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EL MERCADER DE DOS ERAS

EL MERCADER DE DOS ERAS

Status: En proceso
Genre:Fantasía épica / Mundo de fantasía / Época
Popularitas:83
Nilai: 5
nombre de autor: Manuel Saucedo

Lin Chen estaba endeudado y sin futuro hasta que una misteriosa puerta le permitió viajar entre la era moderna y la antigua China.

Desde entonces, objetos comunes como sal, espejos, medicinas y herramientas se convierten en tesoros en el pasado, mientras que jade, oro y reliquias antiguas valen fortunas en el presente.

Lo que comienza como una forma de pagar sus deudas pronto se transforma en un imperio comercial capaz de desafiar nobles, familias poderosas y hasta la corte imperial.

Pero cada viaje modifica algo.

Y un día, Lin Chen descubre su propio nombre escrito en documentos históricos de hace siglos.

Dos épocas. Un comerciante. Una fortuna sin límites.

NovelToon tiene autorización de Manuel Saucedo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Una bolsa de sal vale una fortuna

Lin Chen no durmió.

No porque no quisiera.

Sino porque cada vez que cerraba los ojos volvía a ver aquella ciudad.

Los muros.

Los caballos.

Las túnicas.

Los tejados.

Las carretas.

Y sobre todo, aquella sensación imposible de estar mirando un mundo que no pertenecía a su época.

A las cuatro de la mañana seguía sentado frente a la pequeña mesa de su apartamento.

Delante de él había colocado varios objetos.

Un paquete de sal.

Una bolsa de azúcar.

Un espejo pequeño.

Dos encendedores.

Un rollo de hilo.

Una caja de agujas.

Un jabón.

Una botella de agua.

Y un cuchillo de cocina de acero inoxidable.

Lin Chen los miró durante largo rato.

En su mundo no valían prácticamente nada.

Juntos quizá no llegaban a cien yuanes.

Pero en una sociedad antigua...

La diferencia podía ser enorme.

Aun así, no podía cometer una estupidez.

No sabía dónde estaba.

No sabía qué leyes existían.

No sabía qué moneda utilizaban.

Y, lo más importante, no sabía cómo reaccionaría la gente ante productos imposibles de explicar.

Podía enriquecerse.

También podía terminar arrestado.

O muerto.

Tomó una libreta.

Escribió cuatro palabras.

Información antes que dinero.

Luego subrayó la frase.

Su primera prioridad no era vender.

Era entender el mundo.

Hora local.

Geografía.

Sistema monetario.

Gobierno.

Nivel tecnológico.

Costumbres.

Precio de alimentos.

Riesgos.

Y quién controlaba el comercio.

Lin Chen había perdido dinero demasiadas veces por lanzarse a negocios sin estudiar bien el mercado.

No repetiría el mismo error solo porque ahora el mercado estuviera separado del suyo por siglos.

Al amanecer salió del apartamento.

Su objetivo era sencillo.

Necesitaba ropa.

Si volvía a cruzar vestido con jeans, tenis y una chaqueta moderna, llamaría demasiado la atención.

Entró en varias tiendas de ropa tradicional.

Después de buscar durante casi una hora encontró un conjunto sencillo de estilo antiguo usado normalmente para representaciones culturales.

No era perfecto.

Pero desde lejos resultaría mucho menos extraño.

Compró además zapatos de tela.

Una mochila de lona sin logotipos visibles.

Tela gruesa para cubrir algunos objetos.

Dos cantimploras metálicas.

Una brújula sencilla.

Y varias bolsas pequeñas de tela.

El gasto total superó los quinientos yuanes.

Cuando regresó al apartamento, su cuenta bancaria se había reducido peligrosamente.

Lin Chen observó el saldo.

—Esto tiene que funcionar.

Preparó la mochila.

No llevó el espejo.

Ni el cuchillo.

Ni los encendedores.

Todavía eran demasiado llamativos.

Solo colocó:

dos pequeñas bolsas de sal.

una botella de agua.

comida.

una libreta.

un lápiz.

y algunos suministros básicos.

Después se cambió.

Se miró en el espejo.

El resultado era aceptable.

No parecía realmente un hombre antiguo.

Pero tampoco parecía alguien salido directamente del siglo XXI.

Abrió la puerta.

La oscuridad apareció de nuevo.

Lin Chen respiró hondo.

Y cruzó.

El bosque lo recibió con el mismo olor a humedad.

Todo estaba igual.

Eso lo tranquilizó.

La puerta seguía allí.

El arco de piedra cubierto de musgo permanecía oculto entre los árboles.

Lin Chen observó cuidadosamente alrededor.

Después recogió ramas y vegetación caída.

Cubrió parcialmente el arco.

No demasiado.

Necesitaba poder encontrarlo.

Pero tampoco quería que algún cazador descubriera aquella entrada.

