Majic, Lycka y Huimang son reinas poderosas, pero deberán tomar decisiones cruciales para salvar a los seres que aman y a sus reinos, en una guerra contra seres guiados por los mismos dioses. ¿Podrán defender lo que más aman?
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Cap. 16. No me vas a perder
La noche en el palacio de Reverie era un susurro de sombras y sedas, pero Josag no dormía. No podía. Su cuerpo, tendido sobre las sábanas de lino, estaba inmóvil, pero su mente era un torbellino de algo más profundo que el insomnio. No era el peso de la corona lo que lo mantenía despierto, ni el eco lejano de los pasillos vacíos. Era él mismo.
Bajo su propio latido, constante y familiar, había otro. No más fuerte, pero sí más antiguo, como si algo dentro de su pecho respirara con un ritmo que no le pertenecía del todo, ni dolía, ni ardía, simplemente estaba, como un susurro en un idioma olvidado que su cuerpo recordaba sin que su mente pudiera traducirlo. Se pasó los dedos por el rostro y giró lentamente la cabeza hacia el lado de la cama donde Majic dormía.
Ella yacía de lado, el cabello rojo esparcido sobre la almohada como llamas domadas, un brazo extendido hacia él, los dedos ligeramente curvados como si, incluso en el sueño, buscara asegurarse de que no se había esfumado.
La luz tenue de la luna se filtraba por los vitrales, dibujando líneas plateadas sobre su piel pálida, sobre el hombro descubierto donde la sábana había resbalado. Josag sintió el golpe seco en el estómago, esa punzada que siempre llegaba cuando la miraba así, desarmada, suya, eterna en una forma que ningún título ni poder podría igualar.
Y de pronto, ese segundo latido dentro de él se agitó, no como una amenaza, como un reconocimiento.
Se incorporó ligeramente, apoyándose en un codo, y con cuidado apartó un mechón rebelde de su rostro. Los dedos le temblaron al rozar su mejilla, no por frío, sino por la descarga eléctrica que siempre le provocaba tocarla.
Majic suspiró en sueños, un sonido suave que se le clavó en el pecho como un gancho.
- “Estás lejos”, susurró Majic.
La voz de ella lo sorprendió. No había abierto los ojos con sobresalto, ni se había tensado. Simplemente estaba ahí, como siempre, como si supiera exactamente cuándo él necesitaba que lo mantuviera en tierra.
- “Estoy aquí”, dijo Josag, forzando una sonrisa que sabía que no llegaba a sus ojos.
Ella negó con la cabeza, aún con los párpados pesados de sueño, pero ya completamente presente. Sus dedos se posaron sobre su pecho, justo donde el corazón debería latir con normalidad. Justo donde, en cambio, sentía ese otro ritmo, lento y persistente.
- “No. Estás aquí, pero algo en ti está en otra parte”, repitió Majic, presionando levemente.
Josag cerró los ojos. El contacto de ella quemaba más que cualquier poder divino. Porque Majic no necesitaba magia para desarmarlo; le bastaba con mirarlo.
- “No sé qué me está pasando. No es dolor. No es miedo. Es… como si algo me estuviera llamando desde adentro”, confesó Josag, y las palabras salieron rasposas, como si las arrastrara desde un lugar donde no quería admitir.
Majic se incorporó del todo, arrastrando las sábanas consigo hasta quedar arrodillada frente a él. Sus rodillas rozaron las suyas, y el calor de su cuerpo, aún adormilado, se mezcló con el suyo. La distancia entre ellos era tan ínfima que Josag podía sentir el aliento de ella en sus labios cuando hablaba.
- “Mírame”, ordenó Majic, y no era una petición.
Él obedeció. Los ojos de Majic, dorados bajo la luz lunar, lo atraparon como siempre lo hacían, sin escapatoria, sin misericordia. Sus manos subieron hasta enmarcarle el rostro, los pulgares rozándole los pómulos, como lo había hecho la primera vez que lo vio llorar de niño, como lo había hecho cuando, siendo dioses aunque no lo recordaran, él regresó a ella cubierto de cicatrices de luz, como lo había hecho la noche en que, siendo mortales, le había confesado con torpeza que la amaba más que al cielo que le habían arrebatado.
- “Yo te conozco”, dijo Majic, y cada sílaba era un martillazo en su pecho. “Conozco cada versión tuya. El que me ofreció el cielo y el que me ofreció su primera promesa en un jardín. No hay nada en ti que yo no haya amado”.
Josag tragó saliva. Porque era verdad, porque ella había estado ahí siempre. Había amado sus manos cuando eran sucias de tierra y cuando brillaban con el poder de un rey.
- “¿Y si hay algo que no recuerdas?”, preguntó Josag, y su voz sonó pequeña, casi ahogada por el peso de lo que no decía: ¿Y si esto me cambia tanto que ya no soy el hombre que juraste amar?
