Ella no necesita que la rescaten.
Él no cree en el amor.
Luciana Ríos es una mujer que manda. Jefa en su oficina, independiente y acostumbrada a tomar decisiones que otros solo se atreven a sugerir. No depende de apellidos ni de fortunas ajenas… y jamás pensó convertirse en la esposa de nadie.
Alexander Montclair es el hombre más poderoso del continente. Exmilitar, magnate y heredero de un imperio que no admite errores. Frío, reservado y meticuloso, su vida se rige por contratos, reglas y control absoluto.
Un encuentro inesperado los enfrenta.
Un acuerdo los une.
Un matrimonio por contrato lo cambia todo.
Mientras una influencer caída en desgracia intenta recuperar el estatus que perdió, y un exnovio poderoso se consume entre celos, secretos y traiciones, Luciana descubre que ceder el control no siempre significa perder el poder… especialmente cuando el hombre que intenta dominarla es el único capaz de mirarla como un igual.
En un mundo donde el dinero compra silencios y los contratos
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Capitulo 13
Luciana
El restaurante era discreto. Demasiado para alguien como Alexander Montclair.
Eso ya me dijo algo antes de sentarme.
No era un almuerzo social. Era un punto estratégico.
—¿Siempre eliges lugares así? —pregunté, dejando el bolso a mi lado.
—Solo cuando quiero hablar sin que nadie escuche —respondió, revisando el entorno con una mirada rápida, entrenada—. Y cuando no quiero que el lugar sea el protagonista.
Eso último me hizo sonreír.
—Qué generoso.
Pidió por ambos sin consultar. Curiosamente, acertó.
Tomé eso como otra señal de cuánto observaba incluso cuando parecía distante.
Durante unos minutos hablamos de la boda, de tiempos, de ajustes logísticos. Yo marcaba puntos, él asentía, corregía o daba su opinión si no le gustaba. Funcionábamos bien. Demasiado bien.
—Alexander —dije al fin—. Dijiste que responderías preguntas si eran equitativas.
Me miró. No sorprendido. Preparado.
—Dije que lo evaluaría.
—Entonces evalúa esta —continué—. ¿Por qué necesitas tanto control?
No respondió de inmediato. Tomó su copa, bebió apenas.
—Porque cuando no lo tienes, otros deciden por ti —dijo al fin—. Y a veces… deciden eliminarte.
El aire cambió.
—Cuando tenía veintidós años —continuó—, secuestraron a alguien cercano para enviarme un mensaje. No sobrevivió. Yo tampoco salí ileso, aunque respirara.
Lo observé en silencio.
—Desde entonces —añadió—, entendí que el poder no es ambición. Es defensa.
Eso explicaba mucho.
Demasiado.
—¿Y el ejército? —pregunté.
—Fue la única forma de recuperar algo que sentía perdido —dijo—. Control sobre mí mismo.
Asentí. No con lástima. Con comprensión.
Mientras tanto, en otro punto de la ciudad, Rodrigo Salazar sonreía frente a una pantalla llena de gráficos.
—No va a atacar ahora —dijo, confiado—. Tiene una boda encima. Imagen que cuidar.
Bárbara, sentada frente a él, dudó.
—Montclair no juega con tiempos normales.
—Precisamente —replicó Rodrigo—. Está atado.
No sabía cuán equivocado estaba.
Al volver a casa, el ambiente era distinto. Más silencioso. Más cargado.
La noche cayó.
Alexander se quitó el saco y lo dejó sobre una silla. Yo caminé descalza hasta la ventana, mirando la ciudad iluminada. Sentí su presencia detrás de mí antes de que hablara.
—Luciana —dijo—. Hay algo que no hemos hablado.
Me giré.
—El contrato —continuó—. Tal como está… ya no es suficiente.
—¿Porque me pusieron en riesgo? —pregunté.
—Porque te quedaste —respondió—. Porque no huiste. Porque confiaste.
Eso me desarmó más que cualquier amenaza.
—¿Qué estás diciendo?
Se acercó. No invadió mi espacio. Lo compartió.
—Que esta alianza ya no puede ser solo táctica —dijo—. Y si decides irte, lo entenderé. Pero si te quedas… no será a medias.
Mi pulso se aceleró.
—¿Y qué lugar tendría yo? —pregunté—. ¿El de una pieza más?
—No —respondió sin dudar—. El de alguien que camina a mi lado. Con todo lo que eso implica.
El silencio se tensó entre nosotros.
Pensé en el contrato. En el riesgo. En el poder… y en mí.
—Necesito tiempo —dije.
Asintió.
—Lo tendrás.
Pero cuando pasó junto a mí, su mano rozó la mía. Apenas un segundo.
Suficiente para saber que nada volvería a ser simple.
Y entonces, su teléfono vibró.
Lo miró.
Su expresión cambió.
—Rodrigo acaba de cometer un error —dijo.
—¿Qué tipo de error?
Me miró fijamente.
—Del tipo que adelanta guerras.
Y supe que mi lugar en todo esto estaba a punto de redefinirse.
déjense de tanto juego 🤦🏼♀️
a cuidarse las espaldas /Shy//Slight/