En las calles vibrantes, pero peligrosas de Medellín, Zaira, una joven brillante y luchadora de 25 años, está a tres semestres de alcanzar su sueño de graduarse. Sin embargo, la pobreza amenaza con arrebatarle su futuro. En un intento desesperado, accede a acompañar a su mejor amiga a un club exclusivo, sin imaginar que sería una trampa.
Allí, en medio de luces tenues y promesas vacías, se cruza con Leonardo Santos, un hombre de 49 años, magnate de negocios oscuros, atormentado por el asesinato de su esposa e hijo. Una noche de pasión los une irremediablemente, arrastrándola a un mundo donde el amor es un riesgo y cada caricia puede costar la vida.
Mientras Zaira lucha entre su moral, su deseo y el peligro que representa Leonardo, enemigos del pasado resurgen, dispuestos a acabar con ella para herir al implacable mafioso.
Traiciones, secretos, alianzas prohibidas y un amor que desafía la muerte.
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Capitulo 26
El reloj marcaba las 9:34 de la noche cuando Zaira cerró la puerta de la casa. Un suspiro se le escapó en cuanto apoyó la espalda contra la madera. Se quitó los zapatos con los pies, uno tras otro, y caminó descalza por el suelo frío de cerámica. La casa estaba en penumbra, con apenas la luz tenue del farol de la calle filtrándose por las persianas.
El silencio era denso, como si se pudiera cortar con un cuchillo. Fue a la habitación de su madre y ya estaba dormida.
Dejó el bolso sobre el sofá con un gesto cansado, y fue directo a la cocina. Sirvió un poco de agua en un vaso mientras su celular vibraba dentro del bolsillo trasero de sus jeans. Lo sacó, lo miró.
"Mi Suggar"
Mordió el interior de su mejilla y se debatió apenas unos segundos antes de contestar.
—¿Hola?
La voz de él sonó inmediata, grave y cargada de urgencia.
—Zaira, quiero verte.
Ella cerró los ojos por un momento. Apoyó el vaso sobre el mármol, y se apoyó contra el borde de la encimera con la otra mano. El corazón le dio un vuelco molesto, ansioso, frustrado.
—No, Leonardo. Hoy no —respondió con voz suave, pero firme—. No es fin de semana. Y en eso quedamos.
Un silencio tenso cruzó la línea.
—¿Qué te pasa? —preguntó él, bajando un poco el tono, como si de pronto estuviera caminando con cuidado entre cristales.
Ella tragó saliva, giró hacia el pasillo, caminando a paso lento hasta su habitación, dejando que el celular apretado contra su oreja rozara su mejilla caliente.
—Nada —dijo finalmente, al llegar a su cama y dejarse caer sobre ella—. Solo estoy actuando como lo que soy.
Hubo una pausa. Un pequeño zumbido en la línea. Después, la voz grave y cargada de tensión de Leonardo:
—¿Qué se supone que eres?
Zaira soltó una risa seca. Una que no tenía alegría, sino ironía.
—Tu rato, tú fin de semana, Leonardo. Y tú… tú eres mi sugar daddy. Eso es lo que somos, ¿no?
Del otro lado se hizo el silencio absoluto. Tan cortante, que Zaira pudo oír el crujido de su propio corazón. Y entonces, él soltó una carcajada baja, incrédula.
—Estás molesta —dijo, divertido, aunque también con un deje de culpa.
—No, no estoy molesta. Solo estoy diciendo las cosas como son —respondió, intentando sonar indiferente, aunque le temblaba la voz—. El hombre se acuesta con la mujer, le deja dinero en la mesa, y luego desaparece al amanecer sin decir nada. ¿Cómo se le llama a eso? Porque “pareja” no es.
Leonardo guardó silencio unos segundos más. Cuando volvió a hablar, su tono había cambiado. Ya no había burla. Solo una sombra de arrepentimiento que se colaba por sus palabras como una corriente fría.
—Zaira… no debí desaparecer. Lo sé. Me salieron cosas de trabajo, se complicó todo. Pero no es una excusa, lo sé. Te pido disculpas.
Ella cerró los ojos. El murmullo del ventilador de techo se mezclaba con su respiración. La rabia que había contenido todo el día le ardía ahora en el pecho como una herida sin cerrar.
—No tienes que disculparte, Leonardo —dijo con voz queda, apretando el celular con más fuerza—. De verdad, no pasa nada.
—Zaira...
—Estoy cansada. Hablamos después, ¿sí?
—Espera, no cuelgues. Quiero...
Pero ya era tarde. Ella cortó la llamada con un leve movimiento del pulgar. La pantalla se oscureció al instante. Se quedó mirando el techo por unos segundos, sintiendo cómo las lágrimas le punzaban los ojos, aunque no cayeron.
