Trilogía: Pecados de Élite
Libro 1: Un Corazón De Acero: El Precio De Amar
Ella es la Teniente Morgan de la Fuerza Especial de Élite Militar (F.E.E.M.), una mujer de hierro acostumbrada a tener el control. Durante años, ha construido una relación estable y segura con su novio, el capitán Cross, el hombre que representa su futuro y su puerto seguro.
Pero tras dos semanas de ausencia de ella por un luto familiar, todo cambia al volver a la base. Allí es recibida por la imponente presencia del nuevo coronel: un hombre magnético que se convierte en su tentación más oscura, un pecado inconfesable y, probablemente, su mayor error.
El verdadero peligro se revela cuando descubre la verdad: ambos hombres comparten la misma sangre.
Ahora, atrapada en un triángulo de lealtad y deseo, su mente jura que su corazón le pertenece al capitán, pero su cuerpo arde por el coronel.
Cuando el deber militar choca contra una pasión prohibida entre hermanos, el peligro aumenta.
¿Qué podría salir mal?
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Capítulo 5: Líneas cruzadas y órdenes inevitables
Victoria Morgan.
Estaba sentada en el sofá de cuero negro de la oficina de Dante, un espacio que empezaba a resultarme asfixiante. Él no dejaba de caminar de un lado a otro sobre la tarima de madera como un animal salvaje encerrado en una jaula estrecha. Sus pasos rítmicos, el sonido de sus botas golpeando el suelo y la furia muda que desprendia ya me tenían mareada y hastiada. Llevábamos una hora así, desde que salimos de la sala de juntas, y el capitán Cross no había soltado ni una sola sílaba coherente, me había arrastrado de la mano hasta su despacho sin importarle los rangos ni los testigos, y desde entonces solo lo había visto medir la habitación con furia ciega.
No pude soportarlo ni un segundo más. Me puse de pie de un salto, crucé la distancia que nos separaba y tomé sus manos con firmeza, obligándolo a detenerse y a mirarme de frente.
—Ya basta, Dante. Detente de una vez, me estás mareando —le solté, perdiendo la paciencia.
Él se zafó bruscamente de mi agarre para pasarse las manos con desesperación por la cara, despeinandose los cabellos claros antes de clavarme esos ojos azules claros, tan diferentes a los de su hermano mayor, aunque en ese momento encendidos por el peor tipo de celos.
—¿Cómo quieres que me detenga, Victoria? ¡No lo soporto! ¡Él no me soporta a mí y ahora es tu maldito superior directo! —estalló en un susurro áspero, lleno de veneno —y para colmo, tienes que trabajar con él, pasar horas a solas en su despacho... ¡Ese imbécil cree que todo el maldito mundo le pertenece, y vi perfectamente cómo te comia con los ojos en la junta!
—Dante, respira. Estás perdiendo la cabeza —le interrumpí con voz cortantes, intentando frenar su torrente de acusaciones antes de que cruzara una línea de la que no pudiera volver.
En ese preciso instante, la puerta de la oficina se abrió de golpe. Christian Frost entró acompañado por el sargento Marcus Vance. Christian cerró con cuidado tras de sí y nos miró a ambos con una mezcla de incomodidad y resignación, era el único que, por desgracia, solía ser testigo de nuestras peores tormentas de pareja.
—Lamento interrumpir el drama familiar, pero el sargento Marcus Vance ya se reportó oficialmente como tu nuevo subordinado, Capitán Cross —anunció Christian con tono neutro, antes de desviar los ojos marrones hacia mi —Vic... a ti te reclaman de inmediato en la oficina principal del Coronel. El capitán Kincaid ya está con él esperándote.
Extrañamente, sentí un profundo alivio interno ante el aviso. La perspectiva de escapar de los gritos silenciosos de Dante era el mejor incentivo del día. Asentí, mirando de reojo a mi novio, que apretaba los dientes con tanta fuerza que los músculos de su mandíbula temblaban.
—Tengo que irme. Nos vemos más tarde para cenar —le dije a Dante en un tono suave, intentando apaciguar las aguas antes de girarme hacia la salida.
