Samantha no encaja en los estándares, y está cansada de que el mundo se lo recuerde a cada paso: en el espejo, en las miradas ajenas, en las palabras que duelen más de lo que muestran. Pero detrás de cada inseguridad hay una fuerza callada. Y cuando el nuevo profesor llega a su vida con una mirada distinta —una que no juzga, que no exige, que desea— todo comienza a cambiar.
Lo que empieza como una atracción silenciosa se convierte en algo que ninguno de los dos esperaba.
¿Podrán mantenerse al margen de lo prohibido? ¿O hay cosas que, aunque quieran ocultarse, terminan por estallar?
Una historia de deseo, ternura y valentía.
Porque a veces el amor no llega cuando te sentís lista… sino cuando por fin dejás de esconderte.
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Capítulo 6 — Un segundo más de lo normal
Samantha
La primera clase del día comenzó con la voz quejumbrosa de Clara y su cara medio enterrada en la bufanda.
—¿Por qué me dejaste beber anoche? —susurró entre dientes, apenas entramos al aula—. Sabías que era miércoles.
—Te dije tres veces que no era buena idea —respondí, sin poder evitar reírme.
—Y aun así me dejaste ser feliz por una noche. Qué clase de amiga eres.
Rodé los ojos y saqué mi cuaderno. Clara apoyó la cabeza sobre el brazo mientras farfullaba que jamás volvería a confiar en un cóctel rosado servido en vaso de plástico. Yo, en cambio, no había bebido nada. Nunca me sentía cómoda tomando en lugares con mucha gente. Y, si soy sincera, parte de mí solo había ido para no dejarla sola. Lo había hecho más por ella que por la fiesta en sí.
El aula estaba casi llena cuando el profesor Herrera entró con su carpeta bajo el brazo. Saludó con un gesto breve y se ubicó frente a la computadora del escritorio.
—Buenos días —dijo con voz firme, sin levantar demasiado el tono—. Hoy vamos a continuar con el trabajo en grupos. La idea es avanzar al menos con un primer boceto.
Todo en él era igual al martes anterior. Distante, correcto, profesional. Ni una palabra de más. Ni una sonrisa de menos. Era como si nada existiera fuera de ese momento académico. Cosa que, claro, era lo correcto. Lo esperable. Lo lógico.
Y sin embargo… no sé por qué me costaba tanto dejar de mirarlo cuando se agachaba a revisar algo en la computadora. O cuando caminaba por el aula con las manos en los bolsillos. O incluso cuando se pasaba una mano por el cuello como si intentara relajarse.
Yo no estaba enamorada ni nada por el estilo. Apenas era una pequeña fijación inútil, de esas que se te cuelan en la cabeza sin pedir permiso. Nada más.
—¿Sabes que sigue oliendo bien? —murmuró Clara, ahora un poco más despierta.
—¿Quién? —pregunté, fingiendo desinterés.
—¿Quién va a ser? El profesor, obvio. Qué injusto que alguien tenga cara, voz y perfume de protagonista de novela. No me parece.
Le di un codazo leve, pero ambas sonreímos. A pesar de la resaca, Clara no perdía su humor.
La clase avanzó rápido. Estuvimos ajustando los detalles del diseño en la computadora, intercambiando ideas mientras intentábamos que las fuentes y los colores no se mataran entre sí. Cuando me concentraba en el trabajo, me olvidaba de mí. Me olvidaba de los rollos, de las comparaciones, del peso. En ese mundo hecho de píxeles y capas, solo existía la composición.
Pero entonces llegó el final.
El profesor anunció que era hora de guardar avances, que la próxima clase vería los resultados.
—Recuerden respaldar todo y enviarme una captura del progreso al correo —dijo, mientras recogía sus cosas.
La mayoría empezó a cerrar programas y guardar mochilas. Clara ya estaba levantándose cuando noté que algo mío seguía abierto: el archivo anterior, una especie de plantilla que había usado para practicar. Me quedé un minuto más, organizando carpetas.
Cuando me di la vuelta para guardar mis cosas, él estaba al lado.
—¿Todo bien con el programa? —preguntó con tono tranquilo.
—Sí, ya estaba cerrando —respondí, bajando la vista hacia la pantalla.
Él asintió, y por alguna razón, no se alejó de inmediato. Se apoyó levemente en el borde de la mesa mientras observaba el monitor.
—Buen uso del espacio —comentó, señalando el diseño—. Me gusta cómo equilibraste la composición sin sobrecargarla.
—Gracias —dije, sintiendo que me ardían las mejillas.
Hubo un segundo más de silencio. Tal vez fue solo eso: un segundo más de lo normal. No hizo nada raro. No dijo nada inapropiado. Solo mantuvo la mirada un momento más antes de alejarse con una sonrisa leve.
—Nos vemos el martes.
—Sí… nos vemos.
Y se fue.
Yo me quedé ahí sentada, con la computadora apagada y el corazón latiendo más rápido de lo que me parecía lógico.
No fue gran cosa. Solo un comentario. Un segundo. Pero a veces, esos segundos son suficientes para cambiar el ritmo de un día.