Extrañamente, los días viernes no eran mis favoritos, y la razón más sencilla para que los odiara era que, a la mayoría de las personas normales, un fin de semana indicaba fiestas, ruido, mucho ruido, en conclusión, mis paredes retumbarían toda la noche por el ruido de las bocinas de mis vecinos, sin importarle que yo fuera la única persona que podría salvarles el trasero, desvelarse cuando ya lo estás no es lo mejor para un médico.
Mi trabajo era en el MedStar Washington Hospital Center. Me iba bien en ello, no me quejaba, y tenía grandes amigos como lo eran Alice y Andrew, podían ser un poco excéntricos, pero sin duda eran un gran apoyo y soporte en mi vida.
A pesar de la pandemia, la sala de urgencias parecía estar bastante tranquila a comparación de otras veces, pero todos sabemos que el decir esa clase de cosas en voz alta traían una mala vibra, no quería ver esta sala llena de enfermos llenos de lepra, no otra vez.
Desde que aquel virus mutó, las cosas cambiaron bastante, como el cambio de humor en los pacientes y las múltiples heridas en la carne que asemejaban a úlceras de lepra, sabíamos que no era eso, fue una buena deducción el pensar así, pero al ver que la bacteria que lo provocaba no se encontraba presente lo descartamos.
Puedo dejar en claro, que el trabajar con toda esa clase de cosas me ponían ligeramente mal, pero con el tiempo aprendí a soportarlo. Los guantes que tenemos que usar todo el tiempo han comenzado a provocarme alergia, no sabría por qué; cada vez me cuesta más trabajo respirar cuando le añaden capas y capas de mascarilla, antes, no era necesario trabajar con tanto, pero lo acepto, he tenido que ver a varios compañeros míos marcharse por el simple hecho de haber tenido un contacto un poco más directo que el que debería de ser.
Sentada en la silla de la estación de enfermería mientras escribía un reporte, sentí el dolor en mi espalada y trasero, estar la mayor parte del tiempo encorvada escribiendo no me hacía bien, y cuando me levantaba de la silla, parecía haber desaparecido lo poco de trasero que me quedaba en mi retaguardia.
Una vez más, suspiré y levanté mis brazos al techo en busca de una especie de liberación cuando hacía esto. Vi a Alice llegar hacía mí con cansancio, se podía notar en las ojeras debajo de sus ojos que había tenido una noche pesada, que no había podido dormir lo suficiente y que estaba anhelando a que su turno terminara. Unos cuantos cabellos de color chocolate caían en su rostro, sus dos trenzas, una a cada lado de su rostro, estaban casi desechas; dejó caer la carpeta en la estación, y después recostó su cabeza en esta misma.
—Estoy harta —dijo en un suspiro para después bostezar— sólo unas horas más y todo mi martirio habrá terminado.
—¿Te mandaron a urgencias? —pregunté, sin mirarla, estaba casi terminando mi reporte.
—Sí, no entienden que ya me quería ir, urgencias esta tan tranquilo.
—¡Cállate! —la miré mal— eso trae mala suerte, en unos momentos esta sala estará de llena de personas que requieren de tu atención.
—¡No! ¡No más leprosos! —se quejó, levantó su rostro e hizo una pataleta— no quiero ver más úlceras supurando.
—Debiste de haberte callado, en cualquier momento sonarán las ambulancias.
Y así como lo dije, las sirenas de las ambulancias comenzaron a sonar cada vez más cerca. Terminé de escribir mis últimas líneas mientras escuchaba a Alice quejarse, cuando terminé, cerré todo y amarré mi cabello en un moño alto lo mejor peinado; Alice hizo lo mismo, a diferencia de que hizo uno con cada trenza, quedando estos por debajo de sus orejas.
Alice Smith era apenas dos años menor que yo, ella tenía 29 años, y a pesar de parecer muy infantil, era muy inteligente, logró muchas cosas en un periodo corto de tiempo, siendo ella una cirujana ortopedista en busca de que especializarse.
Cruzó los dedos y cerró sus ojos mientras repetía la oración "Sin huesos rotos, sin huesos rotos" una y otra vez, observé las pocas pecas en su rostro, las que se podían ver en donde las mascarillas y protecciones no cubrían. Yo sonreí al verla, ella era mi mejor amiga, mi más grande compañía.
Me acerqué a la puerta de emergencias, esperando a los pacientes, fue impresionante la manera en la que una tras otra, tras otra ambulancia llegaba, un sentimiento extraño me produjo náuseas, algo que nunca me había sucedido.
El primer paciente lo recibí yo, con sólo mirarlo, sabía que iba a necesitar de ayuda. Como esperaba, era una de las personas infectadas por el virus mutado, pero lo sorprendente, fueron las marcas de mordidas y los trozos faltantes de carne.
¿Qué se podía hacer en una sala de emergencias abarrotada? Necesitaba una cirugía, aquello se había vuelto de vida o muerte en el momento en el que su corazón falló.
Alice, Andrew un par de enfermeras y más equipo, subió a la sala de operaciones. Tratamos de hacer todo lo posible, la sangre salpicaba, pues las úlceras se reventaban, las secreciones ensuciaban todo a su paso, por primera vez, agradecía que estaba rodeada por muchas capas de protectores.
A pesar de los protectores, podría deducir que Alice se veía enferma, esta clase de cosas no eran lo suyo, pero a pesar de eso, se quedó hasta el final. Andrew no había dicho ni una sola palabra que no fuera sobre la cirugía, pero lo poco que podía ver de él, me decía que igual que Alice, se sentía enfermo, nunca nos había tocado algo como esto.
Yo tenía la ventaja sobre todo aquello, tanto tiempo en la sala de urgencias me ha llevado a ver cosas peores, cosas más sangrientas y un poco más... extrañas.
La desesperación me corría por el cuerpo, el hombre sobre aquella mesa de metal estaba perdiendo la vida y no sabíamos porque, todo lo estábamos haciendo como se debía.
Una taquicardia, llegó de repente, fue eso lo que se lo llevó, cuando el monitor dejó de sonar, suspiré, estaba tan manchada de sangre que mi bata había dejado de ser azul. Todos nos miramos, las cosas habían pasado de una manera tan extraña que nadie sabía por donde empezar. Mantuve mis manos arriba, esperando que algo me iluminara, por alguna extraña razón, estaba en una especie de shock.
Pero no fue una luz lo que me iluminó, sino un sonido, el pitido del monitor que nos decía que el pulso había regresado a aquella persona. Miramos desconcertados la máquina, como este subió de uno hasta tener una taquicardia y después bajó de repente, hasta permanecer vivo, en un numero imposible. Su corazón latía dos veces cada 10 segundos y su respiración... parecía que no lo hacía.
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