Cinco años atrás, Agustina perdió al amor de su vida. Hoy, Louis ha regresado.
Lo que él no sabe es que tiene un hijo.
Y acaba de salvarlo.
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La vida no es como un cuento de hadas
Louis lo observó detenidamente.
—Oh… tú eres el pequeño —dijo con una sonrisa.
Leo metió la mano en el bolsillo y sacó un caramelo.
—Tenga. Es de naranja. A mí me gustan mucho —dijo sonriendo.
Louis lo tomó.
—¡Gracias! Qué raro… a mí también. Solo me gustan los caramelos de naranja.
—¿En serio? Son muy ricos, ¿verdad, señor?
—Sí.
Leo bajó un poco la mirada.
—Está bien. Por mi culpa un auto lo golpeó… —dijo tristemente.
Louis sonrió.
—Estoy bien, pequeño. Solo tengo una costilla rota, pero es algo que se cura. ¿Y tú qué haces aquí?
—Nada. Vine con mi tía porque mamá no quiso traerme. Dice que los niños pequeños no podemos ir a su lugar de trabajo.
Leo lo observó unos segundos.
—¿Y usted por qué está enojado?
Louis soltó una pequeña risa.
—Digamos que mi esposa no deja de molestarme.
—¿Acaso no la quiere?
Louis se quedó pensativo.
—¿Querer?
—Sí. Eso que sientes cuando amas a una persona y hace que tu corazón se mueva.
La sonrisa de Leo hizo que Louis se quedara en silencio.
Aquella frase le recordó a alguien.
Agustina.
La primera vez que la había visto.
Cinco años atrás
Antes de que su padre muriera, Louis había salido de paseo con él y Jacob.
—Hijo, quita esa cara. No siempre puedes estar jugando con la consola —dijo su padre con seriedad.
—Papá, en serio… este lugar es horrible —se quejó Louis.
—¿Por qué no puedes ser como tu hermano Jacob? Él está feliz.
A Louis no le importaba demasiado.
Siempre había sido el nerd de los hermanos.
Estaba molesto. Tanto que terminó golpeando la arena con frustración.
Entonces escuchó una voz.
—¡Oye! Ten cuidado —le dijo una chica, enojada.
Louis levantó la mirada.
—Perdón. Es que estoy enojado.
—¿Y tú crees que yo no? —respondió ella con seriedad.
Louis la miró sorprendido.
—¿Pasa algo?
—Me voy a vivir con mi tía.
—¿Y eso es malo? ¿Ella no te quiere?
—Sí, tiene dinero… pero no es mi familia.
Louis suspiró.
—Por lo menos tiene dinero. Mi familia es súper pobre. Fíjate que tengo que dormir con mi mellizo, mientras mi hermano mayor duerme en una tina.
La chica lo miró y comenzó a reír.
—Oye, tu familia es muy loca.
Louis también sonrió.
—¿Ves? Así es más bonito.
Actualidad
—Señor, ¿pasa algo? —preguntó Leo mientras le jalaba suavemente la ropa.
Louis volvió al presente.
—No, no pasa nada. De casualidad, ¿conoces a…?
Antes de terminar la pregunta, alguien llamó al niño.
Leo abrió los ojos.
—¡Ah! No, perdón, señor. Nos vemos otro día.
Y salió corriendo.
En el camino se le cayó su peluche.
—¡Niño, tu pingüino! —gritó Louis.
Lo levantó y lo observó con una sonrisa.
—Pororo… ¿quién más te gusta? —murmuró divertido.
En la sala de espera, una enfermera tomó una taza que estaba sobre una mesa.
—¿De quién es esta taza llena de stickers de Pororo? —preguntó enfermera
—Es mía —respondió Leo mientras la agarraba—. Mi hijo los pegó.
Agustina sonrió.
Pero cuando estaba a punto de salir, resbaló.
Louis reaccionó rápidamente y la sostuvo.
—Oye, ten cuidado —dijo entre risas.
—¡Gracias! —respondió ella, un poco tímida.
Por unos segundos, el ambiente pareció tranquilo.
Hasta que alguien entró corriendo desesperadamente.
—¡Salven a mi hija! —gritó una mujer entre lágrimas.
Louis se acercó inmediatamente.
—¿Qué le pasó?
—Está mal del corazón… pero mi esposo no quiere que la operen. ¡Ella necesita la operación!
Louis miró a Agustina.
—Al quirófano. Ahora.
La niña fue trasladada rápidamente.
—¿Quién es su pediatra? —preguntó Agustina.
—El doctor Andrés Montero —respondió una enfermera.
Mientras tanto, Andrés estaba en el patio con Mónica y Leo.
— ¿y tu peluche? —preguntó Andrés de repente.
El niño buscó a su alrededor.
—¡Ah, no! ¡Mi peluche!
Hizo un pequeño puchero.
—Descuida. No pasa nada. Te compraré uno nuevo —dijo Andrés sonriendo.
