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La Segunda Vida De La Duquesa Olvidada.

La Segunda Vida De La Duquesa Olvidada.

Status: Terminada
Genre:Romance / Matrimonio arreglado / Edad media / Completas
Popularitas:3.4k
Nilai: 5
nombre de autor: SugarBloom

Lady Evelyn Ashbourne murió a los setenta y seis años después de vivir una existencia marcada por las infidelidades de su esposo, la soledad y un amor que nunca recibió. Sin embargo, el destino le concedió una segunda oportunidad: despertó nuevamente a los dieciocho años, conservando todos los recuerdos de su vida anterior.

Esta vez, Evelyn no volverá a cometer los mismos errores. En lugar de elegir al encantador vizconde que destruyó su felicidad, aceptará casarse con Adrian de Blackthorne, el temido duque al que rechazó en su primera vida.

Frío, intimidante y despiadado con sus enemigos, Adrian esconde heridas y secretos que nadie se atreve a descubrir. Su matrimonio comenzará como un acuerdo entre dos familias, pero la convivencia despertará sentimientos que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.

NovelToon tiene autorización de SugarBloom para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La voz detrás de la puerta.

La puerta se abrió un poco más.

Evelyn retrocedió hasta que sus piernas chocaron contra el borde de la mesa. El aire de la biblioteca se había vuelto helado, y las llamas de las velas temblaban como si una corriente invisible recorriera la habitación.

Al otro lado del umbral había una mujer vestida de negro.

Su cabello, antes oscuro según los recuerdos de Evelyn, era ahora completamente blanco. Lo llevaba recogido en un moño bajo, sujeto con una peineta de plata. Su rostro mostraba las líneas delicadas de la edad, y sus ojos conservaban aquella dulzura que Evelyn había creído olvidada para siempre.

Era ella.

No una mujer parecida. No una desconocida que compartía sus rasgos.

Era su abuela materna, Margaret Whitmore.

La mujer que le había enseñado a leer junto a la chimenea. La que le había contado historias sobre mujeres que desafiaban a sus familias para elegir su propio destino. La que había muerto cuando Evelyn tenía apenas diez años.

La mujer cuyo funeral todavía recordaba con una claridad dolorosa.

—Abuela… —susurró.

Margaret sonrió.

—Has crecido mucho, mi niña.

Evelyn se llevó una mano a la boca. Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero no avanzó.

Había deseado volver a ver a muchas personas durante su primera vida. Había imaginado conversaciones con su madre, con su padre, con aquella abuela que le había enseñado a no confundir la obediencia con el amor.

Pero jamás había esperado encontrarla al otro lado de una puerta, tantos años después de su muerte.

Y mucho menos en aquellas circunstancias.

—No puede ser —murmuró—. Tú estás muerta.

La sonrisa de Margaret se desvaneció lentamente.

—Sí, querida. Lo estoy.

La respuesta fue tan serena que Evelyn sintió un escalofrío.

—Entonces, ¿cómo…?

—No todas las preguntas pueden responderse en el umbral de una puerta.

Margaret miró por encima del hombro de Evelyn, hacia la biblioteca.

Sus ojos se detuvieron en el cuaderno abierto sobre la mesa.

—Veo que has encontrado tus palabras.

Evelyn se volvió de golpe.

El cuaderno permanecía donde lo había dejado, pero las páginas estaban abiertas en una sección distinta. En la parte superior, escrita con una letra idéntica a la suya, había una frase que no recordaba haber leído.

«No permitas que la mujer que te dio la vida decida cómo debes vivirla».

Evelyn sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies.

—¿Qué significa esto?

Margaret no respondió.

En cambio, entró en la biblioteca y cerró la puerta tras de sí.

—Debemos hablar antes de que Adrian encuentre la habitación.

—¿Qué habitación?

—La que nunca debió abrirse.

Evelyn la observó con creciente inquietud.

—¿La habitación del ala este?

Por primera vez, algo parecido al miedo cruzó el rostro de su abuela.

—Así que él también te lo ha contado.

