En el continente de Saderia, un lugar mágico, hermoso y medieval todas las razas de seres convivían en paz. Pero la raza de los dragones por su prepotencia , decidieron ellos ser la raza dominante y comenzó una guerra con los humanos, elfos, trolls y Orcos gigantes. Cuando los dragones estuvieron a punto de ser derrotados la reina de los dragones hizo un ritual y creó en el círculo del fin al primer y único sangre de Dragon conocido como El Oscuro. Este ser salvó a los últimos 4 dragones y los repartió por todo el continente. 100 años después un joven llamado Reinders es la primera reencarnación de El Oscuro el cual se encuentran de casualidad uno de los cuatro dragones en una chica ,comenzó así su aventura , su enfrentamiento con su destino.
NovelToon tiene autorización de Alejandro Romero Robles para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 10: EL RUGIDO DEL GIGANTE Y LA ESPADA DORADA.
El cielo sobre el Frente Norte del valle de Gunhllar de noche se había quebrado en dos. El viento, cargado de polvo y maná distorsionado, soplaba como un animal herido. Las cinco Runas del Círculo del Fin ardían suspendidas en el aire, girando lentamente sobre el campo de batalla, alterando la realidad misma. A cada giro, el suelo se fragmentaba y reconstruía, como si el mundo se negara a permanecer entero. El sonido metálico de espadas, gritos y rugidos retumbaba hasta donde alcanzaba la vista. Humanos y trols gigantes se enfrentaban en una guerra tan brutal que el aire olía a hierro y furia. Reinders respiró profundo mientras su espada Coleman brillaba con un leve resplandor azulado.
—Esto… esto ya no es una simple batalla —murmuró, sintiendo cómo el fuego azul dentro de él se agitaba.
A su alrededor, las cuatro chicas combatían cada una en su posición. Mar, la de cabello blanco y mirada tranquila, extendía sus manos, congelando lanzas enemigas y creando muros de hielo para proteger a los arqueros humanos.
—¡Reinders! ¡No te quedes mirando! —gritó mientras una ola de escarcha se extendía por el suelo—. Si mueres ahora, tendré que resucitarte y volver a matarte yo misma.
Estu, con sus brazos envueltos en un resplandor metálico, reía como si disfrutara el caos.
—¡Déjalo! Está observando la pelea de los “grandes”! ¡Tal vez por fin aprenda algo!
Elsa, cubierta por una capa de magma vivo, respondía lanzando llamaradas.
—Sí… algo como “cómo morir aplastado por un trol de veinte metros”.
Reinders sonrió con cansancio. Incluso en medio de la guerra, esas tres podían discutir como si estuvieran en una taberna. A unos metros, Creta, en su forma de Emperatriz Dragón, era una visión imposible de ignorar: su cuerpo irradiaba energía y sus escamas negras amarronadas cubrían sus brazos. Acababa de derrotar al tercer “Dedo de Chin”, dejando un cráter donde antes había un bosque.
—Listo. Tres menos —dijo con voz profunda—. Pero algo me dice que lo peor recién empieza.
Como si el mundo escuchara sus palabras, una sombra gigantesca se alzó en el horizonte.
Los soldados humanos se detuvieron. Los trols retrocedieron instintivamente. Un rugido atravesó la atmósfera, tan potente que partió nubes y detuvo corazones.
—¡CHIN GIGANTE EN EL CAMPO! —gritó un mensajero, antes de que el eco del rugido lo arrastrara al suelo.
El general trol era una montaña de músculo y piedra viva, su piel gris azulada cubierta de tatuajes rúnicos que brillaban con fuego rojo. Cada paso que daba hacía temblar el suelo; cada respiración, levantaba ventiscas. Frente a él, avanzando entre las líneas humanas, un hombre con armadura dorada caminó con calma, su capa blanca ondeando como una bandera de desafío. Drop. El capitán humano y uno de los dos líderes de la guerra. Su sola presencia hacía que los soldados se enderezaran, que las llamas se contuvieran. Sus ojos eran fríos, calculadores, y su aura… tan densa que incluso el aire se comprimía a su alrededor.
—Así que tú eres el legendario Chin Gigante —dijo Drop, deteniéndose a unos metros del coloso.
—Y tú… el humano que mató a un dragón hace veinte años —gruñó Chin, su voz un trueno.
Reinders se quedó helado.
—¿Qué dijo…? ¿Drop… mató a un dragón?
Creta frunció el ceño, sus ojos encendidos.
—Eso no es posible… los dragones desaparecieron hace cien años.
Drop desenvainó su espada: una hoja larga, de tono dorado pálido, que emitía un sonido bajo, como un corazón latiendo.
—No lo maté. —Su voz era firme, casi solemne—. Lo sellé. Era un amigo que había perdido el control.
Chin levantó su martillo de guerra, un bloque de hierro rúnico del tamaño de una casa.
—Entonces muéstrame si sigues siendo digno del título de “Rey de la Guerra”.
El silencio duró solo un segundo antes de que el mundo explotara. El primer choque fue tan violento que una onda expansiva barrió decenas de metros a la redonda. Los soldados humanos salieron volando, los troles se cubrieron el rostro. El aire se rompió como vidrio. Reinders y las chicas se cubrieron.
—¡Por las runas…! —gritó Elsa, mientras su magma se agitaba—. ¡¿Eso fue un golpe o un terremoto?!
Drop giró sobre sí mismo, desviando un segundo golpe con un movimiento casi invisible. El impacto lanzó chispas doradas y fragmentos de piedra. Chin reía, cada carcajada una detonación.
—¡Más fuerte, humano! ¡No he sentido un golpe así desde hace siglos!
