Durante cinco años, creí que tenía al marido perfecto. Le abrí las puertas de mi familia, le confié la empresa de mi padre y soñé con tener un hijo con él.
Hasta que descubrí quién era la mujer que cuidaba a mi padre.
Había sido su esposa. Tenían un hijo. Y ninguno de los dos pensaba contármelo.
Mientras yo intentaba salvar nuestro matrimonio, ellos preparaban su salida.
Ahora me toca fingir. Sonreírle a mi marido. Tenerla a ella cerca. Dejar que ambos crean que sigo sin enterarme de nada.
Porque no pienso salir de esta historia con las manos vacías. Quiero saber qué hicieron con el dinero de mi familia, recuperar mi lugar y decidir cómo termina mi matrimonio.
Esta vez, las decisiones las tomo yo.
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Capítulo 12
Capítulo 12. El hombre del hospital
Renata cerró la puerta del auto y se quedó con la mano en la manija.
Todavía no lloraba.
Había conseguido salir del departamento sin gritar. Había escuchado a Valeria hablar de su carrera, de lo cuidadoso que era Damián, de las cosas que esperaba conseguir. Hasta había encontrado una frase para responderle antes de irse.
Tenía que seguir haciendo lo mismo un poco más. Poner en marcha el auto. Salir. Volver a una calle que no tuviera nada que ver con aquella mujer.
Dejó la bolsa al lado y se abrochó el cinturón.
Al girar el volante vio el anillo.
La mano se le quedó un instante demasiado rígida. Después siguió.
No llegó muy lejos antes de que se le llenaran los ojos de lágrimas.
Parpadeó para despejar la vista. El intento hizo que cayera la primera. Luego otra, más rápida. Se las quitó con el dorso de la mano, enojada, como si pudiera obligarlas a esperar hasta su casa.
No pudo.
Se apartó donde podía detenerse y apagó el motor.
Durante unos segundos no hizo ruido. Solo respiró de una manera que no le alcanzaba para llenar el pecho. Tenía la boca apretada y la mano todavía cerca del volante.
Luego se dobló hacia delante.
Lloró con una fuerza que le dolió en el estómago. Sin controlar si se le corría el maquillaje, si alguien podía verla desde la calle, si la cara que pusiera después serviría para salir del auto sin dar explicaciones.
Se había pasado demasiado tiempo intentando parecer una mujer que sabía qué hacía.
Había un perfume. Un reloj. Una foto. Una conversación con un abogado. Podía ocuparse de cada cosa por separado, hacer una llamada, escoger una pregunta, comprar unas horas para que la otra no pudiera estar con él.
Lo que no sabía hacer era dejar de querer al hombre con el que se había casado.
Se limpió la cara con un pañuelo y miró el volante.
No tenía ganas de arrancarse el anillo. Le molestó descubrirlo. Habría sido más fácil sentir solamente asco, desprecio, una decisión limpia que no dejara sitio a nada más.
En cambio, se acordó del hospital.
Habían coincidido después de un accidente de tránsito. Ella llevaba todavía el susto en el cuerpo. Damián había ido detrás del conductor que provocó lo ocurrido y acabó herido.
En la sala donde los atendieron, lo vio como a alguien que había intervenido cuando podía haberse apartado.
No era un gesto hecho para quedar bien en una fotografía. No había un público felicitándolo. Tenía una herida, dolor, cosas que tampoco se arreglaban porque ella le diera las gracias.
Renata se fijaba en el vendaje cuando hablaban.
Él se daba cuenta y le decía que no lo mirara con aquella cara. Que ya lo estaban atendiendo. Ella quería preguntarle por qué se había metido en un problema que no era suyo, pero cada manera de hacerlo sonaba a un reproche injusto.
Le había ayudado.
Se sintió agradecida antes de empezar a sentirse atraída por él.
Recordaba el espacio que había entre las camas, las voces de otras personas, la interrupción de alguien que entraba a revisar cómo estaban. En medio de todo eso, una conversación podía empezar por una pregunta sobre el dolor y terminar en algo que no tenía que ver con el accidente.
Hablaron.
Renata recordaba haberse reído. No de una gran frase, no de algo que después pudiera repetir para explicar cuándo se enamoró. Se había reído porque él la miraba de una manera que le permitía olvidar un momento por qué estaba allí.
