El Desconocido de mi Almohada es una historia de amor, misterio y autodescubrimiento que te hará cuestionar los límites entre la realidad y la fantasía.
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capitulo 5
El sol de la mañana en Seúl no calienta, solo ilumina con una frialdad quirúrgica que te hace ver cada mota de polvo en el aire. Me desperté con el sabor metálico del miedo en la garganta. El encuentro en el mercado de Namdaemun no había sido un sueño, y eso era lo más aterrador de todo. Había visto al hombre detrás de la máscara, y sabía, por la forma en que él había huido, que hoy pagaría el precio de mi osadía.
Me puse un traje negro. Negro, como si fuera a un funeral o a una ejecución. No quería parecer frágil. Mientras me anudaba el pañuelo al cuello, mis manos temblaban ligeramente. "Sé profesional, Valeria. Sé el pico que rompe el hielo, no la nieve que se deshace", me repetí frente al espejo.
Llegué a la oficina media hora antes de lo habitual, pero él ya estaba allí. Su puerta estaba cerrada a cal y canto, algo inusual incluso para sus estándares de ermitaño corporativo. El ambiente en la planta 42 era eléctrico. Las secretarias cuchicheaban y evitaban mirarme. Sentí que caminaba por un corredor de la muerte con aire acondicionado.
A las nueve en punto, mi teléfono interno sonó. La voz de su asistente, una mujer que siempre parecía estar al borde de un ataque de nervios, fue escueta:
—Señorita Valeria, el director Kang la espera. Traiga todos sus archivos. Todos.
Entré en su despacho con la cabeza alta. Min-ho estaba sentado tras su escritorio de cristal, que hoy parecía un altar de sacrificio. No llevaba el abrigo gris. Llevaba un traje negro tan oscuro que absorbía la luz de la habitación. Sus ojos eran dos rendijas de obsidiana, fríos y distantes.
—Siéntese —dijo. No fue una invitación, fue una orden.
Me senté y coloqué mi tablet sobre la mesa. Él no se movió. Se quedó mirándome durante un minuto entero, un silencio que pesaba más que el hormigón del edificio.
—Lo que pasó anoche... —empecé a decir, pero me cortó con un gesto seco de la mano.
—Anoche no pasó nada, señorita Valeria. Usted se perdió en un mercado y yo estaba cenando. Cualquier otra interpretación de los hechos es una fantasía de su parte. Una fantasía peligrosa para su carrera.
—No fue una fantasía, Min-ho. Hablamos de su abuela. Hablamos de las grietas.
Él golpeó la mesa con el puño. El sonido fue como un disparo en la habitación silenciosa.
—¡Señor Kang! —rugió—. Para usted soy el señor Kang. He revisado su contrato con la agencia de Madrid. Hay una cláusula de rescisión por "falta de adaptación a la cultura empresarial coreana". Estoy a un segundo de firmarla.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. El ascenso, mi carrera, todo lo que había construido en Madrid pendía de un hilo de seda que él sostenía con una mano indiferente.
—¿Me va a despedir porque lo vi siendo humano? —pregunté, forzando a que mi voz no temblara—. ¿Tan débil es su armadura que no soporta que alguien sepa que le gustan los fideos picantes de un puesto callejero?
Min-ho se levantó y caminó hacia el ventanal que daba al río Han. Su espalda era una línea recta de tensión.
—Usted no entiende nada —dijo, de espaldas a mí—. En este país, la imagen lo es todo. Si se corre la voz de que el Director de Desarrollo de Han-Guk frecuenta mercados de mala muerte y confiesa debilidades a una consultora extranjera, mi autoridad desaparece. Mi familia desaparece. Mi futuro desaparece.
—Yo no le diría nada a nadie —dije, levantándome también—. No estoy aquí para destruirlo, Min-ho. Estoy aquí porque...
Me detuve. ¿Porque qué? ¿Porque apareces en mis sueños? ¿Porque siento que te conozco de otra vida? No podía decir eso. No en este despacho de cristal.
—Porque creo en este proyecto —mentí a medias—. Y creo que usted es la única persona que puede hacerlo realidad, pero no si se esconde detrás de este muro.
Él se giró bruscamente. Estaba a centímetros de mí. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, un contraste violento con la frialdad de sus palabras.
—Váyase a su hotel, Valeria. Tómese el día libre. Mañana presentaré mi decisión final a la junta. Si se queda o si se va, ya no depende de usted. Depende de si puedo volver a confiar en que usted es una profesional y no una... distracción.
Salí de la oficina casi corriendo. Me sentía pequeña, estúpida y humillada. El Min-ho de mi almohada nunca me habría hablado así. El Min-ho de mi almohada me protegía del frío, no me arrojaba a él.
Caminé por las calles de Seúl sin rumbo fijo. El cielo se había vuelto de un gris plomizo y empezaron a caer los primeros copos de nieve, finos como ceniza. Me refugié en una pequeña cafetería en una calle lateral, un sitio con olor a madera vieja y música de piano suave. Me senté en un rincón y me tapé la cara con las manos.
—Marcos tiene razón —susurré—. Soy una impulsiva. He arruinado mi vida por un sueño.
Saqué el móvil y vi que tenía tres llamadas perdidas de mi madre y un mensaje de Marcos: "¿Cómo va todo? Elena ha llamado a la oficina preguntando por el informe inicial. Parece nerviosa. Llámanos".
No llamé a nadie. No podía explicar lo que estaba sintiendo porque yo misma no lo entendía. ¿Cómo podía dolerme tanto el rechazo de un hombre al que apenas conocía en la vida real? La respuesta estaba en mis sueños, pero el precio de esos sueños estaba empezando a ser demasiado alto.
Pasé la tarde viendo cómo la nieve cubría la ciudad. A medida que oscurecía, Seúl se transformaba. Las luces de neón se volvían difusas bajo el manto blanco, creando una atmósfera irreal, casi mágica. Era la misma atmósfera de mis sueños.
Regresé al hotel agotada de pensar. Me bañé con agua casi hirviendo, intentando quitarme el frío de los huesos y el peso del despacho de Min-ho. Me metí en la cama a las ocho, deseando que el sueño no llegara, deseando tener una noche de oscuridad total, de nada.