La Esposa Villana Del CEO Es Fatal
Tras morir en un accidente, una arquitecta ambiciosa y sin piedad despierta en el cuerpo de Morana Miller: la mujer gorda, despreciada y odiada de una novela que termina abandonada, despojada de sus hijos y de todo. Pero no llega antes de los errores. Llega cuando ya no hay vuelta atrás, cuando la villana que todos desprecian ya es ella.
Con disciplina férrea, inteligencia afilada y un orgullo inquebrantable, se transforma, estudia y regresa años después: hermosa, poderosa, fría y dueña de su destino. No viene a suplicar. Viene a reclamar lo que es suyo, a vengarse de quienes la destruyeron y a proteger a sus hijos —aunque para ello deba convertirse en la villana.
NovelToon tiene autorización de Lewis Alexandro Delgado para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 11: Cenizas y deseo —
La cena en casa de mis suegros terminó entre palabras cálidas que todavía me sorprendían. Regresamos a la mansión cuando el sol ya se había ocultado, tiñendo el cielo de tonos violáceos. Ian apenas cruzó el umbral, revisó su reloj y se giró con prisa.
—Tengo una reunión importante —dijo, tomando su carpeta—. No sé a qué hora volveré. Cuida a los niños.
Asentí sin mirarlo.
—Ve con cuidado.
Salió en su auto, dejándonos solos. Me cambié: un traje de baño negro, de una sola pieza, que ceñía mis curvas sin ocultarlas. Me miré al espejo un instante. Ya no era la mujer que se escondía bajo ropa holgada. Me gustaba lo que veía. Esto soy ahora, pensé. No me escondo para nadie.
—¿Vamos a la piscina? —les propuse a los niños, y sus caras se iluminaron de inmediato.
El agua estaba fresca y cristalina, iluminada desde abajo con luces doradas. Los niños reían, chapoteando, y yo me dejé llevar, nadando con ellos, sintiendo el agua sobre mi piel sin vergüenza, sin miedo.
Media hora después, el portón se abrió. Ian regresaba por unos documentos olvidados. Se detuvo en seco al verme.
Me recorrió con la mirada, despacio, desde el cabello empapado hasta las caderas que el traje marcaba con claridad. No apartó la vista. En su rostro se mezclaron asombro, anhelo y algo más oscuro, doloroso. Está radiante, pensó, con el pecho apretado. La mujer que perdí… o nunca supe ver. Cómo pude no darme cuenta de lo hermosa que era.
Morana:
Sacó el teléfono con manos algo temblorosas.
—Cancela la reunión —dijo con voz firme—. No asistiré.
Minutos después volvió vestido con unos shorts de baño deportivo, el torso descubierto. Entró al agua y se acercó. Su cuerpo era fuerte, esculpido, pero lo que vi no fue solo físico: había tensión en su mandíbula, incertidumbre en la postura.
Ian:
Lo miré de arriba abajo. Es hermoso, pensé, y algo dentro dio un vuelco que no esperaba. Y sin embargo… me hizo pedazos. Disfrutar no significa perdonar.
Me acerqué a él despacio. Con la yema de los dedos recorrí sus abdominales, firmes y cálidos bajo la piel. Ian dio un paso atrás, nervioso, confundido.
—¿Qué haces, Morana? —susurró, sin saber dónde poner las manos.
Sonreí, una sonrisa lenta, cargada de promesa y frialdad.
—Deja de actuar como si no supieras —le dije, acercándome más—. Esta noche, cuando los niños se duerman, iré a tu cuarto. Y tú harás lo que yo diga.
Me alejé antes de que pudiera responder. Ian se quedó en el agua, respirando entrecortado, con el corazón golpeándole el pecho con fuerza.
Mientras tanto, lejos de allí, Dalila recibió un mensaje: La reunión se canceló. Ian está en casa. Apretó el teléfono con rabia.
—No puede ser —murmuró, con los ojos encendidos—. Lo está reteniendo. Lo está envolviendo en su juego. No voy a permitirlo.
A la noche, cuando los niños dormían profundamente, fui a mi habitación. Abrí un cajón y saqué lo que había comprado por decisión propia, semanas atrás, sin saber cuándo me atrevería: un conjunto de lencería negra, delicada y atrevida, junto con un par de esposas de satén. Me miré al espejo. Decido yo, pensé. Nadie me viste, nadie me elige. Me puse todo y salí en silencio hasta la puerta de Ian.
