7.

La llamada se había cortado justo en ese momento, pero no tenía que saber más; desperté a todos y les pedía que llenaran sus mochilas con toda la comida que pudieran; dos de las enfermeras sobrevivientes que estaban en nuestro grupo de 8, tenían las mochilas llenas de medicamentos básicos y de curación entre otras cosas, así que los demás nos encargamos de cargar con comida.

Lo difícil sería salir de la cafetería, pero a pesar de todo eso, no nos causó el problema que creíamos, el problema fue, cuando hicimos ruido y una de nuestras mochilas chocó con el barandal de metal provocando un enorme eco, no lo dudamos ni un momento más y salimos corriendo escaleras arriba; al parecer, su oído era muy sensible, pues aparecieron rápidamente.

Aún faltaban algunos pisos, así que de verdad que nos costó trabajo llegar hasta el techo donde, una vez ahí, atrancamos la puerta; pude ver el helicóptero del ejército y me sentí aliviada, sólo que el ruido, alertó un poco más a los leprosos, quienes, sin consideración, rompieron la puerta.

Mi corazón se aceleró, y cuando mi hermano me ofreció la mano para subir no dude en tomarla de inmediato. Después, se subió Alice, Andrew y algunos más, pero la desgracia siempre viene acompañada de las cosas buenas, y mientras el señor James intentaba subir, uno de los leprosos lo tomó de la pierna y lo mordió, junto a mi hermano, intentamos subirlo, pero la fuerza de todos ellos hizo que su mano se resbalara de las mías y lo vi caer al vacío.

Sentí el dolor de su pérdida, la punzada en mi pecho por su horrible muerte, siendo él, uno de los más entusiasmados por poder salir del hospital. El señor James había sido nuestro eterno mentor, un señor de unos 70 años que era muy bonachón, siempre sonriente y lleno de energía para su edad, había sido mi profesor favorito.

Sentí los brazos de Jay abrazarme con fuerza, yo le regresé el abrazo, aguanté mis lágrimas, no quería llorar, no aún; a pesar de que el olor a mugre y sudor de su uniforme junto con mi cabello anaranjado, esponjado y amontonado en mi nariz me estuvieran sofocando, no me separé, era el mayor consuelo que podía sentir en estos momentos, los fuertes brazos de mi hermano mayor.

—¿Dónde están papá y mamá? —pregunté bajito, sin separarme del abrazo.

—Están en el almacén donde todos nos estamos refugiando, a donde iremos, ellos están bien, se alegrarán de verte… aunque apestes.

—Tu no hueles precisamente a rosas.

—Me alegro de verte Maryam.

—Me alegro de verte Jacob.

El camino al almacén de alimentos en donde se refugiaron me hizo sentir tranquila, al menos por le momento, sin duda, la mejor manera de escapar del infierno en la tierra, era volar en el cielo.

Andrew tallaba su rostro con pesadez, tenía sueño, pero todo este tiempo había preferido contenerse a algo tan descuidado como el sueño, mientras tanto, Alice estaba recargada en mi hombro, dormitando.

Las enfermeras Lucil y Tyna miraban hacía abajo, a lo que alguna vez fue su hogar, pero ahora estaba perdido. Eliot, otro de nuestros sobrevivientes, simplemente se había acomodado en su asiento, mirando sus botas, él era un guardia de seguridad que, si les era sincera, creí que no sobreviviera, siendo él, de los primeros en la puerta; tal vez, sus continuas escapadas al baño para dormir, le habían salvado su trasero.

Cuando el helicóptero descendió un poco lejos del almacén, corrimos a la zona segura, usarlo era muy riesgoso, así que vi como sus pilotes se despendían con condescendencia del vehículo que probablemente habían pilotado por mucho tiempo.

Pude ver el almacén, grande, con barda de metal y concertinas hasta arriba, se veía un poco oscuro, acabado por le tiempo y un mal mantenimiento.

Al entrar, el olor a moho y humedad me hizo sentir sofocada, pero era mucho mejor que sentir desde la distancia la bodega en donde nosotros nos deshicimos de nuestros propios desechos.

Busqué a mis padres con la mirada, pero a pesar de todo, sólo veía a los militares, más y más militares, unas cuantas personas que lucían normales, tal vez familia; y de entre todas esas personas, estaba la melena rubia y ligeramente esponjada de mi padre, corrí hacía ella y la abracé, ella se sorprendió, pero me devolvió el abrazo; ella olía a su perfume, rosas, y yo me sentí mal por oler a vagabundo, pero al parecer, no le importó, porque lloró abrazada a mí. Cuando levantó la vista, vi sus ojos azules algo hinchados y rojizos, a su lado, estaba a mi padre, mirándome con el mismo rostro triste, sus canas y su barba las había extrañado mucho, había estado fuera con mi hermano por mucho tiempo, así que el verlo ahora, justo en uno de los peores momentos de la humanidad me hizo sentir, de alguna manera, a salvo.

Igualmente me abrazó y dio un sonoro beso en mi cabeza.

—Sabía que mi chiquita sobreviviría, no te rendirías tan fácil.

—Sólo sobreviví pensando en que debía de verlos una vez más.

—Lo sé, y que bueno que lo hiciste.

Me separé de su abrazó, miré su uniforme de militar y recordé una pregunta que me ha estado rondando por la cabeza durante todo este tiempo.

—Papá ¿Qué está pasando?

—No lo sé cariño, y si lo supiera, no podría decírtelo, en cualquier momento nos informarán sólo lo básico.

Aquella respuesta no era lo que estaba buscando, por haber pasado todo lo que pasé, me debieron de dar una respuesta más concreta, eso me molestó un poco.

En ese momento, se escuchó la voz grave de un hombre a través de un megáfono, me costaba escucharlo, pero era mejor que atraer a los leprosos.

—Sabemos que todos deben de preguntarse qué está sucediendo y creanos cuando les decimos que nosotros no sabemos; sólo sabemos esto —el hombre se veía bastante confiado, con imponencia, podría decir que estaba demasaido calmado para la situación— Y es que no se deben de alarmar, esto sólo puedo mutar si son mordidos, rasguñados o entra alguna de las secreciones que esas cosas sueltan, en heridas abiertas.

—¿A que se refiere con mutar? —preguntó una fuerte voz un poco más lejano a mí, la de un chico de aproximadamente 1.80 de estatura, cabello negro y algo rizado, que estaba flanqueado por dos chicas, una más alta que la otra, la más alta de cabello negro lacio y la más pequeña de cabello color rosa y ondulado, por su rostro, podría decir que era asiática.

—Si tomaron la vacuna contra la pandemia que azotó el mundo —dijo con desdén, como si fuera obvio— están infectados, si tomaron agua del grifo, están infectados, si el agua con la que se bañaron entro a su boca, están infectados, lo que quiere decir que el virus está inactivo, pero cualquiera de las cosas que mencioné con anterioridad, puede afectar.

Los murmullos se escucharon en todo el almacén, haciendo eco, el chico que pregunto solo resopló y se volteo a las chicas.

Pero a mi me preocupaba otra cosa, todo lo que él había dicho tenía sentido, pero… ¿Por qué estaría en el agua? Porque razón, nos la darían de beber.

Miré a mamá, quien se veía preocupada, miré a papá, quien estaba algo molesto y luego a mi hermano, sus rostros podían parecer los de cualquier ciudadano angustiado o enojado… pero para mí no, para mí significaba algo más… y era que ambos me estaban ocultando algo.

Algo que definitivamente no era nada bueno, algo que yo, específicamente no debía de saber… y no sólo eso, algo que la población debía de ignorar.

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