Yasmin Safi (19) no nació para ser invisible.
En Kabul no hay hielo, solo polvo. Pero ella creció obsesionada con ser campeona de patinaje sobre hielo. Cuando consigue una beca para irse a Toronto, Canadá, deja todo atrás.
Bonita, muy sensual, inteligente, astuta y peligrosa, Yasmin sabe que nadie le va a regalar nada. Si tiene que seducir, mentir o destruir para llegar al oro, lo hará.
En el Toronto Ice Club, entre princesas millonarias que la odian, dos hombres caerán por ella:
Daniel Leblanc (22), el príncipe bueno que puede darle un futuro.
Alexei Volkov (31), el coreógrafo ruso que le enseñará a usar su cuerpo y su maldad como arma en el hielo.
Ella no quiere ser querida. Quiere ser reina. Aunque tenga que patinar sobre hielo negro.
#patinaje #afgana #villana
NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 9 - Provinciales
Faltaban dos semanas para provinciales y yo dormía cuatro horas.
Me despertaba a las cuatro, corría a la pista, patinaba con Alexei hasta las siete, iba a clases de inglés que pagaba el gobierno, volvía a patinar a las cinco de la tarde con el grupo y a las nueve limpiaba las cuchillas de Alexei y le llevaba el café que siempre me decía que estaba frío.
Bajé tres kilos. Maya decía que se me veían los huesos de la espalda.
Alexei me cambió la música. Ya no era piano con tambores. Ahora era una canción con violín que empezaba lento y terminaba muy rápido. Me dijo: "Esta eres tú. Empiezas como niña buena y terminas como mala."
Me enseñó un salto nuevo. Un lutz. Me caí veinte veces el primer día. Me salió morado hasta en el hombro.
Daniel no me escribió en tres días después de lo del auto. Al cuarto día me esperó afuera del club con un chocolate caliente.
"No te escribí porque Alexei me dijo que te dejara tranquila", me dijo.
"¿Ahora le haces caso a Alexei?"
"Le hago caso cuando tiene razón. Te va a sacar del club si sigues conmigo en público."
Me dio el chocolate. Estaba muy caliente. Me quemé la lengua.
"¿Y en privado?", le pregunté.
Me miró. No contestó con palabras. Se acercó y me acomodó el gorro que se me había movido. Me rozó la frente con los dedos. Tenía los dedos helados.
"Después de provinciales", me dijo. "Después hacemos lo que quieras."
Yo le dije que sí. Porque entendí que tenía razón. Si quería ganar, no podía ser la chica que besaba al hijo del dueño en el estacionamiento. Tenía que ser la que ganaba.
Chloe no me hablaba. Pero hacía cosas. Un día me escondió el USB con mi música. Lo busqué una hora antes de mi turno. Maya lo encontró en la basura del baño de hombres, todo mojado.
Otro día me aflojó un tornillo de la cuchilla. Me di cuenta porque el patín me hacía un ruido raro. Si no me doy cuenta, me caigo en plena competencia y me rompo el tobillo.
No le dije a Thompson. Se lo dije a Alexei.
Alexei no se enojó. Se rió.
"Bien", dijo. "Ahora sí te tiene miedo. Cuando te ignoran, no vales nada. Cuando te sabotean, vales mucho."
Me apretó el tornillo él mismo con una llave que traía en el bolsillo. Me dijo: "Revisa siempre todo antes de salir. Patines, vestido, música. Como si fueras a la guerra."
La noche antes de provinciales no dormí. Me quedé en la pista después de que todos se fueron. José me dejó quedarme media hora más.
Puse mi música. La del violín.
Patiné sin vestido, con mallas viejas y con el gorro puesto. Hice todo el programa. Me caí una vez en el lutz. La segunda vez me salió. No perfecto, pero me salió.
Cuando terminé, estaba sola y jadeando y con la nariz moqueando por el frío.
Grité. Un grito corto, sin palabras. Me salió del estómago.
Alexei estaba en la puerta otra vez. Como siempre. Como si supiera cuando iba a gritar.
No aplaudió.
Me dijo: "Mañana no patines para ganar. Patina para que Chloe se arrepienta de haber nacido."
Me reí. Me salió una risa fea, con moco.
"¿Así se motiva a la gente en Rusia?", le dije.
"No. Así se motiva a la gente como tú."
Me fui a mi casa caminando. Eran las once de la noche y hacía menos veinte. No sentía frío.
Maya me estaba esperando con sopa instantánea.
"¿Lista?", me preguntó.
"No."
"Bien. Las listas pierden."
Me puse la sopa en las manos para calentarme. Tenía diecinueve años, un vestido rojo roto que había cosido yo misma, unos patines con un tornillo flojo que ya había apretado y una canción de violín que empezaba lento.
No tenía nada más.
Y por primera vez, sentí que con eso bastaba.