LGBT ⚠️➕🔞 NO DENUNCIAR 🔞➕⚠️ si no le gusta el contenido simplemente no leer....
NovelToon tiene autorización de kircha para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
7: la noche q no espero
Sauching llegó al Eclipse Residences pasadas las dos de la mañana. El día había sido interminable: reuniones con inversionistas japoneses y extranjeros, inspección sorpresa en el nuevo hotel de Kyoto vía videollamada, llamadas de emergencia de la gerencia de Singapur por un problema con proveedores, y para rematar, una cena de negocios que se extendió hasta que el último invitado se fue tambaleando de tanto sake. Cuando entró al apartamento 3801 con su llave maestra, el cuerpo le pesaba como plomo y la mente aún zumbaba con números, contratos y caras sonrientes que ocultaban puñales.
La luz del pasillo estaba apagada. Solo una lámpara tenue en la sala dejaba un resplandor ámbar que se extendía hasta el dormitorio. Yougmin estaba despierto. Sentado en el borde de la cama, con las piernas cruzadas y una camiseta negra holgada que le llegaba a medio muslo. No llevaba nada más. El cabello revuelto, los ojos somnolientos pero alerta. Había estado esperando.
Sauching se detuvo en el umbral del dormitorio. Lo miró en silencio durante varios segundos. Yougmin no dijo nada. Solo sostuvo la mirada, respirando un poco más rápido de lo normal.
—Pensé que estarías dormido —dijo Sauching al fin, voz ronca por el cansancio y algo más oscuro.
Yougmin se encogió de hombros apenas.
—No podía.
Sauching se quitó la chaqueta con movimientos lentos, casi mecánicos, y la dejó caer sobre una silla. Luego la corbata. Los gemelos. La camisa se abrió botón a botón mientras avanzaba hacia la cama. Yougmin no se movió. Solo observaba cada centímetro que se acercaba, el pecho subiendo y bajando con más fuerza.
Cuando Sauching llegó frente a él, se detuvo. Extendió una mano y le rozó la mandíbula con el pulgar, un toque que no era tierno, pero tampoco brusco. Solo posesivo. Yougmin cerró los ojos un instante, inclinándose apenas hacia esa mano.
—Quítate la camiseta —ordenó Sauching en voz baja.
Yougmin obedeció sin dudar. La tela se deslizó por su cabeza y cayó al suelo. La luz ámbar pintaba sombras suaves sobre su torso delgado pero definido, sobre las costillas que se marcaban ligeramente con cada respiración agitada, sobre los moretones que ya empezaban a desvanecerse y los nuevos que Sauching había dejado noches atrás.
Sauching se inclinó. Sus labios rozaron el cuello de Yougmin, justo donde latía el pulso rápido. No besó. Solo respiró allí, caliente, deliberado. Yougmin soltó un sonido ahogado, un jadeo que se le escapó sin permiso.
Las manos de Sauching bajaron por sus costados, firmes, recorriendo la cintura, las caderas, hasta enganchar los dedos en la cintura elástica de la ropa interior que Yougmin aún llevaba. Un tirón lento, controlado. La prenda bajó por los muslos, dejando piel expuesta al aire fresco de la habitación. Yougmin tembló, no de frío.
Sauching lo empujó hacia atrás con suavidad pero sin dar opción a resistirse. Yougmin cayó de espaldas sobre las sábanas, el cabello extendiéndose como tinta negra sobre la almohada blanca. Sauching se quitó lo que quedaba de ropa con la misma precisión con la que hacía todo: sin prisa, sin torpeza. Cuando se tendió sobre él, el contraste de sus cuerpos fue inmediato: piel caliente contra piel caliente, peso contra entrega, control contra rendición.
No hubo palabras innecesarias. Solo respiraciones que se aceleraban, manos que se aferraban, cuerpos que se buscaban con una urgencia que no necesitaba explicación. Sauching lo giró con facilidad, colocándolo de rodillas, pecho contra las sábanas, caderas elevadas. Yougmin se mordió el labio inferior, anticipando. Sintió el roce deliberado, la preparación lenta pero implacable, el momento exacto en que Sauching decidió que ya era suficiente.
La primera embestida fue profunda, medida, pero sin piedad. Yougmin arqueó la espalda, un gemido ronco escapando de su garganta, ahogado contra la almohada. Sauching lo sujetó por las caderas con fuerza, dedos hundiéndose en la carne suave, marcando territorio una vez más. El ritmo empezó lento, casi torturador, cada movimiento diseñado para que Yougmin lo sintiera todo: la longitud, la presión, el calor que lo llenaba por completo.
Luego aceleró.
El sonido de piel contra piel llenó la habitación, mezclado con jadeos entrecortados y gemidos que ninguno de los dos intentaba contener. Sauching se inclinó hacia adelante, pecho contra espalda, labios rozando la nuca sudorosa de Yougmin. Mordió suavemente el lóbulo de la oreja, solo lo suficiente para arrancar otro sonido roto del chico debajo de él.
Yougmin temblaba. Las manos apretadas en las sábanas, los nudillos blancos. Cada embestida lo empujaba más cerca del borde, lo hacía arquearse más, lo hacía suplicar en silencio con el cuerpo. Sauching cambió el ángulo apenas, lo suficiente para que el placer se volviera casi insoportable. Yougmin se tensó de golpe, un grito ahogado salió de su garganta mientras su cuerpo se convulsionaba, derramándose sobre las sábanas sin que nadie lo hubiera tocado allí.
Sauching no paró. Siguió moviéndose, más profundo, más rápido, persiguiendo su propio límite. Cuando llegó, fue con un gruñido bajo contra el cuello de Yougmin, el cuerpo entero tenso, derramándose dentro de él con una última embestida que dejó a ambos sin aliento.
Se quedaron así varios segundos. Sauching aún dentro, pecho subiendo y bajando contra la espalda de Yougmin, respiraciones sincronizadas por el agotamiento. Luego salió con lentitud, provocando un último estremecimiento en el chico. Yougmin se derrumbó boca abajo, temblando, el cuerpo brillante de sudor, las piernas flojas.
Sauching se tendió a su lado, de espaldas, mirando el techo. No lo abrazó. No dijo nada dulce. Solo respiró profundo, dejando que el silencio los envolviera.
Yougmin giró la cabeza hacia él. Los ojos todavía vidriosos, las mejillas sonrojadas.
—¿Estás… bien? —preguntó en voz baja, casi un susurro.
Sauching lo miró de reojo.
—Ahora sí.
Yougmin cerró los ojos. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, se dibujó en sus labios.
Sauching extendió una mano y le apartó el cabello sudoroso de la frente. Un gesto mínimo. No era ternura. Era reconocimiento.
—Duerme —dijo simplemente.
Yougmin asintió, exhausto.
Se durmió casi de inmediato, el cuerpo relajado por primera vez en horas.
Sauching se quedó mirando el techo un rato más. El cansancio del día se había disipado, reemplazado por una calma extraña. No era paz. Era posesión satisfecha.
Se giró hacia Yougmin, observó cómo respiraba tranquilo, cómo las marcas en su piel parecían más suaves bajo la luz tenue.
Y por un segundo —solo un segundo— pensó que tal vez, solo tal vez, cincuenta millones no habían sido tanto después de todo.
Luego cerró los ojos.
La noche terminó sin más palabras.
Solo dos cuerpos entrelazados en la oscuridad, uno reclamando, el otro entregándose.
Y la ciudad allá abajo, indiferente, siguió girando.