La Esposa Villana Del CEO Es Fatal
Tras morir en un accidente, una arquitecta ambiciosa y sin piedad despierta en el cuerpo de Morana Miller: la mujer gorda, despreciada y odiada de una novela que termina abandonada, despojada de sus hijos y de todo. Pero no llega antes de los errores. Llega cuando ya no hay vuelta atrás, cuando la villana que todos desprecian ya es ella.
Con disciplina férrea, inteligencia afilada y un orgullo inquebrantable, se transforma, estudia y regresa años después: hermosa, poderosa, fría y dueña de su destino. No viene a suplicar. Viene a reclamar lo que es suyo, a vengarse de quienes la destruyeron y a proteger a sus hijos —aunque para ello deba convertirse en la villana.
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Capítulo 5: La Villana Regresa
Los murmullos se apagaron cuando pronuncié mi nombre. Las miradas de admiración se congelaron, se transformaron en incredulidad, luego en espanto. Nadie podía creerlo. La mujer imponente, de cabello rojo y figura esculpida, no podía ser ella —la Morana que abandonaron aquí, pesada y sumisa, que bajaba la cabeza ante cualquier reproche.
El mayordomo, un hombre alto y delgado, la nariz siempre levantada como si el aire de la casa fuera suyo, se acercó con paso firme. No me miró a los ojos. Me miró por encima del hombro.
—Morana —dijo, y su voz goteó desprecio sin intentar ocultarlo—. No teníamos aviso de su llegada. No hay habitación preparada.
Me quedé quieta. Lo estudié. Los empleados se detuvieron a distancia, esperando la escena de siempre: disculpas, lágrimas, retirada sumisa. Pero esa mujer murió hace años.
—Insolente —dije, suave y cortante, y antes de que pudiera reaccionar, la bofetada sonó seca, nítida—. Yo soy la señora de esta casa por ley. La mitad de estas paredes, de estas tierras, de cuanto ven aquí, se adquirió durante mi matrimonio con Kim Ian. Tengo los documentos firmados y registrados. Yo decido dónde me quedo. Y no necesito que nadie me prepare nada.
El mayordomo se tocó la mejilla, los ojos encendidos de rabia contenida, pero no se atrevió a levantar la voz.
—La habitación principal… está ocupada por la pequeña Violeta. El señor Ian dispuso que la mejor ala fuera para ella. Es la hija que eligió criar.
Recordé entonces: Violeta, cinco años, hija de Dalila y un médico fallecido. La nombró su ahijada, la colocó por encima de todos. Es la protagonista en la novela original.
—Cállate —dije, y mi voz bajó un tono, cargada de autoridad—. La única descendiente legítima de esta casa es mi hija. Una niña ajena no tiene derecho a lo que es de mi sangre. Y no me hables de lo que ordenó Ian. Yo soy su esposa. Mi palabra tiene el mismo peso. Más, cuando se trata de mis hijos.
Mis ojos se posaron en Bella y Diego, en la escalinata. Bajaban la cabeza, los hombros encogidos, como si su propia presencia fuera una ofensa. Se me tensó la mandíbula, no por ternura, sino por furia fría.
—Levanten la cabeza —ordené, firme y claro—. Enderecen la espalda. Son herederos Kim. No se agachen ante nadie. ¿Por qué visten así? ¿Por qué nadie los trata como lo que son?
Un empleado mayor se adelantó, con la misma suficiencia que el mayordomo:
—El señor ordenó que las mejores telas y ropas fueran para Violeta. Los muchachos… se conforman con lo que sobra. Es lo que se ha hecho siempre.
Bella apretaba contra su pecho una muñeca de trapo, mal cosida, con el rostro descolorido. Parecía ser lo único que era suyo. La esposa del mayordomo se acercó de prisa, se la arrancó de las manos de un tirón y se la entregó a una niña que apareció en la entrada: vestida de encaje blanco, botines de cuero, el cabello peinado con esmero. Violeta.
—Para la princesa —dijo la mujer, con una sonrisa servil que se rompió en cuanto me miró de reojo.
No dudé. Le quité la muñeca de las manos a Violeta, se la devolví a Bella y me puse entre ellas.
—Nadie le quita nada a mi hija —dije, mirando a todos—. Y nadie da órdenes aquí excepto yo. A partir de este instante, esta mujer y su esposo quedan despedidos. Recojan sus pertenencias y salgan antes de que caiga la noche. No quiero verlos aquí mañana.
La mujer abrió la boca para protestar, pero yo seguí, fría y tajante:
—No es una discusión. Es una decisión tomada. Sé lo que hacen cuando el señor no está. Si no salen voluntariamente, presentaré una denuncia formal. Tengo derecho a hacerlo. Y lo haré. Eligieron mal a sus amos. Y ahora pagan el precio.
El mayordomo dio un paso hacia mí, el puño cerrado, con intención de empujarme. No me eché hacia atrás. Le esquivé el brazo, le pisé el empeine con toda mi fuerza, y cuando dobló la rodilla del dolor, lo sujeté contra la mesa de la entrada. Saqué de mi bolso un pequeño cortaplumas de arquitecta —mi herramienta diaria, afilada y precisa— y lo apoyé sobre su muñeca, sin cortar aún, pero con la presión suficiente para que entendiera que podía hacerlo.
—No me subestimes —le dije, al oído, solo para él—. Sé leer contratos. Sé defender lo mío. Y sé reconocer el abuso aunque lo escondan bajo órdenes. Toca a mis hijos una vez más y no será solo tu empleo lo que pierdas.