Keily siempre pensó que su vida sería tranquila: libros, estudios y pasar desapercibida. Lo último que esperaba era verse comprometida con Gastón Moretti, el capitán del equipo de básquetbol de la universidad… y también el chico que más la había molestado en el pasado.
Entre compromisos familiares, apariencias que mantener y la presión de una relación inesperada, ambos descubrirán que este acuerdo no será tan sencillo como parecía.
¿Podrán sobrevivir a la farsa sin que el corazón se les escape de las manos?
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Capítulo 11: Los rumores y las miradas
Keily
No hay nada más agotador que entrar a la universidad y sentir que todo el mundo te observa. Sé que exagero, pero desde que Gastón y yo aparecimos juntos en la cafetería aquella vez, parece que llevamos un cartel luminoso sobre la cabeza que dice: “Miren, la nerd y el capitán del equipo.”
Algunos se ríen, otros solo cuchichean. Yo intento hacerme la indiferente, clavar la vista en mis apuntes o en cualquier grieta del piso. Gastón, en cambio, camina con esa seguridad casi insoportable que tiene, como si todo estuviera bajo control.
Hoy, apenas cruzamos la puerta del aula, escuché un murmullo detrás de mí:
—Seguro que está con ella porque es un reto —dijo una voz femenina, una de esas chicas que siempre parecen estar listas para un concurso de belleza.
No tuve que girar para saber que hablaban de mí. Mi cuerpo se tensó, y de pronto me dieron ganas de desaparecer bajo la mesa.
—O porque quiere hacer obra de caridad —agregó otra, y sus risas me atravesaron como agujas.
Yo ya estaba tragando saliva, buscando un asiento al fondo, cuando la voz de Gastón retumbó sin titubear:
—¿Saben qué es lo peor de ustedes? —se giró hacia ellas, y todos alrededor se quedaron en silencio—. Que piensan que tener la boca grande les da derecho a meterse en la vida de los demás.
Las dos se quedaron petrificadas. Una carraspeó, como si quisiera responder, pero Gastón ya había seguido su camino hacia mí.
Yo no podía creerlo. Él, el mismo que hacía un año atrás se reía cuando alguien decía que “la gordita de la clase seguro sabía todas las respuestas”. El mismo que alguna vez me lanzó miradas sobradoras en los pasillos.
Y ahora… ahora me defendía.
—Oye —susurré, mientras él se sentaba a mi lado como si nada hubiera pasado—. No hacía falta que dijeras eso.
—Claro que hacía falta —respondió con una calma tan irritante como reconfortante—. No voy a dejar que te falten el respeto delante de mí.
Me mordí el labio, confundida. No sabía qué me incomodaba más: que todos nos estuvieran mirando como si fuéramos una serie de Netflix, o la sensación cálida en mi pecho al escuchar esas palabras.
Durante la clase intenté concentrarme en el profesor, pero la verdad es que estaba demasiado consciente de la forma en que Gastón me pasaba hojas de apuntes, o de cómo su brazo rozaba el mío de vez en cuando. Cada pequeño gesto parecía un recordatorio de que, aunque no éramos oficialmente nada, algo entre nosotros estaba cambiando.
Cuando salimos, un par de compañeros se acercaron con sonrisas curiosas.
—¿Así que son pareja ahora? —preguntó uno, medio en broma.
Yo abrí la boca para negar, pero Gastón se me adelantó con una sonrisa ladeada.
—Algo así.
La risa general estalló, y yo sentí que me ardían las mejillas. Quise protestar, decir que no era cierto, pero de alguna forma… tampoco quería aclararlo del todo.
—Genial —dijo otro chico—. Nunca pensamos que veríamos al imbatible Gastón tan… domesticado.
Todos rieron otra vez, y yo traté de tomarlo con humor, aunque por dentro una vocecita insistía: ¿qué va a pasar cuando se canse de esta “broma”?
Más tarde, en la biblioteca, cuando al fin pudimos estar a solas, no me aguanté.
—No entiendo por qué haces esto.
—¿Esto? —repitió él, levantando la vista de un libro de anatomía.
—Defenderme. Fingir que somos algo. Soportar las burlas de tus amigos…
Él me miró con seriedad, algo que no era común en Gastón.
—Porque estoy harto de que te veas como alguien a quien tienen derecho de humillar. No lo eres. Y porque… —hizo una pausa, bajando la voz— porque estar contigo me importa más de lo que pensaba.
Sentí un cosquilleo en la piel, como si todas las palabras que alguna vez me hirieron se deshicieran lentamente.
Me quedé en silencio, observándolo. Y pensé en la ironía: el chico que antes alimentaba mis inseguridades era ahora quien más se empeñaba en hacerlas desaparecer.
No sé si estaba lista para creerle del todo, pero en ese instante, por primera vez en mucho tiempo, no me sentí tan sola.