Durante cinco años, creí que tenía al marido perfecto. Le abrí las puertas de mi familia, le confié la empresa de mi padre y soñé con tener un hijo con él.
Hasta que descubrí quién era la mujer que cuidaba a mi padre.
Había sido su esposa. Tenían un hijo. Y ninguno de los dos pensaba contármelo.
Mientras yo intentaba salvar nuestro matrimonio, ellos preparaban su salida.
Ahora me toca fingir. Sonreírle a mi marido. Tenerla a ella cerca. Dejar que ambos crean que sigo sin enterarme de nada.
Porque no pienso salir de esta historia con las manos vacías. Quiero saber qué hicieron con el dinero de mi familia, recuperar mi lugar y decidir cómo termina mi matrimonio.
Esta vez, las decisiones las tomo yo.
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Capítulo 6
Capítulo 6. Una carrera que no era suya
Renata volvió a leer el mensaje de Bruno.
Durante un instante le costó dejar de pensar en el hotel. Tenía todavía aquella habitación delante, la cara de Javier, la pregunta de Lucía. Luego miró las cifras que Bruno le señalaba y la sensación cambió.
Las rutas del reloj no eran solo una línea sobre un mapa.
Había tiempos, distancias, datos que debían corresponderse. Bruno había encontrado diferencias que no podía explicar con lo que Damián decía hacer cada mañana.
Renata le pidió que se lo mostrara.
Lo escuchó sin interrumpir. No entendía todas las cifras a primera vista; él tuvo que compararlas para que viera dónde estaba el problema. Cuando lo vio, volvió a las fotos que había tomado del reloj.
No había cambiado nada en ellas desde que las guardó. Era su manera de mirarlas la que acababa de cambiar.
—¿Eso quiere decir que no corre? —preguntó.
—Quiere decir que hay que ver qué hace cuando sale.
Renata agradeció, sin decirlo, que no le ofreciera una conclusión más grande de lo que podía comprobar.
Ya se había apresurado una vez con Camila. Después había creído que encontrar a Damián en la oficina servía para tranquilizarse sobre todo lo demás. No quería repetir el mismo recorrido: asustarse, encontrar una explicación que le gustara y regresar a donde había empezado.
Se pusieron de acuerdo.
Renata podía avisar de cuándo salía Damián y mantener en casa una normalidad que no lo hiciera cambiar de planes. Bruno comprobaría a dónde iba.
Aquella mañana lo vio prepararse para correr.
La ropa deportiva. El reloj. Los movimientos corrientes de alguien que había repetido lo mismo muchas veces. Damián no parecía pendiente de si ella lo miraba.
Renata intentó no fijarse demasiado en su muñeca.
Cuando se fue, se quedó un momento escuchando el silencio que dejaba. Luego tomó su celular.
Ya había salido.
Envió el mensaje a Bruno.
No había querido convertir aquello en una prueba de confianza. Tampoco lo era. Si su marido corría, volvería con una certeza que podía sostener. Si no corría, por lo menos dejaría de mirar una pantalla esperando que los datos se explicaran solos.
Bruno comenzó a seguirlo.
* * *
Damián llegó a un edificio de departamentos.
Bruno mantuvo la distancia. Miró hacia la entrada y después hacia la calle, intentando no quedarse fijo en un solo punto.
Podía haber una explicación para entrar allí. No sabía todavía cuál era. Lo que esperaba comprobar no era lo que decía un letrero en la puerta, sino si Damián seguía después la ruta de sus carreras.
Apareció otro hombre.
Se conocían. No hubo una presentación ni el tiempo que llevaba explicarle a un desconocido qué se esperaba de él.
Damián se quitó el reloj.
Bruno se fijó en el movimiento. La correa, la mano extendida, el aparato que pasó de una persona a otra.
El otro hombre se lo puso.
Poco después empezó a correr.
Damián se quedó en el edificio.
Bruno tardó unos segundos en volver a mirar la calle. Había estado buscando una diferencia entre las cifras. Ahora tenía delante una diferencia mucho más sencilla: el hombre que llevaba el reloj ya no era el dueño.
* * *
Renata lo escuchó contar lo sucedido.
Al principio no comprendió la frase.
—¿Le dio el reloj?
Bruno asintió.
—Y el otro salió a correr con él.