Más tarde habían vuelto a verse. Ya sin las camas, sin el personal que los llamaba por el nombre, sin un vendaje que justificara la primera pregunta.
Ella no tuvo que perseguirlo para saber si le interesaba.
Damián se lo dijo.
Quería estar con ella.
No le había pedido que adivinara una intención entre mensajes ni que esperara una fecha que nunca llegaba. La eligió de una manera que a Renata le pareció clara.
Ahora estaba sentada en el auto, con la cara mojada, intentando encontrar al mismo hombre dentro de quien no dejaba una camisa en casa de Valeria para que su esposa no pudiera verla.
¿En qué momento habían sido dos personas distintas?
Volvió a llorar.
Le daba rabia recordar cosas buenas. Quería hablar de lo que había hecho, de la mentira, del cuerpo de otra mujer tan cerca del suyo. Y la memoria le devolvía al hombre del hospital, las conversaciones que había esperado con ganas, la alegría con la que aceptó cuando él le dijo que quería una vida a su lado.
No se había casado con un cargo en Bellaria.
Lo había querido antes de que tuviera ese puesto. Había creído en él cuando su familia todavía podía preguntarse qué tenía que ofrecerle. Había estado orgullosa de presentarlo, de ayudarlo, de ver que otros empezaban a reconocer lo que ella había visto primero.
Nunca lo había contado de ese modo para cobrarle nada.
Entonces, ¿por qué ahora le dolía tanto pensar en todo lo que le dio?
Se secó la nariz. El pañuelo ya no servía. Buscó otro con movimientos desordenados y tuvo que dejar la bolsa abierta sobre el asiento.
Entre las cosas estaba el pequeño objeto que había sacado de la cámara de su padre.
La tarjeta.
La miró sin tomarla.
Se había llevado un recuerdo de un viaje que no hizo con él. Se preguntó qué sentía Damián al guardar una imagen. Si le gustaba mirarla después. Si podía recordar un día con ella y tener ganas de repetirlo, mientras hacía planes para encontrarse con Valeria.
Valeria había hablado de sus promesas como si fueran una parte bastante previsible del trato.
Ella las había convertido en una vida.
—Pinche cabrón —dijo.
El insulto salió bajo, roto por la respiración. No le bastó para lo que sentía. Ni siquiera le dio el pequeño alivio de haberlo insultado.
En aquel momento no quería ganar una discusión. Quería que el hombre al que recordaba no la hubiera engañado. Quería no haber tenido que entrar en otro departamento a buscar sus cosas.
Miró la fecha en el teléfono.
Era el aniversario del día en que se conocieron.
Lo sabía. Por eso había tenido tan cerca aquella primera conversación. Por eso le resultaba más difícil mantener el recuerdo fuera de lo que estaba pasando.
Se quedó mirando la pantalla hasta que la luz bajó.
Podía llamar a Lucía. Podía contarle que acababa de estar en casa de Valeria y que la mujer le había pedido un puesto de trabajo. Pero, si abría la boca para explicar el resto, iba a llorar otra vez. No quería tener que ordenar las palabras todavía.
Apoyó la cabeza un momento en el asiento.
La ropa de Valeria no había tenido que estar en su armario. La había recibido ella, con una sonrisa, y le había indicado dónde dejar sus cosas durante la fiesta. Recordó cuánto le costó seguir hablando después de reconocer el perfume.
No había podido quitarse esa expresión delante de nadie.
Allí, dentro del auto detenido, dejó por fin de intentarlo.
Pasó un rato antes de que la respiración se volviera regular.
Renata buscó el espejo y se miró. Tenía los ojos enrojecidos, marcas húmedas donde había intentado secarse sin cuidado. Se arregló lo indispensable. No porque se sintiera mejor, sino porque todavía tenía que salir de allí.
Guardó la tarjeta con lo demás y cerró la bolsa.
Después volvió a poner las manos sobre el volante.
La herida de Damián había sido real. Ella la había visto.
También había sido real la manera en que él le tomaba la mano.
No sabía cómo podía representar una persona tantas cosas que a ella le habían salido sin pensar.
Arrancó sin haber encontrado una respuesta.