Drop no respondió. Movía su espada con precisión quirúrgica, cortando las corrientes de maná que emanaban del martillo de Chin. Su cuerpo brillaba con un resplandor dorado, señal de su Transformación de Rey de la Guerra que le otorga una armadura de guerra de color rojo y dorado con un casco con una gran melena Blanca.
Reinders observaba con fascinación.
—Eso es… el rango Élite.
Su corazón latía con fuerza. Podía sentirlo, el maná del campo reaccionando al de Drop, como si obedeciera a una ley superior. Creta, sin apartar la vista, habló con voz baja:
—No es solo poder. Es dominio absoluto del flujo de maná. En ese estado, el cuerpo y el alma se funden.
—Entonces… —dijo Reinders— ¿es eso lo que me falta para despertar el fuego azul por completo?
—Sí —respondió ella—. Volverte uno con tu fuego. Y pagar el precio.
La batalla continuaba. Chin golpeó el suelo con su martillo y el terreno se elevó como un puño. Drop saltó, girando en el aire, y descendió en una línea dorada. Su espada cortó el aire con un rugido que imitaba el de un dragón.
—¡Arte de Guerra: Corte del Sol Naciente!
Una línea de luz atravesó el cuerpo de Chin, que retrocedió gruñendo. Pero al instante, su piel rúnica se regeneró.
—Impresionante —gruñó el trol, sonriendo—. Pero mi carne fue bendecida por la reina de las montañas. ¿Podrás cortarla dos veces?
Drop aterrizó con elegancia, su expresión inmutable.
—Dos, tres o cien. No me importa. Solo necesito una oportunidad para sellarte.
Los dos volvieron a chocar. Los relámpagos dorados y las ondas rojas llenaron el campo de batalla. Los árboles ardían, el cielo rugía, y cada golpe era como una campana anunciando el fin del mundo. En medio de la locura, Reinders se adelantó unos pasos. Mar lo detuvo del brazo.
—¡Es una locura acercarse!
—Lo sé. Pero si no lo veo de cerca, nunca entenderé cómo alcanzarlo.
Sus ojos azules ardían con el reflejo del fuego.
—Algún día yo también… quiero que el mundo tiemble cuando respire. Creta lo observó con una sonrisa orgullosa.
—Entonces mira bien, Reinders. Ese hombre… será tu primer maestro.
Chin rugió, el suelo tembló. Su martillo descendió como una montaña cayendo del cielo. Drop cruzó su espada en defensa. El impacto fue tan colosal que un anillo de energía se expandió, arrasando filas enteras. Ambos se empujaban con fuerza sobrehumana. Chin sonrió.
—¡No puedes vencerme, humano! Mi poder viene de la tierra misma. ¡Mientras haya suelo bajo mis pies, jamás caeré!
Drop lo miró sin expresión.
—Entonces te lo quitaré.
Su espada brilló con más intensidad. El suelo bajo Chin se fracturó, convirtiéndose en un vacío. El gigante cayó un par de metros, perdiendo equilibrio. Drop aprovechó el instante y hundió su espada en el hombro del coloso. Un rugido ensordecedor llenó el aire. Sangre rúnica, roja y luminosa, cayó como lluvia.
Los soldados humanos gritaron de júbilo.
Pero la alegría duró poco. Las runas del Círculo del Fin comenzaron a girar más rápido, respondiendo al dolor del trol. Una energía oscura, antigua y densa emergió del suelo. Chin levantó el rostro, los ojos inyectados de fuego.
—¡YO SOY LA VOLUNTAD DE LAS MONTAÑAS!
Su cuerpo creció aún más, la carne fusionándose con la piedra. Ahora era una criatura mitad trol, mitad tierra viva. Drop retrocedió, su respiración irregular.
—Esto… —susurró Reinders— es poder más allá del rango Élite…
Creta negó con la cabeza.
—No. Es desesperación.
Chin golpeó de nuevo. Drop apenas logró detenerlo, pero fue lanzado decenas de metros, atravesando tres murallas de energía. Su armadura estaba rota, su espada temblaba en su mano. El silencio volvió.
Reinders sintió que su cuerpo se movía solo, el fuego azul comenzando a brillar en su pecho.
Pero antes de que pudiera intervenir, Drop se levantó, riendo suavemente.
—No está mal… Chin Gigante.
El coloso gruñó.
—¿Sigues de pie?
—No he enseñado aún mi golpe final.
Drop levantó su espada, el oro tornándose blanco.
—Arte de Guerra Supremo… Espada Dorada del Juicio.
El aire se detuvo. Todo el maná del campo se reunió en la hoja.
Chin, rugiendo, cargó su último golpe.
Las luces chocaron. El oro y el rojo se fundieron en una explosión tan brillante que el día se convirtió en noche por un instante.
Cuando el polvo se disipó, ambos estaban de pie, jadeando.
El martillo de Chin estaba hecho pedazos.
La espada de Drop, agrietada.
Ambos sonrieron.
—Empate —dijo el trol.
—Empate —respondió el humano.
Y cayeron de rodillas al mismo tiempo.
Los ejércitos se miraron sin saber si seguir luchando, o rendirse ante el espectáculo que acababan de presenciar. Reinders avanzó unos pasos. El fuego azul dentro de él se agitaba, como respondiendo a un nuevo llamado. Drop levantó la vista y sonrió débilmente.
—¿Ves eso, chico? Ese… es el precio de un rey de la guerra. No es poder… es voluntad.
Reinders asintió, apretando los puños.
—Lo entenderé, capitán. Lo prometo.
Creta lo miró de reojo.
—Así empieza tu verdadero camino, sangre de dragón.
Y mientras las runas se desvanecían lentamente, el viento llevó consigo el eco del rugido de Chin y el resplandor de la espada dorada de Drop. El mundo sabía que esa batalla… era solo el preludio de algo mucho más grande.