En la efervescente Buenos Aires colonial, donde el dominio de poder se pierde en las redes del amor, la obsesión y la lucha de clases. La posesión colisionan en una época de profundos cambios y un latente anhelo de libertad.
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Capitulo 7: Distancia.
Los días se arrastraron pesados, unos tras otro, difuminándose en una rutina gris. Esperanza desde aquella noche decidió mantener la distancia. Cumplía con sus tareas en la hacienda con diligencia desde entonces pero sus pasos nunca la llevaron de vuelta a la casona. La memoria de aquella noche, el frío del suelo bajo sus rodillas y el amargo sabor de la humillación, seguían en ella demasiado presente para atreverse a rozarla de nuevo.
Mientras tanto, en los susurros de la hacienda, una noticia comenzó a correr como un reguero de pólvora, un chismorreo que se extendía de boca en boca entre los sirvientes y los esclavos. Se decía que el joven amo emprendería un nuevo viaje. Un viaje de regreso a aquellas tierras lejanas de dónde provenía su linaje,no por placer, sino para un propósito mayor, formarse en un hombre importante como su padre. La noticia era una mezcla de alivio para Esperanza que con solo pensar en volver a ver esos fríos ojos azules se le congela la piel.
Leonardo partió. Su viaje lo llevó a las alturas de la sociedad, hospedándose bajo la corona e iniciando una carrera militar y política brillante. Con el tiempo, se convirtió en un hombre de distinción honorable, correcto, sereno, inteligente y astuto. Murmullos de admiración lo seguían a donde quiera que fuese, muchos aseguraban que era un hombre sin errores, poseedor de uno de los estatus sociales más altos y poderosos.
Su presencia era imponente. La melena rubia caía sobre sus hombros con una gracia innata, y su porte increíble de caballero inspiraba respeto en todos. Pero eran sus poderosos ojos azules los que verdaderamente cautivaban, brillando con una intensidad que combinada con su figura robaba el suspiro de cualquier dama que se cruzara en su camino.
Una tarde, en una suntuosa fiesta tribal ofrecida por la corona, los sentidos de Leonardo fueron despertados por el esplendor del evento. El aire vibraba con música y el aroma de manjares desconocidos, mientras una sucesión de regalos exóticos llegaban de los rincones más lejanos del mundo para deleite de la realeza.
En medio de este despliegue, un hombre presentó un obsequio peculiar, era un animal salvaje encerrado en una jaula de hierro. La criatura se debatía con una furia desatada, sus movimientos cargados de una fuerza letal. Fue en ese preciso instante que algo captó la atención de Leonardo. El animal era un felino de piel oscura como la noche, sus dientes y garras amenazaban con una furia letal. Y entonces, sus ojos... Aquellos ojos verdes que destellaban con una naturaleza salvaje, indomable, le trajeron a la mente el recuerdo de aquella esclava de ojos verdes y piel oscura.
En ese instante, sus labios se curvaron por milésimas de segundo en un gesto casi imperceptible. ¿Cómo pudo acordarse de algo tan insignificante? Un disgusto repentino, agrio y frío, nació en él. Aquel recuerdo, la imagen de una simple sierva, le pareció una ofensa a su mente privilegiada.
Un hombre de la corte se acercó y susurró en su oído: "Lo espera el consejo, eminencia". Leonardo lanzó una última mirada al felino enjaulado, una mirada que no era de compasión, sino fría y despiadada.