versión hasta que cayera la verdad. Sabía cómo acabaría: con ella dando motivos para que la llamaran exagerada.

Había una habitación. Una cama. Una mujer que sí se acostaba con él.

Faltaba Damián. Todo podía tener entonces una explicación de trabajo.

Renata dejó que su amiga la acompañara lejos de allí.

El lugar seguía funcionando alrededor. Gente que iba hacia las instalaciones, empleados que saludaban, puertas que se abrían sin que a nadie le cambiara la vida por mirar dentro.

Entraron en el área del spa.

Renata se sentó en cuanto tuvo un sitio.

Lucía se quedó cerca. No intentó decirle que ya lo encontrarían otra vez. Había frases que solo servían cuando una podía soportar un poco de esperanza.

Renata apoyó los codos sobre las piernas y dejó las manos juntas.

Sabía que no se lo había imaginado.

También sabía que, si lo contaba como acababa de ocurrir, él parecería inocente.

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