El reino de los hombres bestia prospera bajo el mando del rey alfa Samuel Costa… o al menos así lo cree el mundo.
Porque detrás de la reina falsa que ocupa el trono, Samuel oculta un secreto mortal: su verdadero cónyuge es un omega humano, Camilo, cuya mera existencia está prohibida por la ley.
Cuando la verdad sale a la luz, la traición cae como un golpe implacable. Uno a uno, sus aliados son asesinados. Samuel y Camilo mueren juntos sin haber podido aceptarse como los destinados que siempre fueron… hasta que el destino les concede un milagro.
Samuel renace en el instante en que su tragedia comenzó. Ahora, con la memoria intacta y el corazón ardiendo de arrepentimiento, hará lo que no hizo antes: proteger a su omega, desafiar al consejo real y reescribir el futuro, aunque para ello deba destruir enemigos ocultos y el propio sistema que lo traicionó.
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PREPARATIVOS
Brisa caminaba imponente por los pasillos prohibidos.
Era bien conocido en el castillo que la reina detestaba visitar las habitaciones de las concubinas.
Aun si su vida peligrara, era imposible verla recorrer
esos corredores… y, sin embargo, ahí estaba.
Sus tacones resonaban con firmeza sobre el mármol, marcando cada paso como una sentencia.
Quienes se cruzaban en su camino se inclinaban de inmediato, no solo por respeto, sino por temor. No por nada había luchado hasta conseguir el título que ahora sostenía con orgullo y determinación.
La sirvienta de Agnes salía de la habitación cuando la vio aproximarse. Su rostro palideció y, presa del miedo, volvió a entrar apresuradamente.
—Mi señora… la reina viene —susurró con voz temblorosa.
—¿Qué demonios quiere esa mujer aquí? —dijo Agnes, dejando su taza de té sobre la mesa con un golpe seco.
La sirvienta se encogió bajo la mirada de su ama. No entendía del todo la rivalidad entre ambas mujeres, pero sabía que no era algo simple. Una cosa era lidiar con concubinas de bajo rango; otra muy distinta era enfrentarse a Brisa. Agnes jamás había logrado deshacerse de ella.
La puerta emitió un sonido firme al ser tocada.
La sirvienta la abrió con dedos temblorosos.
—Bienvenida sea la reina. ¿Qué se le ofrece? —preguntó Agnes, inclinándose en una reverencia medida.
Brisa entró sin responder el saludo. Se sentó en uno de los sillones como si le perteneciera, mientras su sirvienta de confianza tomaba la tetera y le servía una taza de té.
—Tome asiento, concubina Agnes —dijo Brisa, tomando la taza con calma—. Me gustaría que, por favor, tratase de hablar con el príncipe Félix.
—No sé a qué viene ese comentario —respondió Agnes, tensando la mandíbula.
—Se lo diré con claridad —continuó Brisa—. Sabe que para nuestro reino este ha sido un tiempo difícil.
Pronto dejará de llover, según mi hija Julia. Pero no pienso permitir faltas de respeto de ningún tipo hacia el príncipe Camilo.
Hizo un gesto de absoluto desagrado.
—¿El príncipe humano? —preguntó Agnes, fingiendo sorpresa—. No entiendo. Se supone que su hijo ya ha aceptado el compromiso con él. ¿Por qué razón está el nombre de mi hijo aquí?
Quedó claro que Félix no le había contado nada.
—Su hijo fue a la oficina del consorte real y atentó contra la pureza de mi yerno —Brisa dejó la taza lentamente sobre la mesa—. Más le vale que controle a su hijo. No quiero verme en la necesidad de pedirle al rey que lo exilie por traición.
Agnes la miró con furia contenida. Su hijo no había dicho una sola palabra sobre acercarse al prometido humano de su medio hermano.
—Gracias por hacerme saber lo que sucede —dijo finalmente—. Me haré cargo de imponerle un castigo.
Brisa no respondió. Se levantó sin despedirse y salió de la habitación de su rival. Si era necesario, enviaría a ambos al Palacio Frío con tal de que todo saliera bien el día de la boda.
—Ve a buscar a Félix y tráelo, si es necesario, a la fuerza —ordenó Agnes, poniéndose de pie.
Algo que odiaba profundamente era que las cosas se complicaran más para ella o para su hijo.
