El odio se corta al bies, pero el orgullo jamás se deshilacha.
Victoria dedicó diez años a levantar su taller de costura independiente a fuerza de tijera, desvelos y un orgullo blindado. Su peor pesadilla se cumple con el regreso de Caleb, el aclamado y arrogante director creativo del imperio textil rival, dispuesto a monopolizar la industria y arrebatarle su lugar.
Obligados por una estricta cláusula de la Bienal de Moda a crear una colección cápsula en conjunto, deben compartir mesa de corte, maniquíes y jornadas interminables. Para la prensa, son dos titanes enfrentados por el trono del diseño. En privado, son dos viejos conocidos atrapados por un secreto intolerable: a los diecisiete años, en una buhardilla compartida, Caleb fue su socio, su cómplice y el primer amor que le destrozó el corazón al marcharse sin decir adiós.
Entre alfileres que queman, miradas cargadas de reproches y una tensión que amenaza con incendiar el taller, Victoria tiene una sola regla para no caer...
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Capítulo 12: El nudo ciego
Las tres horas que siguieron fueron una tortura de precisión milimétrica.
Caleb no volvió a pronunciar una sola palabra que no fuera estrictamente técnica. Si necesitaba una regla de madera, señalaba con el índice; si el margen del bajo delantero requería medio centímetro más de tela, marcaba el paño con un golpe seco de tiza y retrocedía. Su silencio no era sumisión: era una caldera a punto de reventar. Cada vez que sus miradas se cruzaban sobre el maniquí, los ojos ámbar de Caleb destilaban un reproche tan crudo, tan cargado de posesión herida, que Victoria tenía que apretar los dientes para no soltar las tijeras y exigirle que dejara de mirarla así.
Clara, intuyendo que una sola chispa bastaba para hacer volar el taller por los aires, inventó una excusa a las siete menos cuarto:
—Voy a llevar las muestras de forro al tintorero antes de que cierre el local, Victoria —dijo, poniéndose el abrigo a las apuradas y esquivando la mirada de ambos—. Mañana a primera hora estoy acá.
La puerta de la calle se cerró tras ella, dejando el atelier sumido en un silencio denso, punteado únicamente por el siseo intermitente de la caldera de vapor y el repiqueteo de la lluvia, que arreciaba contra los cristales industriales.
Victoria miró el reloj de pared de caja de roble: siete y veinte.
Dejó la cinta métrica enrollada sobre el tablón, se quitó el dedal de plata y lo guardó en el bolsillo de su chaleco.
—El hilván de las solapas está terminado —anunció con voz plana, dándole la espalda para caminar hacia el pequeño vestidor del fondo, un rincón separado del taller por un cortinado pesado de terciopelo verde musgo—. Voy a cambiarme. Cierra la llave de paso de la plancha antes de irte.
Caleb no contestó. Ni siquiera levantó la vista del molde de papel que recortaba con una navaja, pero la hoja de acero se enterró un milímetro de más en el cartón, desgarrándolo con un sonido seco.
Detrás de la cortina, Victoria se apoyó contra la pared de madera durante un minuto entero, con los ojos cerrados y las manos apoyadas en las costillas, intentando apaciguar el temblor que le recorría el cuerpo. La presencia de Caleb era como una marea oscura que amenazaba con arrastrarla cada vez que bajaba la guardia. Recordó la mirada de Julián, la tranquilidad de su voz, la promesa de una vida donde no hubiera que pelear cada centímetro de aire para respirar. «Seguridad», se repitió a sí misma como un mantra. «Necesito cordura, no un incendio».
Se despojó de la ropa de trabajo y se puso un vestido de cóctel de su propia autoría: satén de seda pesado en un tono azul medianoche, de cuello halter que dejaba al descubierto sus hombros y la línea curva de su espalda, con una caída fluida que se ceñía a la cintura y caía recta hasta las pantorrillas. Se soltó el cabello, cepillándolo hasta que las ondas oscuras le cayeron sobre los hombros, y se pintó los labios con un carmín intenso, afilado y desafiante.