Dejé al capitán Cross plantado en medio de su despacho junto a su nuevo sargento y a su amigo, confiando en que Christian lograra calmarlo un poco antes de que rompiera algo de la base.
Caminé con paso firme por los pasillos hasta llegar al despacho del Coronel. Levanté la mano y llamé dos veces a la madera oscura con los nudillos, esperando a escuchar la orden desde el otro lado.
—Adelante —respondió esa voz grave y ronca que parecía resonar directamente en la base de mi nuca.
Gire el picaporte y abrí. Dentro de la oficina, el capitán Liam Kincaid estaba de pie junto a la mesa de trabajo, revisando un mapa táctico digital. Al verme entrar, me regaló una sonrisa de apoyo, pero cuando giré el rostro hacia el escritorio principal, el aliento se me atoró en la garganta, Alec Cross estaba sentado en su sillón ejecutivo, mirándome sin el menor ápice de pudor, con una intensidad en los ojos zafiro que parecía desnudarme centímetro a centímetro.
Hice el saludo reglamentario, rígida y formal, tanto para el Coronel como para mi capitán.
—¿Me mandó llamar, mi Coronel? —pregunté, obligando a mi voz a sonar imperturbable, y lo vi sonreir por un maldito segundo.
—Así es. Tome asiento, Teniente —ordenó Alec, haciendo un gesto seco con la mano hacia la silla frente a su escritorio.
Me senté despacio. En ese momento, Liam se movió y tomó asiento en la silla contigua a la mía, estirando el brazo para apoyar una mano cálida en mi hombro en un gesto de camaradería que me hizo girarme a verle.
—¿Estás mejor tras el revuelo de la junta con Dante, Vicky? —me pregunto en voz baja.
Asentí con una leve sonrisa de agradecimiento.
—Mis sinceras condolencias por lo de su familia, Teniente Morgan —interrumpió el Coronel de repente, inclinándose hacia adelante, apoyando los codos en la madera y clavando sus ojos zafiro en los mios con una formalidad gelida que contrastaba con el fuego de su mirada.
—Gracias, Coronel... —respondi con sequedad.
—Necesito saber con total honestidad si está mentalmente capacitada para reincorporarse al servicio activo de inmediato —prosiguió Alec, evaluando cada gesto de mi rostro —esta misión contra la red italiana es de máxima prioridad, y la necesito al cien por ciento de sus capacidades. Sé que ha pasado muy poco tiempo desde el atentado contra su familia, y si requiere semanas de baja, se le concederán sin objeción... al igual que se le ofreció al capitán Morgan.
Sostuve su mirada sin parpadear, plantando cara a su autoridad.
—Se lo agradezco enormemente, Coronel, pero estoy perfectamente bien. Estar encerrada en mi apartamento o aquí sentada no va a borrar lo que pasó, así que prefiero volcar toda mi energía en mis labores operativas —replique con firmeza.
Liam me sonrió con orgullo evidente. Kincaid no solo era un excelente superior y un estratega brillante, también se había convertido en mi confidente más cercano dentro de la base. Era de los pocos hombres en todo el regimiento a los que Dante toleraba respirar cerca de mí, en parte porque sabía que Liam me aconsejaba mantener los pies en la tierra y no ceder ante los celos enfermizos de Dante...
—Como bien dictaminó el ministro Blackwood, la teniente Morgan quedara liberada de sus tareas rutinarias para sumarse de lleno al núcleo de inteligencia de la misión —retomó la palabra Alec, cambiando a un tono puramente profesional, aunque su mandíbula seguía tensa —el capitán Kincaid y mi persona la guiaremos en el proceso de análisis. Le haré llegar a su correo toda la información desclasificada sobre la estructura de la mafia que debemos desmantelar y los objetivos prioritarios que deben ser capturados sin margen de error.
—Entendido —asentí con seriedad.