Minutos después, Félix entró tras la sirvienta… solo para recibir un fuerte manotazo.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —gritó Agnes.
—Madre… yo… —balbuceó Félix.
—¿Acaso te crié para ser un imbécil? —dijo ella, sujetándolo del cabello—. La reina vino a verme para decirme lo que intentaste hacer con el humano.
—Pero… no le hice nada —respondió Félix.
—¡Un intento ya es algo! —replicó Agnes, fuera de sí—. Eres un tonto. Si hubieras llegado a más, ese humano no habría sido tuyo… nos habrían exiliado a las tierras desoladas.
—Perdón, madre —dijo Félix, enderezándose—, pero no planeo detenerme. Ese omega no puede ser de mi hermano.
—¿De qué demonios hablas? —preguntó Agnes, desconcertada.
—Ese omega es descendiente de un supuesto hijo de la diosa Luna. Si alguien se da cuenta, no solo no podrá tener hijos… mi hermano y él se harían del trono en poco tiempo. Debes ayudarme a detener la boda.
Agnes quedó en silencio unos segundos.
—Te estás dejando llevar por un rumor —dijo con frialdad—. Tú —señaló a la sirvienta—, prepara sus cosas. Una vez que termine la lluvia, viajaremos al ducado de tu abuelo. Y no, no voy a ayudarte en esta locura. ¿Tienes alguna idea de cómo es vivir en las tierras desoladas? Si la tienes, ve y enfréntate a tu padre.
—No lo entiendes, madre —insistió Félix—. Si nos vamos, en poco tiempo él subirá al trono.
—¿Y? —respondió Agnes, cansada—. Félix, estoy agotada de pelear. Sigo encerrada por una razón. No quiero saber nada de Brisa, de tu padre ni de tus hermanos. No planeo involucrarme más.
Suspiró profundamente.
—Si no me obedeces, no me quedará otra opción que decírselo a tu padre.
—Está bien, madre —respondió Félix, apretando los puños.
—Mira —añadió Agnes en voz baja—, sé que sientes que es tu deber vengar a tu hermano. Pero no podemos hacer nada solos. Debemos aliarnos con alguien fuerte. Mientras estemos en el ducado, planeo comunicarme con el rey Gallahart… y si mi intuición es correcta, no se negará.
Félix asintió. Creyó que su madre finalmente había cedido después de años de humillación, sin saber que ella ya tenía un plan oculto.
—Ahora prepara tus cosas —ordenó Agnes—. En cualquier momento dejará de llover y no pienso compartir la felicidad de los preparativos de la boda.
La lluvia paró una semana después, permitiendo que la luz del sol volviera a iluminar el reino. Los ríos, aunque crecidos, parecían prepararse para recibir nuevamente a los animales acuáticos.
Y justo cuando la lluvia cesó, Agnes y Félix abandonaron el castillo principal rumbo al ducado de Invierno.
—Asegúrate de vigilarlos bien. Cualquier cosa que hagan, comunícamelo. No omitas ningún detalle —ordenó Samuel a Lidia, la sirvienta de confianza de Agnes.
La joven asintió desde su escondite. Días atrás, Samuel la había convencido; por el bien de su familia, aceptó.
—Bien, es hora —decía Brisa con energía—. Manden a llamar a los herreros, carpinteros y jardineros. Los quiero a todos aquí. Debemos cumplir con la fecha límite de la boda. ¡Cocineros!
El castillo entero se puso en marcha.
Unos días después de la partida de Félix y Agnes, el rey Luis también se marchó, atendiendo una posible inquietud en su reino.
—Papá… ¿no podrás estar? —preguntó Camilo con los ojos llenos de tristeza.
—Quiero estar —respondió Luis—, pero sabes que tu hermano ha estado mucho tiempo solo. Podría intentar viajar y dejar el reino en manos de esos buitres del consejo.
—Tu padre y Carlos se quedarán —añadió—. Espero que tu boda sea esplendorosa.
—Gracias papá, cuídate. Adiós —dijo Camilo, despidiéndose mientras lo veía partir.
Los preparativos llevarían tiempo. Arreglar los jardines tomaría semanas. Brisa estaba entusiasmada; no permitiría que su yerno tuviera ningún accidente ese día.
Por eso mismo… ella se encargaría absolutamente de todo, su yerno brillaría como lo que sería, un consorte perfecto para su hijo y su reino.