—Me dijo que escuchó una voz detrás de una puerta cerrada. Una voz que pronunció mi nombre.

Margaret cerró los ojos.

—Entonces ya ha comenzado.

—¿Qué ha comenzado? ¡Abuela, deja de hablarme como si yo debiera comprender cosas que nadie me ha explicado!

Su propia voz la sorprendió. Durante un instante volvió a sentirse como la muchacha de dieciocho años que había despertado después de una vida entera de decepciones: asustada, furiosa y cansada de que los demás decidieran cuánto podía saber.

Margaret la miró con una ternura que hizo que Evelyn se arrepintiera inmediatamente de haber levantado la voz.

—Tienes razón, querida.

Se acercó a ella.

—Te he fallado una vez. No permitiré que vuelva a suceder.

Evelyn no pudo contenerse más.

Cruzó la distancia que las separaba y abrazó a su abuela.

El cuerpo de Margaret estaba frío, demasiado frío, pero sus brazos la rodearon con una familiaridad que hizo desaparecer durante unos segundos todas las dudas.

Evelyn cerró los ojos y lloró contra su hombro.

Lloró por la niña que había sido. Por la anciana que había llegado a convertirse en su primera vida. Por los años en que había deseado escuchar aquella voz y no había tenido a nadie a quien pedirle que regresara.

—Te extrañé —susurró—. Te extrañé durante toda mi vida.

Margaret le acarició el cabello.

—Lo sé, mi niña.

—No sabes cuánto deseé volver a verte.

—Sí lo sé.

Evelyn se apartó lentamente.

—¿Cómo?

Margaret le sostuvo la mirada.

—Porque yo también te esperé.

El silencio se extendió entre ambas.

Y, de pronto, Evelyn recordó la advertencia escrita en su cuaderno.

Cuando escuches la voz de alguien que ya ha muerto, no abras la puerta. No importa cuánto la hayas amado.

Se apartó un paso.

Margaret lo notó.

—¿Qué ocurre?

Evelyn miró la puerta cerrada.

—No sé si eres realmente mi abuela.

El dolor que apareció en el rostro de Margaret fue tan convincente que Evelyn sintió una punzada de culpa.

—Comprendo —respondió la mujer—. Después de todo lo que has vivido, no puedes confiar en nadie.

—No es eso.

—Entonces, ¿qué es?

Evelyn respiró profundamente.

—Tengo recuerdos de dos vidas. He recibido cartas escritas con mi propia letra que no recuerdo haber escrito. Alguien ha anunciado la muerte de Adrian antes de que suceda. Y ahora apareces tú, una mujer que lleva años enterrada, como si el tiempo no significara nada.

Le temblaban las manos.

—Si realmente eres mi abuela, dime algo que nadie más pueda saber.

Margaret permaneció en silencio.

Después, muy despacio, levantó una mano y tocó la pequeña cicatriz que Evelyn tenía junto a la muñeca izquierda.

—Te la hiciste cuando tenías siete años —dijo—. Intentaste trepar al manzano del jardín para demostrarle a tu hermano que podías alcanzar las ramas más altas. Te caíste y te negaste a llorar delante de él.

Evelyn dejó de respirar.

Era cierto.

Nadie había hablado de aquel accidente durante años. Su hermano ni siquiera recordaba los detalles.

Margaret continuó:

—Aquella noche viniste a mi habitación y me preguntaste si las niñas podían ser valientes sin dejar de tener miedo. Te dije que el valor no consistía en no temblar, sino en decidir qué cosas merecían que temblaras por ellas.

Evelyn sintió que las lágrimas volvían a llenar sus ojos.

—Abuela…

—Y cuando te fuiste a dormir, me pediste que nunca permitiera que nadie te obligara a casarte con un hombre al que no amaras.

Margaret le tomó las manos.

—Eso también lo recuerdo, Evelyn.

No había duda.

Era su abuela.

O, al menos, algo que conocía cada detalle de la mujer que había amado.

Pero eso no significaba que pudiera confiar en ella.

—¿Por qué estás aquí? —preguntó finalmente.

La ternura desapareció del rostro de Margaret.