Majic no retrocedió, nunca lo hacía con respecto a Josag, ni cuando era una niña y no se despegaba de su mejor amiga, ni cuando desafiando a dos reyes poderosos, lo escogió a él.
En lugar de eso, apoyó la frente contra la suya, y Josag sintió el calor de su piel como un bálsamo.
- “Entonces lo recordaremos juntos”, respondió Majic, sin dudar, como si fuera lo más obvio del mundo.
Pero él sacudió la cabeza, porque el miedo era un nudo en su garganta.
- “¿Y si cuando lo recuerde… ya no soy el mismo?”, preguntó Josag.
Ahí estaba. La confesión cruda, el terror que lo carcomía por dentro. No le asustaba el poder. No le asustaba el destino. Le asustaba perderse a sí mismo en el proceso. Le asustaba mirar a Majic a los ojos algún día y que ella ya no reconociera al hombre que le había prometido eternidad entre los rosales de un jardín olvidado.
Ella se separó lo justo para mirarlo, y en sus ojos no había lástima, ni paciencia condescendiente. Había fuego.
- “Escúchame bien, Josag. Tú no me perteneces porque seas humano. Ni porque gobiernes un reino. Tú me perteneces porque me elegiste cuando no tenías nada que ganar, me elegiste cuando quisiste mi felicidad aunque no estuvieras a mi lado, porque me elegiste aunque mi padre haya matado a tu madre, me elegiste aunque quizás nunca podría darte descendencia, porque el único amor más grande que el tuyo, solo podría ser el mío por ti”, manifestó Majic.
Sus dedos descendieron desde su rostro hasta su pecho, presionando justo donde ese segundo latido palpitaba, lento y seguro.
- “Y yo te elegí cuando eras el hermano del esposo que me impusieron, te elegí aunque significaba volver estar encerrada en una torre, te elegí siendo luz blanca y te elegí siendo bruja de fuego”, expresó Majic.
Bajo su mano, el pulso respondió. No con violencia, no con urgencia, sino con algo que se sentía peligroso precisamente por lo familiar que era. Como un nombre susurrado en la oscuridad por una boca que había besado mil veces.
Josag inhaló bruscamente, y el aire le quemó los pulmones.
- “No quiero que nada me aleje de ti”, confesó Josag, y era la verdad más simple y más complicada que había dicho en siglos.
Majic sonrió, pero había humedad en sus ojos, ese brillo traicionero que delataba cuánto le costaba no romperse cada vez que él dudaba.
- “Entonces no te alejes”, susurró Majo y luego lo besó.
Fue un beso urgente y hambriento, como si el mundo pudiera acabarse en el próximo segundo y necesitaran devorarse el uno al otro antes de que eso sucediera. Los labios de Majic se abrieron bajo los suyos con un gemido ahogado, y Josag la atrajo contra sí con una fuerza que rayaba en la desesperación.
Sus manos recorrieron su espalda, memorizando cada curva, cada lugar donde la había marcado como suya en otras vidas, aunque no lo recordara. La sábana resbaló por completo, dejando al descubierto el cuerpo de ella, pálido y brillante bajo la luna, y Josag no pudo resistirse, sus dedos se hundieron en la carne de sus caderas, arrastrándola hasta que quedó sobre él, el calor entre sus muslos presionando contra su vientre.
- “Majic”, gimió Josag contra su boca, y era una súplica, una confesión, una promesa rota y rehecha en el mismo suspiro.
Ella respondió mordiéndole el labio inferior, suficiente para que un sabor metálico se mezclara con el sabor de su saliva. Sus uñas se clavaron en sus hombros, como si también ella temiera que, si lo soltaba, él se desvanecería en el aire.
- “Estoy aquí. No me estás perdiendo. No me vas a perder”, jadeó ella, separándose apenas lo necesario para mirarlo, sus pechos rozando su torso con cada respiración entrecortada.
Josag la abrazó con fuerza, inhalando su aroma a jazmín y sudor y algo más profundo, algo que olía a hogar. Pero incluso mientras la apretaba contra sí, incluso mientras sentía el latido acelerado de ella contra el suyo, sabía que algo había cambiado. Que estaba cambiando.
Y esta vez no sería una batalla con espadas ni magia. Sería un recuerdo, algo que ya estaba escrito en su sangre, esperando a ser leído.
Majic lo sostuvo con la misma ferocidad, sus dedos enredados en su cabello, su aliento caliente contra su oreja.
- “Amor antiguo, amor humano, amor que tiembla. (Sus labios rozaron su piel cuando habló, y Josag sintió el escalofrío recorrerle la columna. Nada de eso se rompe. Nada”, aseguró Majic.
Pero en el fondo, donde ese segundo latido ahora palpitaba con más claridad, Josag sabía que el conflicto no enfriaría su vínculo, lo intensificaría. Y eso era lo que más dolía, que si algo salía mal, si ese llamado lo arrastraba demasiado lejos, no sería solo su alma la que se fracturara, sería la de ella también.