Se calzó unos zapatos de tacón fino y se puso un tapado corto de terciopelo negro sobre los hombros.
Cuando descorrió el cortinado para salir al salón principal, Caleb estaba esperándola.
Estaba apoyado contra la esquina de la mesa central, con los brazos cruzados y la camisa de popelina oscura abierta en los dos primeros botones. Al verla emerger en la penumbra, su respiración se detuvo por completo.
La recorrió despacio, de abajo hacia arriba. Una mirada devoradora, descarada, que se demoró en la curva de sus tobillos, en la forma en que la seda azul dibujaba sus caderas y en el contraste blanco de sus hombros desnudos. La mandíbula de Caleb se endureció con una violencia sorda; sus pupilas se dilataron hasta casi devorar el dorado de su iris.
—Vas a provocar un infarto en esa galería —dijo él. Su voz era un susurro rasposo, casi inaudible por la furia contenida—. Es una lástima que te hayas vestido para un imbécil que no distingue un satén de seda de una cortina sintética.
Victoria caminó hacia el perchero para tomar su bolso de mano, haciéndolo resonar con cada pisada firme sobre la pinotea.
—Julián financia colecciones de arte en tres continentes, Caleb. Sabe apreciar la artesanía mucho mejor que los contadores de tu empresa.
Caleb dio dos pasos lentos, cerrándole el paso hacia la puerta principal. El perfume a nardos de Bianca se había disipado hacía horas; ahora solo quedaba él: cedro, metal frío, lluvia y esa cercanía que a Victoria le ponía la piel de gallina.
—Él no aprecia la artesanía, Victoria. Te aprecia a ti —soltó él, acortando la distancia hasta que sus zapatos casi se tocaron—. Te mira como si fueras un cuadro que puede comprar y colgar en la pared de su mansión para que sus amigos de apellido patricio le aplaudan el buen gusto.
—Por lo menos él no se escapó en un avión a Milán cuando la cosa se puso difícil —disparó ella, sosteniéndole la mirada con la barbilla en alto, aunque el corazón le retumbaba en el pecho como un tambor de guerra.
Caleb apretó los puños. Estaba tan cerca que ella podía sentir el calor que emanaba de su pecho. Su mano subió, vaciló un segundo en el aire y finalmente sus dedos —ásperos, firmes, cargados de una ternura desesperada— rozaron la piel desnuda de su hombro, deslizándose con una lentitud electrizante hacia la base de su cuello.
Victoria contuvo el aliento. El contacto de su piel fue como una quemadura de hielo.
—No me hagas esto, Vic —murmuró él, con los ojos empañados por una súplica que le quebró la voz—. Cancela esa cena. Quédate conmigo esta noche. Tenemos que terminar la chaqueta... tenemos que hablar.
Por un segundo, la tentación de ceder fue tan inmensa que a Victoria le flaquearon las rodillas. Quería arrojar el bolso al suelo, enredarle los dedos en el pelo revuelto y dejarse arrastrar por ese amor maldito y visceral que diez años de soledad no habían logrado extinguir.
Pero en la calle, justo en ese instante, el claxon discreto y elegante de un automóvil rompió el hechizo.
Dos toques suaves. Puntual a las ocho.
El sonido fue un balde de agua helada que le devolvió la cordura. Victoria dio un paso atrás, rompiendo el contacto de su mano con un movimiento seco.
—Llegó mi transporte —dijo con la voz extrañamente firme, acomodándose la solapa del tapado—. Cierra con doble llave cuando te vayas.
Caleb se quedó con la mano suspendida en el aire vacío. Su expresión se transformó en una máscara de piedra, pero en el fondo de sus ojos se abrió un abismo negro, la misma desesperación silenciosa de la noche en que tuvo que firmar su contrato de sumisión en Milán.
—Si cruzas esa puerta con él, Victoria... —advirtió Caleb en un siseo quebrado.
—¿Qué, Caleb? —lo desafió ella desde el umbral de la escalera, mirándolo por encima del hombro con una media sonrisa triste—. ¿Vas a dejarme otra nota de despedida sobre la mesa?
Bajó los escalones sin esperar respuesta.