Marcó tres árboles cercanos de manera discreta.

Luego comenzó a caminar hacia la ciudad.

Esta vez avanzó con más cuidado.

Cuando salió del bosque, siguió el camino principal.

Había campesinos.

Carretas.

Animales.

Viajeros.

Nadie parecía prestarle demasiada atención.

Eso era bueno.

Lin Chen escuchaba.

Prestaba atención a las conversaciones.

Poco a poco confirmó que podía entender el idioma.

No perfectamente.

Algunas palabras sonaban extrañas.

Había expresiones que no conocía.

Pero podía seguir la mayoría de las conversaciones.

Eso eliminaba uno de sus mayores problemas.

Cuando se acercó a la ciudad pudo leer el nombre grabado sobre la puerta.

Qinghe.

Lin Chen repitió mentalmente.

Ciudad Qinghe.

La entrada estaba custodiada.

Dos soldados inspeccionaban ocasionalmente carretas.

La mayoría de peatones podía entrar sin problemas.

Lin Chen se mezcló con un grupo de campesinos.

Nadie lo detuvo.

Al cruzar el muro, una multitud de sonidos lo envolvió.

Vendedores.

Animales.

Ruedas de madera.

Herreros.

Gente negociando.

Niños corriendo.

Olores de comida.

Humo.

Tierra.

Estiércol.

Especias.

Lin Chen permaneció un momento observando.

Aquello era mucho más grande de lo que parecía desde la colina.

Había cientos de tiendas.

Calles laterales.

Posadas.

Talleres.

Casas de té.

Puestos de comida.

Su mirada se detuvo inmediatamente en los mercados.

Tenía que conocer precios.

Comenzó por productos básicos.

Arroz.

Harina.

Carne.

Aceite.

Tela.

Sal.

Cuando llegó a un pequeño puesto de condimentos, fingió observar los productos.

Un comerciante vendía pequeños paquetes de sal de color ligeramente gris.

Lin Chen esperó hasta que una mujer compró uno.

Escuchó el precio.

Ocho monedas de cobre.

No sabía cuánto representaba.

Continuó investigando.

Una comida sencilla costaba entre cinco y diez monedas.

Una noche en una posada modesta rondaba varias decenas.

Poco a poco empezó a construir una equivalencia mental.

Entonces encontró algo más importante.

Una tienda considerablemente mayor.

Sobre la entrada había un letrero.

Casa Comercial Zhao.

En el interior vendían sal de mejor calidad.

Lin Chen entró.

Un empleado lo observó.

—¿Qué necesita el caballero?

Lin Chen señaló un pequeño recipiente.

—¿Cuánto cuesta esa sal?

—Treinta y cinco monedas de cobre por jin.

Lin Chen disimuló su sorpresa.

La calidad seguía siendo inferior a la sal refinada moderna.

—¿Y la mejor?

El empleado señaló un frasco pequeño ubicado detrás del mostrador.

—Sal blanca de primera calidad. Ciento veinte monedas por jin.

Lin Chen observó.

Incluso esa sal tenía pequeñas impurezas.

La suya era completamente blanca.

Homogénea.

Refinada.

Sintió un pequeño golpe de emoción.

Pero mantuvo el rostro tranquilo.

—Entiendo.

Se marchó.

No podía vender directamente a una gran casa comercial.

Primero necesitaba probar el mercado con alguien pequeño.

Caminó durante otra hora.

Terminó en una calle menos elegante.

Allí encontró una tienda diminuta.

Vendía especias, aceite y alimentos secos.

El dueño era un hombre de unos cincuenta años con barba corta.

No había clientes.

Perfecto.

Lin Chen entró.

—Buenos días.

El hombre levantó la mirada.

—Buenos días.

Lin Chen tomó una pequeña bolsa.

—Tengo algo que quizá le interese.

El comerciante frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué cosa?

Lin Chen abrió la bolsa.

Sal.

Completamente blanca.

El hombre tardó varios segundos en reaccionar.

Se acercó.

Tomó una pequeña cantidad entre los dedos.

La observó.

Después la probó.

Su expresión cambió.

—¿De dónde sacaste esto?

Lin Chen ya había preparado una respuesta.

—De mi familia.

—¿Tu familia produce esta sal?

—Tenemos acceso a cierta cantidad.

El comerciante volvió a probarla.

—No tiene arena.

—No.

—Ni amargor.

—No.

El hombre cerró la bolsa.

—¿Cuánto tienes?

Lin Chen sonrió ligeramente.

Pregunta peligrosa.

—Depende del precio.

El comerciante lo estudió.

—¿Cuánto quieres?

Lin Chen no respondió.

—Usted conoce mejor el mercado.

El hombre se rió.

—Muchacho, si vas a comerciar, aprende una cosa. Nunca le pidas al comprador que establezca tu precio.

Lin Chen también sonrió.

