Capítulo 8: Voces Susurrantes

Tras los eventos con Alejandro, Cecilia luchó por mantener la calma y contener su ira, sin desatarla en seres inocentes. Sin embargo, sus límites estaban comenzando a agotarse. La fiesta de egreso transcurrió con relativa tranquilidad, y había llegado el momento que ella y Óscar habían planeado: su primera vez juntos. Óscar había querido esperar hasta que Cecilia tuviera más edad para asegurarse de que fuera especial, algo que ella esperaba con ansias y una dosis de lujuria.

El mundo de Cecilia se había convertido en un laberinto de paradojas y secretos, donde lo que parecía real se mezclaba con lo grotesco y lo oscuro. A pesar de su naturaleza perversa y siniestra, había aspectos de su vida que todavía la conectaban con las emociones humanas más básicas. Uno de esos aspectos era su relación con Óscar y la exploración de su propia sexualidad.

Desde hace un tiempo, Cecilia se había sumergido en el mundo virtual de la sexualidad, viendo videos eróticos que estimulaban su curiosidad y, en cierta medida, su lujuria. Sin embargo, esa curiosidad siempre quedaba en el ámbito de lo virtual, incapaz de cruzar la línea hacia la experiencia real. Cada video que veía, cada escena que imaginaba, era un vistazo a un mundo que la intrigaba pero que no se atrevía a explorar.

Cuando Óscar habló de querer tener su primera vez al terminar la secundaria, algo en Cecilia se encendió. Era como si se abriera una puerta que ella había mantenido cerrada por mucho tiempo. La perspectiva de finalmente experimentar la intimidad física, de cruzar esa línea que solo había conocido en la pantalla de su computadora, la llenó de expectación y nerviosismo.

Pero a medida que se acercaba el momento, esa excitación se mezclaba con una sensación de decepción. Óscar, con su dulzura y ternura, parecía querer hacer de su primera vez un momento especial. Sin embargo, esa búsqueda de conexión emocional no era lo que despertaba el interés de Cecilia. Ella ansiaba algo más oscuro, algo que se escapaba de las normas y las expectativas. En lugar de amor, buscaba el control y la satisfacción de sus propios deseos retorcidos.

La noche en el motel fuera de la ciudad marcó un hito en la vida de Cecilia. Aunque Óscar fue amable y atento, su lujuria seguía siendo un territorio desconocido para ella. Mientras él buscaba la unión de dos almas, Cecilia buscaba algo más primario y perverso. Y así, mientras la habitación se llenaba de susurros de pasión, ella luchaba por encontrar algo que la llevara al clímax que buscaba.

Cuando finalmente cruzaron esa línea, cuando su cuerpo se fusionó con el de Óscar en el acto que muchos consideraban sagrado, Cecilia se encontró atrapada en una desconexión abrumadora. No hubo éxtasis, no hubo satisfacción. En su lugar, había un vacío inquietante, una falta de conexión entre sus deseos y sus acciones. Fingió, como una actriz en un escenario, para no herir los sentimientos de Óscar, para mantener la ilusión de una experiencia compartida.

En las horas posteriores, mientras Óscar dormía a su lado, Cecilia se sumió en una introspección oscura. La experiencia la había dejado con una sensación de desolación, como si hubiera tocado algo que no podía comprender. Aquella noche, mientras la luna se alzaba en el cielo, las voces susurrantes en su mente parecían más presentes que nunca, como si la acosaran con su presencia ominosa.

Esa noche, en la penumbra del motel, Cecilia se enfrentó a su propia contradicción. Anhelaba la satisfacción, pero no en los términos convencionales de la sociedad. Sus deseos la impulsaban hacia lo retorcido, hacia la crueldad y la manipulación. A pesar de su decepción, aquella experiencia no hizo más que avivar su necesidad de explorar su lado más oscuro, de encontrar el placer que solo podía hallar en la agonía de otros.

A las 8 de la mañana siguiente, salieron del motel y se dirigieron cada uno a su hogar. En el centro de la ciudad se despidieron, ya que Cecilia tenía algunas compras que hacer para sus abuelos. Mientras caminaba hacia el supermercado, comenzó a escuchar voces susurrantes en su cabeza. Le decían que necesitaba hacer sufrir a alguien para sentirse plenamente ella misma.

