Séptimo libro de la saga colores.
Lord Leandro Mercier ha regresado a la sociedad aristócrata después de muchos años desaparecido, nadie lo reconocerá, ya no es el joven gordito que era objeto de mofas en las celebraciones, ahora es el soltero codiciado de la capital de Floris, pero el destino lo pondrá frente a una ladrona que intentará robarle todo, sin esperarlo, también su tesoro más preciado, su corazón.
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12. Salvada por la campana
...MAUDE:...
Creí escuchar mal, pero mi corazón se desbocó, acelerándose más y más.
Solté la tijera y tomé una postura erguida, Lord Leandro Mercier seguía cerca de mí, mi brazos se rozó contra su pecho firme y toda mi piel se concentró en el calor, el perfume y la presencia masculina de un hombre que con una frase hizo un revoltijo de sensaciones en mí.
Esto estaba mal, el lord me deseaba tal como había dicho mi hermano y lo que me molestaba era ser objeto de alivio y placer, solo por unas horas, días o meses. No importaba cuanto tiempo pasase, yo no me quedaría a lado de ningún noble, porque nací siendo pobre y con rasgos descartables, no había lugar para mí entre paredes de mansiones, ni celebraciones o banquetes.
Robar estaba mal, pero desde que tenía uso de razón todos cerraban puertas en mi rostro y si ellos me trataron así, yo tenía derecho a quitarles parte de lo siempre habían usado para pisotear.
— ¿Por qué se queda muda? — Susurró cerca de mí, su aliento cálido acarició mi cuello — Usted y yo somos adultos, considerando que tiene experiencia, no debería permanecer tan callada ante mi propuesta.
No debí entrar a ese club, tampoco presentarme como cortesana. El lord se atrevía a tratarme así debido a mi falsa reputación de mujerzuela.
— Accedí a quedarme solo para trabajar en el vestido — Corté, intentando permanecer serena, incluso tuve el valor de encararlo.
Gran error, se veía tan candente con el cabello despeinado, esa camisa holgada para dormir, por primera vez estaba temblando de los nervios ante un hombre, intentaba esconderlo, pero hasta mi respiración parecía hacer eco en las paredes.
Sus ojos plateados brillaban intensamente bajo la luz tenue de las velas.
Se mordió el labio — ¿Cree qué no me di cuenta?
Fruncí el ceño — No comprendo.
— ¿Me hará decirlo en voz alta? — Apoyó una mano en la mesa, cerrando la distancia, acorralandome contra el borde, no quise retroceder así que su cuerpo se rozó contra el mío.
— Está demasiado cerca — Advertí, elevando una mano.
— ¿No es lo qué quería? — Elevó una comisura — Sus señales, aunque son casi invisibles, lograron ser captadas por mí.
¿Qué rayos le pasaba? Tenía que ser un tipo de sueño erótico, seguramente me había quedado dormida sobre las telas.
— ¿Bebió de más? — Resoplé — Mi lord, se está tomando demasiados atravimientos y no sé si sea capaz de tolerar otra falta...
Inclinó su cabeza y su nariz rozó la mía.
— Está agitada — Susurró y tragué con fuerza — Sus latidos son tan fuertes, su cuerpo tiembla... Estás son señales... Me desea.
Me quedé en silencio, no podía hablar.
Observó mi boca.
— Está viendo cosas donde no...
Inhaló fuertemente — No comprendo... ¿Quién es usted? ¿Por qué su personalidad es tan diferente a...
— ¿A qué? — Exigí, su aliento seguía acariciando mi rostro, su nariz permanecía rozando, mi piel se erizó, la inquietud entre mis piernas era más desesperante.
— A esa mujer que bailó descaradamente cerca de mí y se rozó en mi dureza.
— Solo hacía mi trabajo... Pero, ese trabajo se acabó...
Mi cuerpo anhelaba pegarse a él, que esas manos varoniles dejaran de posarse en la madera y empezaran a recorrerme.
— ¿Me va a negar que estuvo en mi habitación? — Arqueó las cejas y me tensé.
¿Cómo rayos lo supo?
— No estuve en su habitación — Lo negué en seguida.
Soltó una risa y encajó sus ojos en los míos.
— No soy tonto... ¿Qué podría buscar usted allí que le interese? Estuvo en mi cama y no se molestó en ocultar de mí las evidencias.
No era un hombre tonto. ¿Qué evidencia deje? ¿Cómo pude cometer tal descuido?
Por eso se estaba tomando atrevimientos conmigo, creía que había husmeado en su habitación porque quería un encuentro placentero.
¿Ahora cómo me iba a zafar de esto? Si decía que no, entonces insistiría por otra razón y sería sospechoso, estaría en peligro de ser descubierta, pero si afirmaba su suposición, tendría que...