—Porque mañana por la noche acudirás a la mansión Langford.

Evelyn sintió que el estómago se le contraía.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque esa invitación no fue escrita para Adrian.

Margaret hizo una pausa.

—Fue escrita para ti.

Un ruido resonó en el corredor.

Pasos apresurados.

Evelyn se volvió hacia la puerta.

—¿Quién viene?

Margaret miró hacia la ventana.

—No tenemos tiempo.

—¡Espera! No puedes aparecer después de tantos años y marcharte sin explicarme nada.

—Puedo, si quiero mantenerte con vida.

La mujer se acercó a la mesa y tomó el cuaderno.

Evelyn intentó detenerla.

—¡No lo toques!

Margaret se quedó inmóvil.

Por un instante, sus ojos adquirieron una dureza que Evelyn nunca había visto en ella.

—¿Sabes por qué recibiste una segunda oportunidad?

Evelyn sintió que la pregunta le atravesaba el pecho.

—No.

—Porque cometiste un error.

—Lo sé. Elegí mal a mi primer esposo.

—No, querida.

Margaret negó lentamente con la cabeza.

—Ese no fue tu error.

Evelyn se quedó paralizada.

—Entonces, ¿cuál fue?

Su abuela la miró con una tristeza profunda.

—Creer que una vida puede medirse por la cantidad de años que dura, y no por las decisiones que tomas mientras la estás viviendo.

Evelyn no respondió.

—Pasaste décadas esperando que alguien te eligiera —continuó Margaret—. Esperaste que tu esposo te amara, que tus familiares comprendieran tus sacrificios, que el mundo te recompensara por ser paciente. Y cuando finalmente moriste, pediste una oportunidad para elegir de otra manera.

—¿Cómo sabes lo que pedí?

Margaret bajó la mirada.

—Porque escuché tu última oración.

Evelyn sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Había muerto sola, en una habitación silenciosa, con las manos frías y el cuerpo agotado. Recordaba la tristeza, el cansancio y aquella última súplica que había dirigido a nadie en particular.

Si pudiera volver, no volvería a vivir por miedo.

Nunca se lo había contado a nadie.

Ni siquiera en su segunda vida.

—¿Estuviste allí? —preguntó con un hilo de voz.

Margaret asintió.

—No como ahora. Pero sí.

Evelyn se llevó una mano al pecho.

—Entonces, ¿fuiste tú quien me devolvió la vida?

—No.

La respuesta fue inmediata.

—Yo no tengo ese poder.

Margaret volvió a mirar el cuaderno.

—Solo fui una de las personas que intentó evitar que tu segunda oportunidad terminara antes de tiempo.

—¿Quién me la concedió?

Su abuela abrió la boca para responder.

Pero antes de que pudiera pronunciar una palabra, la puerta de la biblioteca se abrió de golpe.

Adrian apareció en el umbral, acompañado por el capitán Harrington.

Llevaba el rostro pálido y el brazo herido sujeto contra el cuerpo. Al ver a Evelyn, la preocupación que había endurecido sus facciones pareció aliviarse.

—Evelyn, ¿qué estás haciendo aquí a estas horas?

Ella se volvió hacia su abuela.

Margaret había retrocedido hacia la ventana.

—Adrian, espera. Quiero presentarte a alguien.

El duque siguió su mirada.

Por un instante, sus ojos se encontraron con los de la mujer vestida de negro.

Y toda expresión desapareció de su rostro.

No pareció sorprendido.

Pareció reconocerla.

—Usted —murmuró.

Evelyn se volvió hacia él.

—¿La conoces?

Adrian no respondió.

Margaret observó al duque con una tristeza que parecía antigua.

—Has crecido, Adrian.

Él dio un paso hacia ella.

—No es posible.

—Eso mismo dijiste la última vez.

Adrian apretó la mandíbula.

—Usted murió.

—Sí.

Evelyn miró a uno y a otro, incapaz de comprender.

—¿Qué está pasando? ¿Por qué os conocéis?

Adrian levantó lentamente la mano sana y señaló a la mujer.

—Porque no es la primera vez que la veo.