Mientras Cecilia avanzaba por el camino, un perrito de mirada triste se acercó, buscando comida y cariño. Sus ojos parecían reflejar la vulnerabilidad que solía atrapar la atención de Cecilia. De manera instintiva, su mano se posó sobre la cabeza del animal, acariciándolo con suavidad. Una chispa se encendió en su interior, pero esta vez no era el mismo fuego de ira que solía arder en su pecho. Era algo diferente, algo más oscuro y perturbador.

Sintiendo empatía momentánea por el pequeño perro, decidió llevarlo consigo. A pesar de que lo alimentó y le brindó un momento de calidez, su destino era mucho más siniestro de lo que el animalito podría haber imaginado. Ingresaron juntos al bosque, el lugar donde las sombras se alargaban y ocultaban sus acciones de la mirada del mundo.

Con el pobre animal a su lado, Cecilia entró en su oscuro ritual. La víctima inocente se convirtió en el lienzo de su maldad interna, y cada acto que infligió fue como una gota en el vaso de su propia liberación. La sensación de poder que experimentaba al controlar la vida y la muerte, al infligir dolor y desesperación, era algo que no podía entender del todo.

A medida que la violencia se desplegaba, algo extraño comenzó a suceder. Una sensación ardiente, un calor que parecía emanar de sus entrañas, se extendió por todo su cuerpo. Como si cada acción terrible que realizaba estimulara una reacción física, sintió cómo el calor se filtraba por sus poros. Era una experiencia casi extática, una mezcla confusa de placer y culpa, una fusión aterradora de emociones y sensaciones contradictorias.

El pobre perro, sin entender lo que ocurría, era el receptáculo de sus deseos más oscuros. Cada gemido del animal, cada mirada de súplica, parecían alimentar la extraña sinfonía que resonaba en el alma retorcida de Cecilia. Y entonces, un grito emergió de sus labios, un gemido de placer retorcido que desafió toda lógica y moral. Un grito que dejó escapar el torbellino de emociones y placeres que la consumían.

En ese momento, en medio de aquel bosque sombrío, Cecilia sintió que tocaba un clímax inexplicable. Un éxtasis siniestro, alimentado por el dolor que causaba, la necesidad de control y el poder sobre la vida y la muerte. La línea entre la realidad y su propio placer retorcido se volvía borrosa, y sus sentidos parecían desvanecerse en una especie de trance oscuro.

A medida que el pobre animal cedía ante la violencia que le había infligido, sus propias emociones encontraban una liberación macabra. Los límites entre el bien y el mal se difuminaban en ese momento de catarsis, mientras Cecilia luchaba por comprender cómo había llegado a este punto, cómo había encontrado placer en el sufrimiento ajeno.

Después de todo, aquello no era amor, no era venganza, era una perversión que le ofrecía una satisfacción siniestra. Y mientras el perro yacía a su lado, su respiración entrecortada y sus gemidos agonizantes, Cecilia quedó sumida en un conflicto interno. Entre el horror de lo que había hecho y la satisfacción retorcida que experimentaba, su mente se balanceaba en un abismo emocional del que no podía escapar.

Comprendió que su satisfacción personal estaba vinculada con la agonía de otros. Esta revelación marcó un punto de no retorno en su oscuro camino. Ahora sabía lo que tenía que hacer para sentir esa culminación de emociones. A partir de ese momento, cada encuentro con Óscar se convirtió en una oportunidad para sus macabros deseos.

Unos días después, llegó el momento de tomar decisiones importantes. Debían elegir a qué universidad asistirían juntos. Cecilia estaba emocionada por la idea de salir de su zona de confort y experimentar cosas nuevas en la universidad. Planeó su viaje a la Universidad Nacional de Río Cuarto para estudiar medicina veterinaria. Su fascinación por la anatomía animal, algo que había ocultado mientras torturaba a sus víctimas, era el motor que la impulsaba hacia esta carrera.

El día finalmente llegó. Con sus pertenencias empaquetadas y el alquiler en Río Cuarto asegurado, Cecilia se llenó de anticipación por lo que le deparaba este nuevo capítulo de su vida. Las clases de ambientación comenzaron, y Cecilia entró a su aula con una sonrisa en el rostro, lista para conquistar este nuevo entorno. Sin embargo, las reacciones a su presencia no fueron como esperaba. Algunos la ignoraron por completo, lo que la frustró enormemente.

Justo cuando parecía que su intento de manipulación había fracasado, una compañera se acercó y la invitó a unirse a su grupo. Cecilia aceptó sin dudar y se unió a Michel, Laura y Sofía, estudiantes de diferentes provincias. Durante un café, compartieron sus historias y motivaciones para elegir la carrera. En medio de sus engaños, Cecilia se hizo pasar por una apasionada de los animales y la anatomía.

