Sin spoiled
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Capitulo 14
La victoria sobre el Inspector Valerius me dejó un sabor a ceniza en la boca. Me quedé solo en el centro de control, rodeado por el zumbido de las máquinas que ahora me obedecían, pero el silencio en la mansión se sentía como una emboscada. Había chantajeado al Estado, sí, pero en este mundo de espejos, cada movimiento que haces para liberarte de una cuerda solo sirve para tensar otra.
Estaba a punto de retirarme a mis aposentos cuando una notificación roja, pequeña y persistente, empezó a parpadear en el monitor principal. No era una alerta de seguridad, ni un informe de "La Médula". El sistema lo identificaba como un "Archivo de Evento Post-Auditoría".
Maximilian lo había planeado todo. El viejo zorro sabía que, tras su muerte, el Ministerio vendría a olfatear, y solo después de que el intruso —yo— lograra repelerlos, se revelaría la última pieza del rompecabezas.
Pulsé el comando. La pantalla principal se oscureció y luego apareció la imagen de Maximilian. No estaba en su biblioteca ni en su despacho. Estaba sentado en una habitación blanca, aséptica, con una bata de seda roja que parecía una mancha de sangre sobre un quirófano. Se veía cansado, pero sus ojos conservaban ese brillo de divinidad malévola.
—Si estás viendo esto, Julian —empezó su voz, grabada con una claridad que me hizo mirar hacia atrás—, significa que has sobrevivido a Valerius. Significa que has comprendido que el poder no es el dinero, sino el secreto. Y que has aceptado que, para gobernar, hay que estar dispuesto a ser el monstruo bajo la cama de la nación.
Hizo una pausa para beber algo de un vaso de cristal. Sus manos temblaban ligeramente en la grabación.
—Me preguntaste por qué te elegí —continuó—. Pensaste que era por tu arrogancia en la puerta, o por tu utilidad como ejecutor. Pero la verdad es más profunda, Julian. Te elegí porque eres un hombre sin raíces, un espacio vacío que yo podía llenar. Y porque necesitaba a alguien que no estuviera contaminado por la sangre de los Vesper-Zandrón para hacer lo que hay que hacer con Araxie.
Mi pulso se aceleró. El nombre de Araxie sonó en su boca no con afecto, sino con la frialdad de un ingeniero hablando de una pieza defectuosa.
—Araxie cree que es mi hija. El mundo cree que es mi heredera. Pero Araxie es el "Sujeto 0" de La Médula. Hace veinticinco años, mi esposa no pudo concebir. Usamos la tecnología embrionaria de los laboratorios de La Médula para crear algo... superior. Ella no nació, Julian. Fue sintetizada. Su ADN está entrelazado con la red neuronal que ahora controlas. Ella es el hardware; el sistema es su mente expandida.
Me aferré a los bordes de la mesa. La revelación me golpeó con la fuerza de un camión. La ambición de Araxie, su frialdad, su conexión casi instintiva con la red... todo cobraba un sentido aterrador.
—Pero el diseño fue imperfecto —la voz de Maximilian se volvió un susurro—. La ambición fue un efecto secundario que no pudimos prever. Ella no quiere heredar el imperio; quiere ser el imperio. Y si ella toma el control total, si logra fusionar su conciencia con el servidor central, dejará de ser humana para convertirse en un virus que consumirá todo lo que hemos construido.
La imagen de Maximilian cambió. En la pantalla aparecieron diagramas biométricos de Araxie, flujos de datos que mostraban una actividad cerebral que desafiaba cualquier norma biológica.
—Por eso te traje, Elías Solo. Necesitaba a un hombre que supiera lo que es el barro para que no tuviera miedo de ensuciarse las manos. En el servidor central, bajo el protocolo "Terminus", hay una frecuencia de desconexión. Es un interruptor de apagado biológico. Si Araxie intenta sublevarse, si intenta usar La Médula para sus propios fines... debes usarlo.
—¿Matarla? —pregunté a la pantalla, como si él pudiera oírme.
—No es matarla, Julian. Es apagarla. Es devolver la red a su estado puro y eliminar la anomalía. Ella ha escapado, lo sé. Su instinto la llevará a los nodos más bajos, a buscar aliados entre la basura que tú conoces bien. Pero ella siempre estará conectada a ti a través de La Médula. Tú eres su ancla y su verdugo.
El video se detuvo en un fotograma de Maximilian mirándome fijamente, con una expresión que era a la vez una súplica y una orden. El archivo se auto-eliminó un segundo después, dejando la pantalla en un negro absoluto.
Me quedé allí, en la penumbra, sintiendo cómo el mundo que creía haber conquistado se desmoronaba de nuevo. No era el heredero de un imperio; era el guardián de una prisión biológica. Y la mujer que había estado en mi cama, la que me había transformado, no era más que un experimento fuera de control que ahora me odiaba con una intensidad inhumana.
En ese momento, el sistema detectó una intrusión. No era el Ministerio.
En una de las cámaras periféricas, en el sector de los muelles que conectaba con La Médula, vi dos figuras moviéndose entre las sombras. Una era elegante, incluso con la ropa sucia y el cabello desaliñado: Araxie. La otra era una mole de músculos y cicatrices que reconocería en cualquier lugar: Don Manuel.
Araxie no había ido a esconderse. Había ido a buscar el músculo que le faltaba. Había ido a buscar al hombre que me conocía mejor que nadie, al hombre que todavía tenía mi verdadera identidad guardada en un cajón lleno de deudas de sangre.
Me senté en el sillón de Maximilian y activé el protocolo "Terminus". El código apareció en la pantalla, esperando una sola confirmación mía para enviar el pulso que detendría el corazón sintético de Araxie Vesper-Zandrón.
Pero recordé su mirada en el túnel. Recordé el jazmín metálico de su perfume. Ella era un monstruo, sí, pero era un monstruo creado por el hombre que me estaba dando la orden desde la tumba.
—Todavía no —susurré para mí mismo.
Cerré el sistema y me puse de pie. Julian Vane tenía que asistir a la lectura pública del testamento, pero Elías Solo tenía que prepararse para una guerra que no se libraría con servidores, sino con cuchillos y recuerdos. La Médula me daba el poder de un dios, pero Manuel y Araxie tenían algo que yo había perdido en el camino: una razón para odiarme sin fisuras.
Salí de la sala de control, pero esta vez no miré mi reflejo en los espejos de mármol. Sabía que lo que vería no sería a un hombre, sino a una pieza más del engranaje sangriento de Maximilian. Y el testamento de sangre apenas estaba empezando a cobrarse sus primeras cuotas.
El final se acerca…