Su voz se volvió más grave.

—La vi junto a la cama de mi madre la noche en que murió.

Evelyn sintió que el aire desaparecía de la habitación.

Margaret cerró los ojos.

—Entonces los recuerdos han comenzado a regresar.

—¿Qué hizo usted aquella noche? —preguntó Adrian.

Por primera vez, la mujer pareció verdaderamente asustada.

—No fue lo que crees.

—¡Mi madre murió mientras usted estaba allí!

—¡Y yo intenté salvarla!

El grito resonó por toda la biblioteca.

El capitán Harrington llevó instintivamente una mano a la empuñadura de su espada.

Evelyn se interpuso entre Adrian y Margaret.

—¡Basta! Ninguno de los dos va a responder a nada si seguimos gritándonos.

Adrian la miró, respirando con dificultad.

Margaret bajó la cabeza.

—Tu madre me pidió que te protegiera —dijo finalmente—. Y fracasé.

El duque permaneció inmóvil.

—¿De qué tenía que protegerme?

La mujer levantó los ojos.

—De la verdad sobre tu nacimiento.

La frase cayó sobre la habitación como un rayo.

Adrian se quedó completamente inmóvil.

Evelyn sintió que su mano buscaba la de él, pero el duque no pareció advertirlo.

—Repita eso —ordenó.

Margaret lo miró con una mezcla de compasión y temor.

—Tu madre no era la única persona que guardaba secretos en aquella casa.

—Mi padre era mi padre.

—Sí, Adrian. Lord Blackthorne te crio como a su hijo, te amó como a su hijo y te reconoció como su heredero.

—Eso no es lo que le he preguntado.

Margaret respiró profundamente.

—La noche en que Eleanor murió, no fue la primera vez que alguien intentó acabar con su vida. Durante años, hubo personas que quisieron impedir que revelara la verdad. Tu padre lo sabía. Y cuando finalmente comprendió lo que estaba ocurriendo, tomó una decisión que cambió el destino de tres familias.

—¿Qué decisión?

—Te eligió a ti.

Adrian soltó una risa amarga.

—¿Me eligió? ¿Por encima de mi madre?

—Intentó salvaros a los dos.

—¡Mi madre murió sola!

La voz del duque se quebró en la última palabra.

Evelyn sintió que se le partía el corazón.

Margaret bajó la mirada.

—No estuvo sola.

Adrian palideció.

—¿Qué?

—Estuve con ella. Tu padre también. Y había otra persona en la habitación cuando dejó de respirar.

El duque se quedó sin palabras.

—¿Quién? —preguntó Evelyn.

Margaret la miró.

Y en aquel instante, Evelyn supo que la respuesta no sería sencilla.

—Thomas Ashbourne —dijo la mujer.

El nombre de su abuelo pareció llenar toda la biblioteca.

Evelyn retrocedió un paso.

—Mi abuelo murió convencido de que la familia Blackthorne había sufrido una tragedia. Nunca me dijo que hubiera estado allí.

—Porque le hicieron prometer que guardaría silencio.

—¿Quiénes?

Margaret no respondió.

Adrian dio un paso hacia ella, pero el dolor del hombro lo obligó a detenerse.

—¿Mi madre fue asesinada?

La mujer cerró los ojos.

—No puedo responderte eso todavía.

—¿Todavía?

—Hay cosas que debes recordar por ti mismo. Si te las cuento ahora, podrías repetir el error que cometiste la primera vez.

Evelyn sintió un escalofrío.

—¿Qué error?

Margaret la miró con una expresión casi suplicante.

—Elegir el sacrificio antes de conocer la verdad.

Adrian dio un paso más.

—Estoy cansado de que todos me digan que debo recordar algo que no comprendo. Estoy cansado de cartas, advertencias y personas que aparecen después de haber muerto. Si conoce la verdad, dígamela.

Margaret permaneció en silencio.

Entonces el capitán Harrington se acercó a la ventana.

—Mi señor…

Todos se volvieron.

En el jardín oriental, una figura caminaba lentamente entre los árboles.