—Y un detalle no menos importante, Victoria —añadió Liam, adoptando por un segundo el tono autoritario de capitán que no admitía réplicas —necesito que mantengas a raya a tu novio. Te necesito absolutamente centrada en esto, no vamos a tolerar distracciones ni berrinches de celos dentro del perímetro de operaciones. Habrá días en que nos quedaremos encerrados analizando datos hasta la madrugada, o semanas enteras en las que debas salir a campo abierto sin previo aviso.
Volví a asentir, consciente de lo que eso implicaba. Sabía perfectamente que a Dante le iba a estallar la cabeza en mil pedazos al enterarse, pero mis galones y mi vocación en la F.E.E.M. siempre habían estado por encima de cualquier romance tormentoso. Y si a Dante no le gustaba, tendría que aprender a lidiar con ello... o atenerse a las consecuencias de mi indiferencia.
—Comprendido, Capitán —respondí con absoluta seguridad.
—Bien. Retirese a su alcoba, prepare su equipo táctico y cámbiese de ropa, Teniente Morgan —ordenó el Coronel Cross, poniéndose de pie con una elegancia imponente que dominaba toda la estancia —me acompañará a mi a una reunión de reconocimiento en un recinto privado de la ciudad, necesitamos vigilar los movimientos de los emisarios italianos antes de dar luz verde formal al proyecto Titán-4. Le acabo de enviar a su dispositivo los requerimientos exactos de vestimenta para el lugar al que asistiremos. Nos vemos en el aparcar de oficiales en dos horas.
Me puse de pie de inmediato, sintiendo un nudo extraño en el estómago ante la naturaleza de la orden, y en qué Dante se enojaría por qué no cenariamos...
—A la orden, mi Coronel. ¿Me permite retirarme? —dije, haciendo de nuevo el saludo militar.
—Retírese, Teniente. No nos haga esperar —concluyó Alec, sin apartar ni un segundo esos ojos de zafiro de mi rostro.
Salí del despacho sintiendo el calor de su mirada clavada en mi espalda hasta que la puerta pesada se cerró tras de mí.
Me dirigí directamente al ala de tenientes, donde encontré a Megan conversando animadamente con Katrina Cole junto a la zona de casilleros. Ambas se giraron al verme entrar.
—Vaya cara traes, amiga. ¿Te dejó el cerebro secado el nuevo jefe? —me soltó Megan con una sonrisa burlona.
—Ha sido un día inusualmente largo y pesado —respondí con cansancio, desplomándome en el asiento frente a mi escritorio.
—Lamento mucho lo de su pérdida familiar, Teniente Morgan —terció Katrina de repente, acercándose un paso. Pero en el fondo de sus oscuros ojos marrones no había ni una pizca de empatía genuina, solo una mueca calculada y falsa.
Le devolví una sonrisa igual de fingida, ignorando su comentario y abriendo mi ordenador portátil para revisar los archivos pendientes. En ese momento, mi teléfono vibró sobre la mesa. Era una notificación directa del Coronel Cross. Abrí el archivo adjunto y vi la dirección del lugar, un restaurante exclusivo, vanguardista y sumamente clandestino en el corazón de Londres, conocido en los bajos fondos y en la alta sociedad por ser el punto de encuentro predilecto de magnates turbios, políticos corruptos y jefes de la mafia disfrazados de respetables empresarios, y de amantes que se esconden...
Recordé de golpe las palabras de Dante
"Ese maldito lugar es un nido de víboras y amantes, Victoria. Te juro que jamás te dejaré pisar un sitio así, porque ninguna mujer decente entra ahí sin vender algo".
Y ahora, por una retorcida jugada del destino y una orden directa del alto mando, tenía que infiltrarme allí precisamente del brazo del hombre que más aborrecía mi novio.
Cerré la laptop con brusquedad, me despedí de Megan y caminé hacia mi alcoba. Al entrar, me duché con agua caliente buscando calentar la extraña tensión que se había instalado en mis huesos. Al salir del baño envuelta en la toalla, me encontré con que sobre la cama ya reposaba un paquete con el atuendo formal y sofisticado que Alec me había mandado.