Si me tocaba, se daría cuenta ¿O no? No comprendía demasiado el tema de la intimidad aunque no era inocente, en las calles sucias se podía apreciar todo tipo de cosas repugnantes y la fornicación no era la excepción.
Él si tenía experiencia y seguramente se daría cuenta que era una mujer cuya virtud permanecía intacta.
¿Qué rayos debía hacer?
— Mi lord...
— Rompió las normas de no husmear en mi mansión, debería hacer algo al respecto — Susurró contra mi mejilla.
¿Y si lo golpeaba? No, eso sería peor, ahí si cerraría las puertas en mi cara.
— No... Yo...
¡Qué inútil estaba siendo mi boca!
— Luce muy nerviosa — Elevó una mano y me estremecí cuando rozó sus nudillos por mi barbilla — ¿Eso qué significa? No creo que usted se sienta tan cohibida con un hombre... ¿Le gusto demasiado?
Cielo santo, este hombre.
— No estoy nerviosa. Me enfurece que se atribuya cosas.
— A la defensiva — Se mordió el labio — Ni siquiera intenta tentarme y lo logra.
— Mi lord... Esto...
Sus dedos recorrieron mi cuello con delicadeza, las piernas me temblaron.
— Me siento un poco orgulloso de lo que estoy logrando en una mujer tan experimentada, su piel es tan suave y se estremece a mi contacto — Recorrió hasta mi nuca y me sostuvo.
— Solo asumo la sumisión, suele ser más atrayente — Dije, improvisando rápidamente.
— Prefiero su lado indomable.
Acercó su rostro más.
¿Me iba a besar?
No había remedio, tal vez con un beso podría zafarme de terminar empalada.
Cerré mis ojos.
Sentía sus labios a un milímetro.
Algo crujió, intenté ignorarlo, pero fue insistente.
Todo terminó, el agarre, el calor.
El lord se apartó de mí y solté un jadeo.
— Lo siento, debo irme — Dijo, saliendo a toda velocidad después de tomar el candelabro.
Ni siquiera pude observar su expresión.
¿Ese era su estómago quejándose con hambre?
Suspiré aliviada, al menos eso me libró de ser descubierta.
...****************...
Al día siguiente desperté en la habitación de servicio, al menos me dieron ropas de cama que usaban las sirvientes.
Seguía nerviosa por lo de anoche, mi cuerpo volvía a ponerse en mi contra cada vez que recordaba la cercanía del lord, su presencia y su calor, lo mucho que me deseaba.
Debería estar molesta, golpearlo en cuanto lo viese, pero solo conseguía respirar agitado.
¿Qué iba a hacer ahora? Esperaba él no insistiera en otro acercamiento.
Le daría un puñetazo.
Me levanté, cambié mis ropas después de un baño que yo misma me dí en el pequeño lavabo de la habitación.
Tomé la lista de mi hermano y volví a esconderla dentro del escote de mi vestido.
Iba a ir al barrio bajo, saldría con una excusa, necesitaba entregarle eso a mi hermano.
No iba a perder más tiempo, mientras más rápido averiguara más sobre el duque, tendría la oportunidad de salir más rápido de esa mansión.
Salí y una sirvienta me informó sobre el desayuno en el comedor.
Me preparé mentalmente y me aproximé.
Al entrar, Lord Leandro leía un panfleto en el extremo de la mesa mientras tomaba el té.
— Buenos días — Dije, observó por encima del papel y volvió a su lectura.
— Buenos días, Señorita Liseth — Respondió amablemente su madre, quien comía un panecillo — ¿Cómo durmió?
— Muy bien, gracias por la estadía.
— Si vas a quedarte a trabajar hasta tarde, es lo justo.
— Cierto, aún me falta mucho — Dije, sonriente, sentándome en el lugar que habían colocado para mí — Aunque saldré por un momento.
— ¿A dónde va? — Preguntó Lord Mercier, bajando el panfleto, al ver la expresión de su madre aligeró el tono — Se comprometió a terminar el trabajo, hoy sería el segundo día.
— Lo sé y lo haré, es solo que olvidé algo que tenía hacer.
Estrechó sus ojos.
— No te preocupes, ve, atiende tus asuntos y vuelve — Lady Celia sonrió.
— Muchas gracias, mi lady.
— Yo también iré a atender unos asuntos — Gruñó, con tono serio, tenía una chaqueta café, con chaleco del mismo tono y una camisa blanca — La señora Liseth puede tomar aventón en el carruaje.
— No, no hace falta.
— Acepta la invitación, así no demorarás demasiado.
— No quiero abusar — Insistí, apenada.
— No es abuso... Puedes...
