El sol aún no asomaba, pero los ojos ámbar de Darre estaban abiertos de par en par, y las ligeras líneas negras debajo de sus ojos eran una clara muestra de que no había dormido absolutamente nada. La cena de la noche anterior no fue más divertida que un funeral; para él, fue como si sus padres lo estuvieran enviando directo a la boca del lobo.
Con pereza, se levantó y se dirigió hacia la regadera, necesitando con urgencia una ducha con agua tibia para aliviar la pesadez que cargaba. Mientras llenaba la tina, buscaba algo de ropa en el clóset. Después de encontrar el conjunto perfecto, se sumergió en el agua burbujeante y caliente.
El día tan temido había llegado. A pesar de ser sábado, era el día en que se mudaría a la casa de ese tirano. El Almirante K era conocido en todo Celestia por su crueldad y despiadada forma de liderar. Su valía y su sangrienta trayectoria lo habían llevado a ocupar tan alto puesto a una edad sorprendentemente corta. Aunque no existían rumores de que fuese despiadado con los omegas o con cualquier persona fuera del campo de batalla, no significaba necesariamente que no fuese también un tirano en privado.
Mientras el agua caliente abrazaba su cuerpo, Darre dejó que sus pensamientos vagaran por el futuro incierto que le esperaba en la casa del Almirante K. La ansiedad se apoderaba de él, preguntándose qué tipo de vida le esperaba bajo el techo de alguien tan temido y respetado en la sociedad de Celestia.
Sus pensamientos fueron abruptamente interrumpidos por un golpe repentino en la puerta. Sin ánimo alguno, Darre salió de la tina, se envolvió en una bata de baño, colocó una toalla sobre la cabeza y se dirigió hacia la puerta. Del otro lado, su madre lo esperaba con una mirada deprimida, esforzándose por esbozar una sonrisa. Aunque Darre sabía que su madre también se resistía a dejarlo ir, los caprichos de su padre superaban la voluntad de ella.
—Todo lo que necesitas está en el auto; tu padre dice que bajes en menos de media hora.
Darre asintió con desgana y cerró la puerta. Odiaba tener que dirigirse a ese lugar, pero el trato ya estaba hecho; ahora solo le quedaba dar lo mejor de sí para evitar ese matrimonio.
Después de cambiarse y asegurarse de no olvidar nada, salió de la habitación y bajó hasta el hall donde sus padres lo esperaban. Sus ojos se oscurecieron de inmediato al pasar a su lado sin siquiera mirarlos. Debía mostrar toda su irritación para dejar en claro el enorme error que estaban cometiendo.
Mientras Darre miraba por la ventana hacia la zona residencial que se aproximaba, contempló el distrito militar de Celestia. La ciudad de Riverville albergaba varios distritos residenciales, y aquel destinado a los militares era su nuevo hogar.
Las casas eran imponentes y muy similares entre sí, pintadas en tonos grises con exuberantes jardines verdes. El lugar no parecía particularmente acogedor, lo cual chocaba considerablemente con su espíritu libre. Las plazas comerciales y los centros recreativos se encontraban a una distancia considerable. Lo más cercano era el campamento militar, donde muchos hombres y mujeres de la zona comenzaban su día cada mañana.
Darre dejó escapar un suspiro audible y se recargó sobre el respaldo del sillón, completamente irritado ante la perspectiva de su nueva vida en aquel lugar desolado. Mientras observaba las filas uniformes de casas grises, la sensación de claustrofobia se apoderó de él, preguntándose cómo sería vivir bajo la sombra de un almirante tan temido. La incertidumbre y la resistencia llenaban su ser, pero Darre estaba decidido a enfrentar lo que fuera necesario para mantener su libertad y evitar el matrimonio impuesto que se cernía sobre él.
Paso un tiempo recorriendo algunas curvas y caminos rectos hasta llegar a una casa que se destacaba claramente del resto. No solo por su imponente tamaño, sino también por el color único que la distinguía, una tonalidad cálida que contrastaba con las demás residencias circundantes. Aquella casa, hermosamente enmarcada por cuidados jardines floreados, irradiaba un encanto propio que la hacía destacar en la serenidad del vecindario.
—Vamos —ordenó su padre al salir del automóvil. Darre dejó escapar un gruñido de irritación y también descendió del vehículo.
Ambos se dirigieron hacia la entrada principal, y al tocar la campana, un hombre elegantemente vestido con traje oscuro y camisa blanca apareció en escena.
—Señor Gunnar, joven Darre, adelante; el Almirante bajará en un momento. Vamos, los guiaré hacia la sala de estar.
El mayordomo guió a Gunnar y Darre por los intrincados pasillos de la casa del Almirante K. Los suelos de mármol resplandecían bajo la luz tenue de las lámparas colgantes, mientras que las paredes estaban adornadas con pinturas y retratos que narraban la historia de la familia Kristensen. Los jardines internos, a través de los ventanales, proporcionaban una visión de oasis verde y colorido en medio de la elegancia de la residencia.
Finalmente, llegaron a la sala de estar principal. Muebles finamente tallados y tapizados en tonos ricos conferían un aire de sofisticación al lugar. Grandes ventanales permitían que la luz natural iluminara la estancia, revelando detalles exquisitos en la decoración.
Gunnar y Darre tomaron asiento en lujosos sillones, mientras la ansiedad se apoderaba de Darre. Observaba cada detalle de la habitación, desde las cortinas hasta los cuadros en las paredes, tratando de encontrar algún indicio sobre la personalidad del Almirante K.
Pasaron unos minutos más, y finalmente, Henrik Kristensen hizo su entrada. Vestido impecablemente, mantenía la elegancia que Darre había anticipado. El Almirante K, Henrik Kristensen, se presentó con una imponente vestimenta que reflejaba su estatus militar y posición de autoridad. Vestía su uniforme militar, meticulosamente ajustado y adornado con condecoraciones que contaban la historia de sus proezas en el campo de batalla. La chaqueta, de un azul oscuro, exhibía detalles dorados que resaltaban su rango y logros.
Charreteras doradas adornaban sus hombros, indicando su posición de liderazgo. En el pecho, varias medallas brillaban con reflejos de luz, testigos de su valentía y dedicación al servicio militar. Henrik se esforzaba por mantener su uniforme en perfecto estado, demostrando un respeto innegable hacia su posición y responsabilidades. La presencia del Almirante llenaba la sala de una aura de autoridad, anticipando un encuentro que marcaría el destino de Darre de una manera irreversible. Sus ojos reflejaban la firmeza de un líder, pero también mostraban un destello de intensidad y determinación.
—Señor Gunnar, Darre, lamento la espera. Asuntos militares inesperados —se disculpó Henrik con una voz que resonaba con autoridad.
Gunnar asintió comprensivo, pero Darre apenas disimuló su impaciencia. La atmósfera en la sala se volvió más tensa, como si la presencia del Almirante trajera consigo un cambio palpable en el aire. El encuentro que marcaría sus vidas estaba a punto de comenzar, y Darre se preparó para enfrentar lo desconocido que aguardaba en la casa del Almirante K.
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Comments
nanay
Madre de Dios, me lo imaginé
2024-04-24
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