Vestía un abrigo oscuro y llevaba un sombrero bajo, ocultándole el rostro. Se detuvo frente a la ventana de la biblioteca y levantó la cabeza.

En su mano sostenía un retrato.

El capitán desenvainó la espada.

—¡Guardias!

La figura sonrió.

Evelyn lo vio con claridad.

Era un hombre joven, de cabello oscuro y ojos grises.

Tenía el rostro de Adrian.

No se parecía a él.

Era idéntico.

La única diferencia era una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda.

La misma cicatriz que aparecía en el dibujo del cuaderno de Evelyn.

Adrian se quedó sin color.

—No…

El desconocido levantó el retrato para que todos pudieran verlo.

En él aparecían Evelyn y Adrian vestidos con ropas antiguas, de pie frente a una iglesia. Ella llevaba un vestido de novia oscuro. Él tenía una mano apoyada sobre su cintura.

Pero no sonreían.

Ambos miraban hacia el frente con la expresión de quienes saben que están a punto de despedirse.

En la parte inferior del retrato aparecía una fecha.

11 de noviembre de 1816.

Evelyn sintió que las rodillas le fallaban.

Aquella fecha era imposible.

No solo porque pertenecía a un tiempo anterior al nacimiento de Adrian.

Sino porque, debajo de ella, alguien había escrito una frase.

«La primera boda terminó con la muerte de la novia. La segunda terminará con la muerte del novio».

Adrian se acercó a la ventana.

El desconocido levantó la mirada y pronunció unas palabras que Evelyn no pudo escuchar desde el interior.

Sin embargo, Adrian sí las oyó.

Su rostro se transformó.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Evelyn.

El duque no apartó los ojos de la figura.

—Ha dicho que ya me mató una vez.

El desconocido inclinó la cabeza, como si confirmara sus palabras.

Después se llevó una mano a la ceja izquierda.

Y desapareció entre los árboles.

Los guardias registraron el jardín, los establos y los caminos que conducían a la propiedad.

No encontraron huellas que permitieran seguir al desconocido.

El retrato también había desaparecido.

Pero Adrian no volvió a hablar durante el resto de la mañana.

Se encerró en sus aposentos y ordenó que nadie entrara, ni siquiera el médico. Evelyn permaneció frente a su puerta durante casi una hora antes de decidir que no permitiría que el silencio volviera a separarlos.

Llamó una vez.

—Adrian, soy yo.

No hubo respuesta.

Volvió a llamar.

—No voy a marcharme.

Esta vez escuchó pasos.

La puerta se abrió.

Adrian tenía el rostro agotado y los ojos enrojecidos. Parecía haber envejecido varios años en unas pocas horas.

Evelyn entró sin esperar una invitación.

—¿Qué recuerdas? —preguntó suavemente.

Él cerró la puerta.

—No lo sé.

—Adrian…

—Recuerdo una iglesia. Recuerdo una mujer vestida de blanco. Recuerdo que estaba lloviendo y que alguien gritaba mi nombre.

Se llevó una mano a la cabeza.

—Y recuerdo que tenía sangre en las manos.

Evelyn sintió que el corazón se le detenía.

—¿De quién?

Adrian negó lentamente.

—No lo sé.

Se sentó en el borde de la cama.

—Hay imágenes que aparecen durante un instante y desaparecen antes de que pueda comprenderlas. Un pasillo. Una habitación llena de velas. Una voz que me pide que no abra una puerta.

Levantó la mirada hacia ella.

—Y tú.

Evelyn dejó de respirar.

—¿Yo?

—Estabas allí. Llevabas un vestido oscuro y me mirabas como si me odiaras.

Las palabras le dolieron más de lo que esperaba.

Adrian lo notó inmediatamente.

—No sé si fue un recuerdo real o una imagen provocada por el retrato.

Evelyn se acercó y se sentó junto a él.

—No tienes que resolverlo todo hoy.

—¿Y si el desconocido tiene razón? ¿Y si ya te he perdido una vez?

Ella le tomó la mano.

—Entonces esta vez no repetiremos el mismo final.