Mónica soltó una risa.
—Andrés, qué generoso.
—Claro. Todo por mi peque.
Le despeinó el cabello.
En ese momento apareció una enfermera.
—Doctor, lo necesitan en cirugía. La paciente Abi llegó por urgencias. Su corazón…
—No puede ser. Les dije que tenían que operarla de inmediato.
Andrés se levantó rápidamente y salió hacia cirugía.
En el área de cirugía, la madre de Abi lloraba desconsoladamente.
—Salven a mi hija, por favor.
—Sí, señora —respondió Agustina.
Andrés llegó corriendo.
—¿Dónde está Abi?
—Está con Louis —le indicó una enfermera.
Andrés entró al quirófano.
Allí estaba la pequeña.
—Aquí estoy —dijo Andrés.
Miró a Louis.
—Tú quédate aquí. ¿Qué le pasa?
Louis comenzó a explicarle el estado de la niña.
Andrés escuchó atentamente.
—Tendremos que operar los vasos.
La cirugía comenzó.
Mientras tanto, afuera del quirófano, la madre de Abi seguía llorando.
—Mi hija…
Agustina se acercó.
—¿Por qué su esposo no quiere que la operemos?
La mujer bajó la cabeza.
—Es ludópata. Hipotecó nuestra casa y dice que no quiere gastar más dinero. Decía que lo que le pasaba a Abi eran solo locuras.
En ese momento, un hombre entró tambaleándose.
Estaba borracho.
—¡Detengan la operación! —gritó furioso.
La mujer se levantó.
—No se puede. Abi está ahí dentro, la están operando.
El hombre la miró con rabia.
—¡Eres una idiota! ¿Sabes que no tenemos dinero para pagar este hospital?
—¡Tenía que hacerlo! —gritó ella—. ¿Crees que la vida de tu hija no vale nada?
—¡Tú y tu maldita enfermedad!
—¡No estoy enfermo! —gritó él.
Aquellas palabras hicieron que algo se rompiera dentro de Agustina.
Por un instante, regresó a su infancia.
Desde que tenía memoria, Agustina había vivido con su hermano en una casa humilde.
Sus padres discutían constantemente.
Hasta que llegó el día en que la situación se volvió insoportable.
Su padre había vendido algo que para su madre era muy preciado.
Y un día de invierno, su madre se fue.
—Mami, no te vayas… —suplicó Agustina mientras le agarraba la mano.
La mujer se agachó hasta quedar a su altura.
—La vida no es como todos creemos. Tú te quedarás con tu hermano.
Y se fue.
Nunca volvió.
Su padre decía que los había abandonado por otro hombre.
Pero Agustina siempre creyó que la culpa había sido de él.
—¡No aguanto más! —gritó Agustina.
Cuando el hombre levantó la mano, ella lo agarró del brazo y lo tiró al suelo.
—¡Usted es un desalmado!
—¿Y tú quién te crees? ¡Suéltame!
—¡Muévase todo lo que quiera! ¡No me da miedo!
Agustina no retrocedió.
—¡Estudié defensa personal durante años, maldito viejo! ¡Ahí está su hija!
El hombre quedó inmóvil.
—Que acaso ¡Usted nunca la amó! ¡Nunca la tuvo en brazos! No la quiere ver crecer.
El hombre comenzó a llorar.
—Sí…
Agustina no lo soltó.
—¿Sí qué?
—Sí quiero verla… —respondió entre lágrimas—. Pero ¿qué pasa si todo esto sale caro? ¿Qué pasa si ella queda con una herida? No tenemos una casa en condiciones, no tenemos nada… ¿y si vuelve a sentirse mal y muere?
Agustina se quedó mirándolo.
Por primera vez entendió que aquel hombre tenía miedo.
Ella había vivido toda su vida con miedo a la pobreza.
Primero en aquella casa.
Después, en la casa de su tía.
Pero también había aprendido algo:
tener poco dinero no significaba tener que perder a las personas que amas.
—Hay asociaciones que pueden ayudarla —dijo Agustina con firmeza—. Existen recursos para personas que no pueden pagar un tratamiento. Lo que usted está haciendo no la ayuda. Solo la está dejando peor.
El hombre bajó la mirada.
En ese momento, las puertas del quirófano se abrieron.
La pequeña Abi salió.
—¡Hija!
Su madre corrió hacia ella.
Los guardias llegaron y se llevaron al hombre.
Louis y Andrés salieron detrás.
Ambos observaron a Agustina.
Ella los miró confundida.
—¿Qué? —preguntó—. ¿Qué me miran, nerds?
Los dos sonrieron.
Por un instante, Louis volvió a ver a aquella chica que había conocido cinco años atrás.
La misma que había conseguido hacerlo sonreír cuando él solo quería estar solo.
Y sin saberlo todavía, acababa de acercarse un poco más a la mujer que nunca había conseguido olvidar.