Entré sin llamar. Él estaba de pie junto a la ventana; se giró de golpe y sus ojos se abrieron de par en par.
—Morana… ¿qué…?
Le di una bofetada, no fuerte, pero suficiente para callarlo.
—Cállate —ordené, sacando las esposas—. Ponte estas. Y sé obediente.
Dudó un instante. Vi el conflicto en su mirada: resistirse, preguntar, aceptar… Finalmente extendió las manos. Se dejó esposar a la cabecera de la cama sin oponer resistencia, pero con la mandíbula tensa, luchando consigo mismo. Esa noche tomé el control por completo. Lo hice mío a mi manera, sin prisa, sin ternura… y sin embargo, mientras lo hacía, sentí algo que no era solo venganza. Un estremecimiento que no pude reprimir, un calor que no inventé. Lo disfruté. Y eso me molestó más que cualquier desprecio.
Cuando terminé, le quité las esposas. Me levanté de la cama, me puse la bata y lo miré desde arriba, con frialdad restaurada.
—No se trata de técnica —dije, despacio— No me gustas, solo te use y ya. Un perro infiel como tú no merece nada.
Se sentó en el borde del colchón, herido y confundido.
—Morana… escúchame, te lo ruego —dijo con voz quebrada—. Nunca te fui infiel. Aquello fue una trampa, y yo fui ciego, estúpido, pero no te engañé. Todo lo que crees… está mal. Déjame explicarte.
Me detuve un instante, pero no me giré.
—¿Y por qué debería creerte ahora? —respondí con voz cortante—. Cinco años esperé que dijeras esto. Callaste entonces. No vengas a hablarme ahora.
—Porque no sabía cómo —insistió, levantándose, acercándose un paso—. Me confundieron, me mintieron, y yo… quise creer lo peor porque era más fácil. Pero nunca te traicioné. Déjame probarlo.
—Basta —lo corté, firme—. No quiero oírlo.
Se quedó quieto, con la mirada baja, el pecho agitado.
Me giré hacia la puerta y señalé el suelo con un gesto seco.
—Yo dormiré en la cama. Tú, en el suelo. Como un perro que aún no ha gana su lugar.
Ian se tendió en la alfombra, encogido, sintiéndose pequeño. ¿Será que nunca me creerá? pensaba. ¿Será que merezco que me trate así? Y sin embargo, la imagen mía lo atormentaba y lo atraía a la vez: mi fuerza, mi claridad, y la mujer en la que me había convertido sin él.
Algo más tarde, me giré y le lancé una manta a la cara.
—Toma —dije, sin mirarlo—. No porque te lo merezcas. Porque no quiero que te enfermes. Y graba esto bien: jamás voy a amarte. Esa mujer murió la noche que la enviaste a ese pueblo.
—Eres implacable —susurró él, con los ojos brillantes de lágrimas contenidas.
—Y tú demasiado blando —respondí—. Duerme.
Me quedé dormida casi de inmediato, tranquila, sin remordimientos… aunque con un eco de duda que no logré acallar del todo. Ian, en cambio, él no pudo pegar un ojo en toda la noche. Se levantó cuando la luna estaba alta y se acercó despacio a la cama. Me miró dormir, con el cabello desparramado sobre la almohada, la expresión serena. Extendió la mano y la retiró antes de tocarme.
—¿Por qué? —susurró para sí mismo—. ¿Por qué cuanto más me rechazas, más quiero entenderte? ¿Por qué cada palabra tuya me duele ? No busco que me ames. Solo busco un pequeño lugar en tu corazón.
Se quedó así un buen rato, observándome, con el corazón roto y la esperanza apenas encendida.
Pabraste la autora:
El Cucarachito se nos puso sentimental. Aunque no es tan cucaracho pero si pendejo. Está protagonista es muy difícil de conquistar, no es la típica protagonista que se enamora y se enloquece por un hombre, no. esta mujer sabe lo que quiere y cómo conseguirlo Y eso es lo único que le importa, es un poco narcisista pero no al extremo.