— Déjala madre, es su decisión tomar mi sugerencia o no — Cortó el lord, parecía disgustado.
No quería estar a solas con él.
Además, iba a tomar una ruta que solo yo usaba para que no pudiera seguirme si se le ocurría, tendría que buscar mis ropas en la posada para moverme más rápido.
Comí en silencio los panecillos con mermelada y el té con leche.
— Igualmente, muchas gracias por el ofrecimiento.
Él masticó la comida de forma apresurada, parecía hambriento.
Eso me salvó.
Recordaba su mareo.
¿Tenía problemas de salud?
Terminé de comer y me despedí del comedor.
Lord Leandro encajó su mirada en mí y olvidé por unos segundos como caminar de forma segura, me seguían temblando las piernas.
Salí de la mansión y me dirigí con afán hacia la posada.
El dueño me lanzó una mirada ante mi llegada.
— Solo vine por mis cosas y a pagarle lo que debo.
— Creí que se iba a marchar sin pagar — Gruñó, ganas no me faltaban de vaciar su cofre.
Entré a la habitación y me cambié por mis ropas de cuero, pantalones, botas y chaleco, las dagas y alambres para abrir cerraduras.
Ya extrañaba mi ropa.
No usé la puerta principal, sino que abrí la ventana y me lancé hacia el tejado vecino.
Aterricé sobre mis pies y empecé a caminar, saltando chimeneas y muro, cenizas y trapeando paredes.
Salté hacia callejones y volví a tomar los tejados como puentes.
Con la práctica había perdido el miedo a las alturas.
Crucé el interior de una casa sin que lograran verme, tomando una manzana de una mesa, unos pendientes en una habitación y salté a otro balcón.
Llegué a los barrios bajos y volví a saltar sobre tejas resbalosas.
Mi hermano estaba tomando el desayuno cuando entré por la ventana del refugio, dando un salto.
Él se puso de pie de un salto y sacó su arma.
Al verme se relajó.
— Deberías aprender a usar las puertas.
— Gajes del oficio.
— Estuve esperando hasta tarde en la posada ¿Qué rayos te sucedió? — Gruñó, masticando la manzana.
— Estaba ocupada.
— ¿Ocupada? — Resopló, con la boca llena — ¿Entre las mantas del lord?
Casi.
Empujé su mano con un golpe, haciendo que se le metiera la manzana entera a la boca.
— Esos chistes me sacan de quicio.
— ¿Me vas a matar? — Tosió después de escupir la manzana — Debería darte una reprimenda, pero aunque sea un asqueroso rufián, respeto que eres mi hermana y que eres mujer, pero no te pases.
Saqué la lista y se la aventé a la mesa.
— Ahí están, la lista de tiendas del duque.
Elevó una ceja — ¿Cómo lo conseguiste?
— Hurgando en los papeles del lord.
— ¿En esos papeles no había piezas o cajas fuertes?
— No, no encontré la caja fuerte del lord, el que te haya conseguido esa lista es un avance — Gruñí, cruzando mis brazos.
— Espero que la encuentres, nuestros objetivos son ambos, no quiero distracciones — Tomó el papel y lo abrió — Daremos el primer golpe hoy en la noche.
— ¿Hoy? — Me sorprendí.
— ¿Es demasiado pronto para ti? Te quiero aquí al anochecer — Ordenó y me tensé.
— No puedo... Debo terminar el vestido...
— ¿Qué vestido? — Siseó y apreté mi mandíbula — Maude ¿Desde cuándo te preocupas por un estúpido vestido?
— Recuerda que estoy en la casa del lord por un trabajo de costurera, debo terminar un vestido...
— Eso no es prioridad, escápate, huye como siempre, salta por una ventana, Maude, necesitamos a todos para esto.
La puerta se abrió, Prudence entró.
— Pensé que ya no te vería más por aquí — Dijo, como saludo, tenía el cabello rapado, como mi hermano, era una chica también de rasgos morenos y fornida.
— Hola, Prudence, si no me ves es porque mi hermano me está haciendo trabajar de más.
— Si, nos ha estado hablando de un premio grande — Dio una palmada en mi hombro — ¿Quién es la víctima?
— Pensé que te comentaría que nuestros objetivos han cambiado de horizontes.
— Algo, aún no me creo que Roquer tenga los pantalones para robar a un par de nobles.
— Se te olvidó hablar en plural — Gruñí, lanzando una mirada a mi hermano.
— Por supuesto que he dicho que estás haciendo la parte más engorrosa — Dijo, avergonzado — No pueden evitar verme como el líder.
— Si, claro.
— ¿Cuándo vamos a la acción? — Prudence se frotó las manos.
— Hoy, a media noche — Dijo mi hermano.