Afuera, la lluvia caía fina y constante. Un sedán alemán negro, impecable y silencioso, esperaba con las luces bajas encendidas. Julián Larrea ya estaba de pie sobre la vereda, sosteniendo un paraguas amplio de mango de madera sobre la puerta del acompañante para resguardarla del agua.
—Buenas noches, Victoria —saludó Julián. Su mirada gris se iluminó al verla, sonriendo con una admiración genuina, educada y deslumbrada a la vez—. Estás absolutamente maravillosa. El azul te sienta increíble.
—Gracias, Julián —respondió ella, aceptando la mano enguantada que él le ofrecía para ayudarla a subir al vehículo.
Antes de que Julián cerrara la puerta, Victoria alzó la vista por instinto hacia el primer piso del edificio.
En el ventanal industrial del taller, recortado contra la luz amarillenta del interior, estaba la silueta inmóvil de Caleb. Tenía las manos apoyadas contra el vidrio empañado, observando la escena desde la altura como un fantasma atrapado en su propia condena.
El auto arrancó con un murmullo suave, alejándose por la calle Alsina.
La galería de arte en el corazón de Recoleta era un universo diametralmente opuesto al polvo y el vapor del atelier. Techos de seis metros de altura, pisos de mármol blanco impoluto, iluminación cenital calculada y una concurrencia exclusiva que vestía tonos neutros y hablaba en murmullos amortiguados por el champán francés.
Julián fue el anfitrión perfecto. La tomó del brazo con una delicadeza protectora, presentándola a curadores extranjeros, coleccionistas privados y directores de museos no como una modista, sino como «la diseñadora más audaz y refinada de la vanguardia nacional».
Victoria sonreía, agradecía los elogios y respondía con solvencia a las preguntas técnicas sobre el tratamiento de fibras y tejeduría tradicional. La copa de cristal en su mano estaba fría, el vino era exquisito y la mirada de Julián, fija en ella con un afecto que no dejaba de rozar la devoción, le ofrecía un remanso de paz que cualquier mujer sensata habría aceptado sin dudar.
—¿Estás bien? —le preguntó Julián en voz baja, aprovechando un momento en que se quedaron a solas frente a una escultura de telar andino—. Te noto lejos, Victoria. Como si estuvieras escuchando otra música.
Victoria se sobresaltó levemente, forzando una sonrisa.
—Solo estoy cansada, Julián. El certamen exige demasiado.
Julián dio medio paso hacia ella, bajando el tono con esa calidez que a ella siempre la reconfortaba.
—Sabes que no tienes que someterte a las presiones de Vanguardia si no quieres —dijo él, apoyando su mano sobre la de ella en la baranda de la galería—. Mi fundación puede patrocinar tu taller de manera indefinida. Podrías crear tus colecciones sin plazos extorsivos, sin socios impuestos por corporaciones y sin tener que lidiar con tipos como Rinaldi.
Victoria lo miró a los ojos. La oferta era inmensa: libertad financiera absoluta, prestigio sin desgaste, la protección de un hombre noble que la quería de verdad. Era la vida que cualquiera soñaría.
Pero en ese instante, en medio de la pulcritud estéril del mármol y las copas caras, a Victoria le vino a la memoria el olor a carbón y aceite de máquina. Recordó la mano de Caleb rozándole el cuello, la furia de sus ojos dorados, el temblor de su voz suplicándole que no se fuera, y el crujido brutal de la lana cortándose sobre el tablón de pino.
La paz de Julián era un refugio hermoso. Pero era un refugio muerto.
Antes de que pudiera encontrar las palabras para responderle, una voz femenina, estridente y empapada en sarcasmo, resonó a sus espaldas:
—Vaya, qué coincidencia tan encantadora. La modista de barrio codeándose con la alta sociedad mientras su taller se queda sin tela.
Victoria giró la cabeza en seco.
Bianca Ferrero avanzaba hacia ellos con una copa de espumante en la mano, enfundada en un vestido de cóctel de satén rojo sangre y una sonrisa ponzoñosa que le heló la sangre a Victoria en un segundo.