Era un vestido de alta costura en un tono negro medianoche, ceñido con una maestría insultante, de corte sirena, con una pronunciada abertura en la pierna izquierda y un escote en la espalda que dejaba la piel al descubierto de la forma más elegante y peligrosa posible. Un diseño que desafiaba cada una de las estrictas reglas morales que Dante me había impuesto durante nuestra relación. Genial. Si esto no era una prueba cósmica diseñada específicamente para destruirme los nervios, no sabía qué diablos era.
Llamé a la estilista de la base que el alto mando había autorizado para los eventos encubiertos. La mujer hizo su trabajo en tiempo record, me peino con ondas sueltas y sofisticadas sobre un hombro y aplicó un maquillaje sutil pero deslumbrante que realzaba mis ojos verdes. Cuando me miré al espejo por última vez, apenas y me reconocí, lucía como una auténtica femme fatale de la mafia, no como una teniente de la F.E.E.M.
—Ha quedado perfecta, Teniente Morgan. Nadie sospecharía que bajo ese vestido oculta un arma reglamentaria —susurró la maquillista con admiración.
—Lo dudo mucho... de verdad que no soy yo —murmuré para mis adentros, sintiendo un vuelco en el pecho.
—Dudo que esa sea una vestimenta adecuada para una oficial... —interrumpió de pronto una voz helada, masculina y furiosa desde el marco de la puerta abierta.
Giro la cabeza con violencia. Dante estaba allí, de pie en el marco, con el uniforme desabrochado del cuello, los ojos oscurecidos por la rabia pura y los nudillos blancos. Había entrado sin tocar, consumido por los celos.
Despedí a la maquillista con un gesto rápido, dejándome a solas con él en la habitación. Dante avanzó con pasos pesados, mirándome de arriba a abajo con una mezcla repulsiva de fascinación y repudio absoluto ante el vestido.
—¿Se puede saber qué demonios te has puesto, Victoria? ¡Sabes perfectamente lo que pienso de ese maldito lugar y de la clase de ropa que se usa ahí! —explotó en un rugido sordo, apretando la mandíbula —¡Mírame a los ojos y dime que no vas a ir a ese antro de mafiosos vestida como una cualquiera!
Me mantuve firme frente al espejo, sosteniendo su reflejo con una fría calma que lo sacó aún más de quicio.
—Tengo que ir, Dante. Es una orden directa del Coronel Cross, vamos a infiltrarnos para dar inicio oficial a la misión de inteligencia —le respondí con tono plano, sin vacilar.
—¡Te prohibo que vayas! —gritó, perdiendo el poco control que le quedaba, y se acercó para agarrarme del brazo con fuerza —¡Que vayan otras malditas mujeres a hacer de carnada si tanta falta hace, tú no vas a pisar ese restaurante! ¡No con ese vestido y menos con él!
—Quita las manos de encima de mi teniente, Capitán Cross. La única persona que da órdenes directas sobre las asignaciones de campo en esta base soy yo —resonó una voz profunda, grave e imponente desde el pasillo.
Giré el rostro hacia la puerta. El Coronel Alec Cross estaba apoyado contra el marco, cruzado de brazos, luciendo un impecable traje de gala negro que ensalzaba su imponente figura. Sus ojos de zafiro brillaban con una autoridad letal, fijos en la mano de Dante que aún apretaba mi brazo.
—Andando, Teniente Morgan. Tenemos un horario que cumplir —ordenó Alec con voz cortante, sin apartar esa mirada magnética y sin un ápice de remordimiento de mi novio —y le sugiero que recoja su dignidad del suelo, Capitán, y aprenda a respetar la cadena de mando dentro de las instalaciones militares.
Me solté de un tirón del agarre de Dante, que se quedó petrificado en medio de la alcoba, con el rostro descompuesto por la furia impotente. Pasé junto a Alec sintiendo cómo su presencia me envolvía de inmediato con ese rastro inconfundible de cuero ahumado y maderas oscuras, mientras caminábamos hombro con hombro por el pasillo de las alcobas femeninas, bajo la mirada ardiendo de celos de mi propio novio.
Las miradas que no pueden dejar de verse, aquí se las dejo