Miró su propio teléfono, como si necesitara tener de nuevo la ruta delante. Una carrera guardada con una fecha. El esfuerzo de otro cuerpo registrado como si hubiera sido el de su marido.
Podía mostrarle las cifras. Podía decirle cuánto había tardado, por dónde había ido. Ella habría visto el dibujo y no habría tenido razones para pensar que los pasos los dio otra persona.
No se trataba de olvidar una fecha o de equivocarse al decir cinco meses.
Había entregado el reloj.
Lo demás tenía que ocurrir después: alguien lo llevaba, recorría una distancia, se lo devolvía. Al final, él regresaba a su casa con el registro de una mañana que no había pasado corriendo.
Hipócrita.
La palabra le vino antes de poder ordenar una pregunta. Le había hablado con la misma voz de siempre. Había salido delante de ella, vestido para hacer ejercicio, sin que se le notara el trabajo que llevaba sostener aquella mentira.
Renata apoyó las manos sobre la mesa.
—¿Y él qué hizo?
Bruno no le dio un nombre de mujer ni le dijo en qué departamento había entrado. No tenía esa información.
Renata tuvo que aceptar el límite.
Ya sabía que había mentido. No sabía con quién estaba.
Bruno añadió otra cosa. Había averiguado que Damián tenía un auto a su nombre. Una compra reciente.
Renata levantó la cara.
—¿Qué auto?
Le dio los datos que había conseguido. Ella no lo conocía. No recordaba haberlo visto, no recordaba que su marido le hablara de comprarlo. Pensó en las cosas que él sí le contaba sin que se las pidiera: una reunión que se alargaba, un problema de trabajo, el ejercicio de la mañana.
Un auto entero había quedado fuera.
No quería quedarse hablando de la fotografía. La foto ya no era el único motivo que tenía para desconfiar.
Pero seguía sin tener a nadie delante a quien pudiera señalar.
Al volver a casa miró el lugar por el que Damián había salido a correr. Le pareció absurdo que la puerta no mostrara ninguna diferencia. Todo estaba igual. Una podía descubrir que su marido fingía hasta sus carreras y tener que poner después las llaves en la misma mesa.
Fue a buscar la fotografía.
Camila no le había dado la respuesta. Natalia tampoco. Los mensajes de su marido eran correctos y el reloj había resultado una manera de cubrir sus movimientos.
Tenía que encontrar algo que él no pudiera explicar solo con hablar.
Pensó en el olor.
En el club, Natalia había llegado con un perfume que se distinguía incluso entre el aire de las canchas y las bebidas sobre la mesa. Era imposible acercarse sin notarlo. Algunas personas dejaban una presencia así, antes de decir una palabra.
Renata recordaba olores con facilidad. Podía reconocer uno después, en otro sitio, sobre otra ropa.
No necesitaba que una mujer se presentara como amante. Necesitaba poder acercarse lo suficiente.
Eligió un perfume que le resultara inconfundible.
Lo probó y esperó a que pasara la primera impresión. No quería una fragancia cualquiera que le sonara familiar. Quería saber cuál era incluso sin ver el frasco.
La reconoció al volver a acercar la muñeca.
En casa la usó en la ropa de Damián.
Mientras lo hacía, tuvo que detenerse una vez. Allí estaban sus camisas. Las había visto sobre él, en una silla, entre las cosas limpias. Había pasado junto a ellas durante años sin pensar a quién se acercaba su marido mientras las llevaba puestas.
Ahora buscaba que una cercanía dejara una marca.
No podía ir oliendo a cada mujer que trabajaba con él sin una razón para estar cerca. Se imaginó haciéndolo en un pasillo y le dieron ganas de dejar el frasco.
Tenía una casa. Era su esposa. Podía recibir gente.
Cuando le habló a Damián de organizar una reunión para los empleados, no mencionó el reloj.
—Invítalos —dijo—. Siempre los ves trabajando. Podemos hacer algo aquí.
Él escuchó la idea. Renata siguió hablando de recibirlos, de que pasaran un rato, de que también le vendría bien a él.
Le estaba ofreciendo una forma de agradar al personal. De dejarse ver en su casa, acompañado por una esposa atenta, en un ambiente en el que no había que abrir una computadora.
Damián aceptó.
Renata volvió a guardar el perfume.
Ya no necesitaba seguir una línea en el mapa.
Necesitaba abrir la puerta y esperar.