Se dio vuelta en la cama, buscando el lado más frío de la almohada. Quería dormir, quería dejar de pensar. Pero la imagen de él ahí, esperándola afuera del trabajo como un niño caprichoso, con la mandíbula tensa y los ojos encendidos, la perseguía con insistencia.
Sabía que no era cualquier cosa. Que lo que sentía no era simple. Pero también sabía que mientras ella esperara más de lo que él estaba dispuesto a dar, iba a seguir doliendo.
Afuera, la ciudad seguía viva. Los autos pasaban, las luces parpadeaban en las ventanas vecinas. Y en el pecho de Zaira, una grieta invisible seguía ensanchándose, silenciosa y profunda.
Leonardo se quedó mirando la pantalla del teléfono como si no entendiera lo que acababa de pasar. Su reflejo en el cristal oscuro del dispositivo le devolvió una imagen tensa, incrédula.
La llamada había terminado. Ella le había colgado. Zaira. Una mujer 25 años menor que ella, se había atrevido a colgarle a él, a Leonardo Santos.
Lanzó el teléfono sobre el sillón de cuero negro con un bufido. Se pasó ambas manos por el rostro y se levantó del sofá como un resorte, caminando hasta el ventanal que daba a la ciudad. Las luces de los edificios titilaban en la distancia, pequeñas, ajenas, indolentes.
Se apoyó contra el marco del vidrio, cruzando los brazos con fuerza. Sentía una punzada en el estómago, mezcla de fastidio y algo más que no quería admitir.
—"Su ratos, si fin de semana"... —repitió en voz baja, con una mueca amarga en los labios—. "Sugar daddy"… Qué mierda.
El apartamento estaba en silencio, demasiado. Solo el leve zumbido del refrigerador y el tic-tac del reloj sobre la pared del comedor llenaban el ambiente. Todo demasiado perfecto. Demasiado frío.
Leonardo giró sobre sus talones, regresando al centro del salón como una bestia encerrada. Se dejó caer nuevamente sobre el sillón, hundiendo el cuerpo en el cuero con un suspiro rabioso. Tomó el celular otra vez, dudó. Podía llamarla. Podía escribirle. Podía tomar el auto y aparecerse en su casa, darle un par de nalgadas y que entendiera quien era él. Pero nada de eso parecía correcto. Nada de eso le garantizaría una respuesta sincera.
Porque Zaira ya había respondido. Le había colgado.
Apretó los dientes con fuerza.
Él no era de los que pedían permiso. No estaba acostumbrado a que lo rechazaran. Mucho menos a sentirse como un idiota después de acostarse con alguien. Pero con Zaira… todo era distinto. Había algo en ella que le removía cosas que creía olvidadas. Le hacía perder el control, le encendía el cuerpo, pero también le agitaba el alma. Y eso… eso era lo que no sabía manejar.
Recordó el último encuentro con ella. Su cuerpo tibio bajo el suyo, el aroma de su cabello impregnando las sábanas.
—Maldita sea —murmuró, recostando la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos.
Ella tenía razón. La trataba como a una amante de lujo, y eso no era lo que él quería. No del todo. Pero era lo único que sabía hacer.
Se levantó otra vez, fue hasta la barra, y se sirvió un trago de whisky sin hielo. El líquido ámbar bajó por su garganta como una llamarada. Luego otro. Y otro. Pero no quemaba tanto como lo que sentía dentro.
Sacó su teléfono, deslizó los dedos por la pantalla. Releyó los últimos mensajes que se habían mandado. Notas suaves. Risas. Promesas vagas. Palabras que, ahora, parecían vacías.
Marcó su número.
Uno. Dos. Tres tonos.
Buzón de voz.
—Zaira. No me gustó cómo terminó la llamada. No me gusta no poder hablar contigo. Sé que fui un imbécil. Pero no quiero que me veas como eso. No contigo… contigo no. Llámame cuando puedas, ¿sí?
Colgó.
Apoyó el celular en la barra, contemplando el fondo del vaso vacío.
La imagen de Zaira volvió a su mente como una oleada inevitable: su risa espontánea, sus ojos profundos, esa forma suya de mirarlo como si viera más allá de su fachada de hombre exitoso. Ella no lo buscaba por su dinero. Y eso lo desarmaba.
—No voy a dejar que esto se acabe así —murmuró.
Encendió un cigarro, aunque hacía meses que no fumaba. El sabor amargo del tabaco llenó su boca mientras se asomaba de nuevo a la ciudad. La brasa iluminó brevemente su rostro endurecido.
No sabía cómo enmendarlo. No era bueno con las disculpas. No era bueno con las emociones. Pero por Zaira… por ella iba a intentar lo que fuera necesario.
Aunque tuviera que aprender desde cero.