—Entonces consideraré este mi primer aprendizaje.

El comerciante volvió a mirar la sal.

—Ciento cincuenta monedas por jin.

Lin Chen había esperado algo cercano a cien.

No respondió inmediatamente.

Eso hizo que el hombre añadiera:

—Ciento sesenta.

Lin Chen comprendió.

Había espacio.

—Doscientas.

—Imposible.

—Es más limpia que la mejor sal que vende la Casa Zhao.

El comerciante entrecerró los ojos.

—Has investigado.

—Solo un poco.

—Ciento setenta.

—Ciento noventa.

Silencio.

—Ciento ochenta.

Lin Chen extendió la mano.

—Trato.

El comerciante lo miró.

Después sonrió.

—Tienes más instinto del que aparentas.

Pesaron la mercancía.

Lin Chen había llevado aproximadamente un jin.

Recibió ciento ochenta monedas.

El peso de las monedas en su mano le produjo una sensación extraña.

Era su primera venta.

Su primera ganancia.

En otro siglo.

Guardó el dinero.

Entonces el comerciante preguntó:

—¿Puedes traer más?

Lin Chen lo miró.

—¿Cuánto?

—Diez jin.

Eso no era nada.

En el presente podía comprar cinco kilogramos de sal por muy poco dinero.

Pero debía ser prudente.

—Quizá.

—Si mantienes esta calidad, compraré todo.

Lin Chen asintió.

—Volveré.

El comerciante extendió la mano.

—Han De.

—Lin Chen.

Han De señaló una pequeña mesa.

—Si realmente puedes conseguir más, no desperdicies tu mercancía vendiéndola en puestos callejeros. La sal está regulada. Si atraes la atención equivocada, tendrás problemas.

Lin Chen sintió que la emoción se enfriaba un poco.

Información importante.

—¿Regulada por quién?

Han De lo miró como si la pregunta fuera extraña.

—Por el gobierno, por supuesto.

Lin Chen fingió naturalidad.

—He pasado mucho tiempo lejos de ciudades.

Han De soltó una risa.

—Eso se nota.

Continuaron conversando.

Lin Chen compró una comida y utilizó algunas de las monedas.

Mientras hablaban, obtuvo información mucho más valiosa que la ganancia.

Qinghe pertenecía a la prefectura de Yunzhou.

El gobernante del reino era un emperador de una dinastía que Lin Chen no reconocía.

Dinastía Liang.

Su corazón se aceleró.

Conocía la historia de China bastante bien.

Habían existido varias dinastías llamadas Liang.

Pero los nombres de lugares, funcionarios y fechas mencionados por Han De no coincidían con ninguna de ellas.

Eso significaba algo importante.

Tal vez no estaba en su propio pasado.

Quizá era un mundo paralelo.

La posibilidad lo dejó pensativo.

De alguna manera, aquello podía ser incluso mejor.

Alterar la historia de su propio mundo siempre había sido una preocupación.

Si aquel lugar era diferente...

las reglas podían cambiar.

Antes de marcharse, Han De volvió a detenerlo.

—Lin Chen.

—¿Sí?

—Si traes esos diez jin, ven temprano.

—¿Por qué?

—Porque si la Casa Zhao ve esa sal antes que yo, intentará descubrir de dónde viene.

Lin Chen asintió.

—Lo recordaré.

Salió de la tienda.

Caminó entre la multitud.

Ciento ochenta monedas de cobre tintineaban en su bolsa.

En términos modernos probablemente no era una fortuna.

Pero ese no era el punto.

Había confirmado algo.

Podía vender.

Y su mercancía era superior.

Mucho superior.

Lin Chen pasó junto a un vendedor de telas.

Luego uno de cerámica.

Luego una tienda de té.

Su mente comenzó a calcular.

Sal.

Azúcar.

Especias.

Vidrio.

Acero.

Medicinas.

Herramientas.

Había cientos de posibilidades.

Pero cada una debía introducirse con cuidado.

Cuando regresó al bosque, el sol comenzaba a descender.

Encontró la puerta sin dificultad.

Atravesó.

Su apartamento apareció.

Lin Chen cerró la entrada.

Colocó las monedas antiguas sobre la mesa.

Las observó durante varios minutos.

Entonces tomó una.

La limpió.

Fotografió ambos lados.

Abrió su computadora.

Empezó a buscar.

No encontró ninguna coincidencia.

Ni dinastía.

Ni símbolo.

Ni inscripción exacta.

Lin Chen se recostó en la silla.

—Definitivamente no es mi historia.

Miró las monedas.

Después la puerta.

Había ido buscando una forma de pagar treinta mil yuanes.

Ahora comenzaba a pensar que treinta mil yuanes eran un problema ridículamente pequeño.

Porque acababa de descubrir un mercado completamente nuevo.

Uno donde él poseía el único camino de entrada.

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