La vida universitaria no era lo que había imaginado. A pesar de sus intentos de manipulación, las relaciones interpersonales no eran tan fáciles de construir como en la secundaria. Sin embargo, Cecilia descubrió una casa abandonada en el campus, un lugar escondido y desolado donde nadie parecía entrar. Los animales de la universidad comenzaron a desaparecer uno por uno, alimentando sus necesidades retorcidas y ocultando sus crímenes detrás de su fachada de solidaridad.

La oscuridad en el corazón de Cecilia continuaba expandiéndose, alimentada por sus terribles deseos y la satisfacción que encontraba en la crueldad. La dualidad en su ser la hacía oscilar entre la fachada de una estudiante universitaria común y corriente y la depredadora que anhelaba el sufrimiento ajeno. Pero su ansia insaciable de satisfacción no se calmaba, y mientras más oscuro y retorcido se volvía su comportamiento, más necesidad sentía de encontrar nuevas formas de saciar su sed.

Era como si un fuego ardiera dentro de ella, exigiendo ser alimentado constantemente. La manipulación, la tortura y la crueldad se habían convertido en su forma de vida. Pero incluso cuando se sumergía en esas acciones macabras, encontraba que el placer que buscaba no duraba. Se consumía y se desvanecía, dejándola vacía y ansiosa por más. Esa búsqueda constante la llevó a un nuevo nivel de obsesión.

Los animales que desaparecían en la universidad eran solo un pretexto para satisfacer sus instintos más oscuros. Cada vez que cometía uno de esos actos, experimentaba una sensación momentánea de euforia, como si hubiera encontrado un escape temporal de sus pensamientos y deseos incesantes. Pero, como cualquier adicción, esa euforia se desvanecía rápidamente, dejándola con un anhelo aún más profundo.

La casa abandonada que había descubierto se convirtió en su santuario secreto, un lugar donde podía dar rienda suelta a sus impulsos más oscuros. El ambiente sombrío y silencioso de aquel lugar parecía alimentar su sed de crueldad. Allí llevaba a cabo sus rituales macabros, atormentando a las criaturas que había atrapado y disfrutando del espectáculo de su sufrimiento. Cada grito y cada súplica parecían avivar el fuego de su propia satisfacción, aunque solo fuera por un momento.

Pero incluso en medio de su oscuridad, la mente de Cecilia no era ajena a la contradicción. Había momentos de lucidez en los que se encontraba atrapada en un torbellino de emociones conflictivas. A pesar de sus deseos retorcidos, una parte de ella seguía siendo consciente de la moralidad y la humanidad que debía reprimir. Estas luchas internas solo alimentaban su obsesión, como si la tensión entre lo que quería hacer y lo que sabía que estaba mal hiciera que el placer fuera aún más intenso.

Su ego crecía con cada acto cruel, cada vez que manipulaba a alguien o veía el miedo en los ojos de sus víctimas. Se sentía invulnerable, como si pudiera moverse entre las sombras sin ser detectada, como si fuera una diosa de la oscuridad. Pero, al mismo tiempo, el miedo a ser descubierta y enfrentar las consecuencias la acosaba constantemente. La sensación de estar al borde del precipicio, de que su mundo secreto podría colapsar en cualquier momento, solo aumentaba la adrenalina de sus actividades siniestras.

Su terrible obsesión la consumía, y esa necesidad compulsiva de satisfacción la llevó a buscar nuevas formas de expresar su lado oscuro. Cada día se convertía en un desafío para mantener su fachada en la universidad y luego retirarse a su mundo secreto de tormento y placer retorcido. A pesar de los riesgos y la lucha interna, Cecilia había cruzado una línea de la que no parecía poder volver atrás. Su camino hacia la oscuridad la había convertido en una criatura de impulsos siniestros, y cada día que pasaba solo la acercaba más al abismo de su propia depravación.

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Comments

Nayvi Moreno

Nayvi Moreno

Creo que Cecilia se perdió entre el "bien" y el "mal", ya que tiene momentos de lucidez mental que indica su mal proceder y al mismo tiempo es el deseo de hacer sufrir y acabar con una vida lo que la mantiene extasiada 😳
Será esquizofrenia paranoide lo que tiene Cecilia?🤔

2024-09-20

2

Salome Peña

Salome Peña

pobres personas y animales , me quedé sin palabras

2024-09-02

1

Tania Solsol Rengifo

Tania Solsol Rengifo

me quedé boba

2024-08-09

1

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