Elías tiene 19 años. Pospone la universidad por la muerte de su hermana y se va a Moonvale a trabajar de bibliotecario de día y mesero de noche.
Una noche encuentra dos bebés abandonados en la biblioteca. Nadie los reclama. Si los deja, irán a un orfanato. Decide criarlos como suyos.
Lo que no sabe es que Lyra y Milo no son normales. Crecen muy rápido, aúllan a la luna y sus ojos brillan como lobos. Son hombres lobo, los últimos Alfa.
Ahora tiene que comprar una cabaña en el bosque, aprender a ser papá lobo, protegerlos de los cazadores del pueblo y no enamorarse del veterinario que le está ayudando a criarlos.
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CAPÍTULO 5 - Primer aullido
No me di cuenta de que era luna llena hasta que Marta me lo dijo.
—Elías, hoy no dejes a los niños solos —me advirtió en la mañana, dejando pan—. Luna llena trae cosas raras al bosque.
Me reí. Pensé que hablaba de supersticiones de pueblo. No entendí que hablaba de mis hijos.
Pasé el día normal. Biblioteca abierta, Lyra y Milo gateando entre cajas, yo con el moño alto que me hizo Silas porque era el único que no se soltaba.
Antes de dormir revisé el vidrio. Había una grieta fina desde la noche anterior, justo donde Lyra había aullado más fuerte. No era grande, pero dejaba pasar viento.
Pensé en lo que me dijo Don Héctor en El Ciervo: que si seguía con ruidos raros en la biblioteca, tendría que cerrar. No por malo, por miedo. Moonvale no está acostumbrado a cosas que no entiende.
Me até el cabello de nuevo, firme, porque si se me soltaba de noche me daba más frío en la nuca.
A las cinco cerré y los llevé a la casa. Les di papilla de ciervo, los bañé en la tina pequeña, les puse pijamas que me regaló Marta.
Marta me había dejado un gorro tejido para cada uno, pero no les gustaba. Se los quitaban a tirones. Preferían el frío en la cabeza. Entendí que su cuerpo regula distinto.
A las nueve ya estaban dormidos. Yo también me acosté, rendido, en el colchón del suelo con ellos al lado.
Me despertó un sonido que no era llanto. Era vibración.
Lyra estaba sentada en la caja, con los ojos abiertos, amarillos encendidos, mirando la ventana. No lloraba. Tenía la boca abierta y de su garganta salía un aullido agudo, largo, que hacía temblar el vidrio.
—Lyra —susurré—. ¿Qué haces?
No me escuchó. Siguió aullando. Milo se despertó de golpe y se le unió. Un aullido más ronco, más grave, como si le costara sacarlo.
La ventana empezó a vibrar. Un libro se cayó del estante.
Los tomé a los dos en brazos para calmarlos. En cuanto los toqué, sentí que quemaban otra vez, pero distinto. No era fiebre de enfermos, era calor por dentro, como si tuvieran una estufa en el pecho.
—Ya, ya —les dije—. Tranquilos, estoy aquí.
No funcionó. Lyra aulló más fuerte y la ampolleta del techo parpadeó.
Corrí a la puerta trasera y la abrí. El patio estaba iluminado por la luna llena, blanca, enorme, justo encima de los pinos. Nunca la había visto tan grande en Moonvale.
Los saqué al frío como me enseñó Silas. En cuanto el aire helado les tocó la cara, el aullido cambió. Ya no era queja, era llamado.
Y el bosque contestó.
Tres aullidos lejanos. Uno tras otro. No eran perros.
Lyra se retorció en mis brazos. Le miré las orejas y ya no eran orejas de bebé. Eran puntiagudas, cubiertas de pelo fino. Milo igual. Les temblaba todo el cuerpo.
—¡Silas! —grité, sin pensar. Mi voz se quebró—. ¡Silas!
No esperaba que me escuchara. Su cabaña está a diez minutos cruzando el bosque.
Pero a los dos minutos vi una linterna entre los pinos. Silas venía corriendo, en pantalón de dormir y chaqueta abierta, descalzo sobre la nieve.
—¿Están transformándose? —preguntó sin saludar.
—No sé —dije—. Están aullando y no paran y tiemblan.
Se arrodilló y les tocó el pecho a cada uno. Les escuchó el corazón pegando su oreja.
—Es la primera luna llena consciente —dijo—. Su cuerpo quiere cambiar entero y no sabe. Hay que cansarlos.
—¿Cansarlos cómo?
—Que corran.
Me miró el moño.
—¿Puedes correr con ellos en brazos?
—Sí.
Corrimos. Dimos tres vueltas al patio pequeño, con Lyra y Milo aullando en mis brazos. Parecía ridículo. Yo con pijama y moño alto, con dos bebés que aullaban a la luna, y un veterinario descalzo corriendo a mi lado gritando "más fuerte, que se cansen".
A la tercera vuelta, Lyra dejó de aullar y se rió. Se rió a carcajadas, con su voz de bebé, y sus orejas volvieron a ser redondas por un segundo.
Milo bostezó enorme y se le vieron colmillos más largos que en la mañana. Luego también se rió.
Se les pasó. Como una rabieta.
Nos tiramos los tres al suelo nevado, agotados, respirando humo blanco. Yo con el moño chueco y la cara helada, Silas con los pies rojos de frío y temblando.
—Mamá, luna —dijo Lyra, señalando arriba, acurrucada contra mi pecho.
—Sí —dije, sin corregirla esta vez—. Luna grande, mi amor.
Milo me abrazó la pierna y dijo:
—Mamá, frío.
—Ya nos metemos —le contesté.
Silas se levantó y me ofreció la mano. Me levantó con fuerza.
—Lo hiciste bien —dijo—. No los escondiste. Los sacaste a aullar. Eso es lo que tu hermano no hizo —me dijo la última parte casi en susurro, para sí mismo.
Entramos a la casa. Les puse mantas, les froté grasa en el pecho y se durmieron al instante, agotados.
Silas se quedó en la puerta.
—Mañana el pueblo va a hablar —dijo—. Todos escucharon. Van a decir que tienes coyotes en la biblioteca.
—Que digan lo que quieran —dije. Estaba demasiado cansado para tener miedo.
—Si dicen algo de tu pelo o de que no eres padre suficiente, me avisas —dijo—. Yo voy y les digo que soy veterinario y que los niños están más sanos que cualquiera de acá.
—No tienes que defenderme siempre —le dije.
—Sí tengo —contestó—. Porque cuando te dicen cosas, tú te atas más fuerte el moño y te callas. Alguien tiene que hablar.
Se fue corriendo de vuelta a su cabaña, con la linterna bailando entre pinos.
Me miré en el vidrio empañado de la ventana. Moño deshecho, ojeras, pijama con leche seca, dos bebés lobo dormidos encima mío.
Por primera vez, no me vi raro ni fuera de lugar. Me vi exactamente como lo que soy ahora.
Mamá lobo con moño, con luna llena afuera y dos crías que por fin dormían tranquilas.