Valeria Salcedo, arquitecta de cuarenta años, cree tener todo bajo control. Hasta que un joven diseñador la empapa de café en su primer día de trabajo y, sin saberlo, le desordena la vida.
Héctor Mora, veinticinco, es ingenioso, un foco del desastre y peligrosamente encantador: justo el tipo de caos que Valeria evita desde hace años.
Entre proyectos, pullas y risas, lo que empezó como un accidente se convierte en una atracción que ninguno logra disimular.
Ella teme ser un cliché; él insiste en que el amor no entiende de edades, solo de ganas y afinidad.
HISTORIA DE 23 CAPÍTULOS. GRACIAS POR LEER.
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CAPÍTULO 12
El lunes amaneció con esa luz gris que augura tráfico, cafés fríos y correos urgentes.
Valeria se había prometido comportarse como si nada hubiera pasado.
Lo logró durante exactamente tres minutos.
Porque apenas cruzó la puerta del edificio, lo vio. Héctor, apoyado en la recepción, hablando con la asistente y sonriendo de esa manera que desarma hasta las políticas de recursos humanos.
Su sonrisa, pensó, debería venir con advertencia de riesgo emocional.
—Buenos días, jefa —la saludó él, casual, sin rastro de lo que había pasado el fin de semana.
—Buenos días —respondió ella, con tono neutro, aunque su voz sonó una octava más alta.
Carolina, la asistente más curiosa del planeta, no tardó ni cinco minutos, al notar esa interrelación distinta, el nerviosismo en Valeria y el cambio en el guardarropa por algo menos estático.
—¿Perfume nuevo, Val? —preguntó con picardía—. ¿Cita el fin de semana?
—Limpieza de horno —respondió Valeria sin despegar la vista del monitor.
—Ah, el horno —intervino Héctor, sonriendo—. Hay que saber usarlo.
Valeria casi se atraganta con el café.
—¿Perdón? —dijo Valeria, abriendo los ojos como platos.
—Limpiarlo, digo —rectificó él, muy serio.
Carolina los miró, divertida.
—¿Me perdí de algo?
—De nada —dijeron los dos al mismo tiempo.
Hubo silencio. De esos que huelen a rumor.
El resto del día fue una especie de tortura elegante.
Cada vez que Héctor se acercaba a revisar un plano, Valeria contenía el aire. Cada vez que él se inclinaba, el olor de su loción la ponía completamente nerviosa.
Él disimuló una sonrisa.
Ella fingió revisar su celular.
Todo iba bien hasta que Mónica, la compañera más entrometida del área, pasó junto a ellos con una sonrisa que mezclaba curiosidad.
—Otra vez ustedes dos tan cronometrados. ¿Trabajo pendiente o afinando detalles del proyecto? —preguntó, subrayando “afinando detalles” con un guiño.
Valeria arqueó una ceja.
—Trabajo pendiente, Mónica. El que tú también tienes, creo.
—Claro, claro. —La mujer se alejó, pero no sin lanzar una mirada de complicidad hacia Héctor—. Me encanta ver equipos tan coordinados.
Él contuvo la risa hasta que Mónica desapareció por el pasillo.
—Creo que ya sospechan —dijo él.
—No hay nada que sospechar —respondió Valeria con firmeza.
—Tienes razón —asintió él, con ese tono que la irritaba y divertía a partes iguales—. No hay nada que sospechar todavía.
Valeria lo fulminó con la mirada, pero el rubor la traicionó.
A media mañana, los murmullos ya eran tema de pasillo.
“Que si Héctor la acompaña hasta el estacionamiento.”
“Que si se quedaron hasta tarde el viernes.”
“Que si hay química.”
—Qué manera de inventar cosas —dijo Valeria, cuando su amiga Paula (de contabilidad) le llevó un café y una sonrisa traviesa.
—Bueno, no todo lo que inventan es mentira —replicó Paula con tono de novela mexicana.
—Paula.
—Solo digo… te ves más relajada. Más luminosa. —Hizo una pausa significativa—. Como alguien que durmió bien el fin de semana.
Valeria casi se atraganta.
—¡Por favor!
Pero Paula ya se estaba alejando, riéndose como si supiera demasiado.
Por la tarde, Héctor entró a su oficina con unos documentos en la mano.
—Necesito tu firma, jefa.
Ella levantó la vista.
—¿Y también necesitas mirarme así mientras tanto?
Él se encogió de hombros.
—No puedo evitarlo. Estoy en fase de observación intensiva.
Valeria suspiró.
—Sabes que esto podría darnos problemas, ¿verdad?
—Solo si alguien lo confirma —dijo él, y bajó la voz—. Y yo no pienso decir nada, a menos que quieras, sé que aunque yo lo quiera gritar a todos, tú aún tienes dudas y miedos, espero que desaparezcan, no combinan contigo.
Hubo un silencio denso, y por un momento, la oficina pareció demasiado pequeña.
Ella se aclaró la garganta, buscando recuperar su tono profesional.
—Firma y sal de aquí antes de que alguien piense que estamos planeando otra apuesta.
—¿Y si lo estamos? —preguntó él, acercándose un poco más.
Valeria levantó la vista.
—¿Cuál sería esta vez?
—Que si logro hacerte reír tres veces antes del viernes, me das otra cena, pero en tu casa.
—¿Y si no lo logras?
—Entonces te invito a la mía.
Valeria negó, conteniendo la sonrisa.
—Estás imposible.
—Y tú no te ayudas —replicó él, dejando los papeles y saliendo antes de que ella pudiera responder.
Cuando la puerta se cerró, Valeria exhaló.
El rumor podía crecer todo lo que quisiera; lo que nadie sabía era que el verdadero peligro no eran las habladurías.
Era él. Y lo mucho que ya empezaba a importarle.