Adrian la miró con una tristeza profunda.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

Evelyn pensó en la mujer que había sido durante setenta y seis años. En la vida que había desperdiciado esperando que otras personas decidieran por ella. En la oportunidad que había recibido sin comprender todavía su precio.

—No estoy segura —admitió—. Tengo miedo. No sé quién está detrás de todo esto ni por qué nuestras familias están unidas por secretos que parecen atravesar el tiempo. Pero sé que no quiero vivir esta vida intentando evitar cada posible desgracia. Quiero vivirla de verdad.

Adrian bajó los ojos hacia sus manos entrelazadas.

—¿Y si vivirla significa perderte?

Evelyn le acarició la mejilla.

—Entonces tendremos que aprender a elegirnos sin dejar que el miedo tome las decisiones por nosotros.

Él cerró los ojos y apoyó la frente contra la de ella.

Durante unos segundos, permanecieron así, en silencio.

Evelyn podía sentir el calor de su piel, su respiración irregular y la tensión de los músculos de su mandíbula. Era real. Estaba allí.

Y, por el momento, eso bastaba.

—Hay algo que no te he dicho —murmuró Adrian.

Evelyn se apartó apenas.

—¿Qué?

Él abrió los ojos.

—Cuando vi a ese hombre en el jardín, no solo lo reconocí.

Su voz se volvió un susurro.

—Recordé su muerte.

Evelyn sintió un escalofrío.

—¿Qué quieres decir?

Adrian miró hacia la ventana.

—Lo vi morir con mis propios ojos.

Hizo una pausa.

—Porque ese hombre era yo.

Aquella noche, mientras Blackthorne permanecía sumido en el silencio, Margaret Whitmore caminó sola por el corredor del ala este.

La puerta prohibida seguía cerrada.

La mujer sacó una llave de plata de entre los pliegues de su vestido y la introdujo en la cerradura.

Antes de abrir, apoyó la frente contra la madera.

—Lo siento, Eleanor —susurró—. Ya no puedo impedir que recuerden.

La puerta se abrió sin hacer ruido.

Dentro había un retrato cubierto por una tela negra.

Margaret avanzó hasta él y retiró el paño.

La pintura mostraba a una joven Evelyn y a Adrian vestidos para una boda. La fecha al pie era la misma que aparecía en el retrato del jardín: 11 de noviembre de 1816.

Pero esta vez había algo diferente.

La Evelyn pintada sostenía una pequeña daga.

Y la punta de la hoja descansaba sobre el pecho de Adrian.

Margaret cerró los ojos.

—Que Dios nos perdone a todos.

Detrás de ella, una voz masculina respondió:

—Dios ya nos perdonó una vez.

Margaret se volvió de golpe.

El hombre de la cicatriz estaba de pie junto a la puerta.

Sonreía.

—Esta vez —continuó él—, tendremos que hacerlo nosotros.

_____________🌸

1
Dayana Fuchs
👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀

Que abra pasado???

Quede en suspenso.

😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳
Dayana Fuchs
🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯
Oooooooo por Diosssssssssssssssssss.

Esto está buenísimo cada capítulo es excelente.

En 1 momento si imagine que el otro Adrián era su hermano gemelo.

Me super encanta todos esos secretos que pico a poco van saliendo a la luz.
Dayana Fuchs
👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀

Oooooooo cielos.

En esa casa aparecen y desaparecen los muertos como si de vivos se tratara y en los momentos más oportunos.

😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳

Me encanta la Historia

👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌
Dayana Fuchs
Me super, encanta esta novela, me tiene en constante suspenso y eso me fascina.

🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣

Me volví masoquista.

😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
🌸SugarBloom🌸: Amo que te encante gracias por leerla😊😊
total 1 replies
Dayana Fuchs
😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮
Oooooooo, vaya, hasta a mi me picó la super curiosidad por saber que ahy detrás se esa puerta.

👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀
Dayana Fuchs
Me parece super interesante la personalidad del Duque.

😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊
Dayana Fuchs
🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣

Me encanta Margaret,.

😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
Anonimus✨
Aaah que interesante😊
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