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La Pequeña Esposa Del Señor Douglas

La Pequeña Esposa Del Señor Douglas

Status: En proceso
Genre:La mimada del jefe / Mafia / Matrimonio arreglado
Popularitas:8.5k
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

Se supone que mi corazón no debe detenerse cada vez que entras en una habitación...

NovelToon tiene autorización de A.B.G.L para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo XXIV

El día amaneció con una normalidad impostada, una farsa cuidadosamente orquestada.

De esas que no se sienten reales, que no logran engañar a los sentidos, pero se imponen igual, como una camisa de fuerza invisible.

Madison volvió a levantarse temprano, arrastrando consigo la fatiga de una noche sin descanso, aunque cada fibra de su cuerpo se resistía a obedecer, ansiando la quietud. Ducha rápida, un ritual de limpieza que no lograba borrar las marcas del pasado. Ropa sobria, prendas que la ocultaban, que la protegían del mundo exterior. El gesto entrenado de la hija menor de los Beckham, una máscara que se había moldeado con el tiempo, una herramienta de supervivencia: espalda recta, rostro firme, emociones archivadas bajo llave, enterradas en lo profundo de su alma. La misma versión de sí misma que había aprendido a usar para sobrevivir, para navegar en un mundo hostil.

No quería volver al trabajo, no deseaba enfrentarse a las mentiras y la manipulación, pero querer nunca había sido un factor decisivo en su vida, su voluntad siempre había estado sometida a los deseos de los demás.

Bajó las escaleras de la mansión sin encontrarse con Kennedy, evitando su mirada, protegiendo su corazón. No lo buscó, temiendo su poder, temiendo su control. Él tampoco apareció, respetando su espacio, manteniendo la distancia. Mejor así, pensó, aliviada, demasiada fricción tan temprano solo terminaría en incendios, reconociendo la volatilidad de su relación.

Un auto negro la esperaba frente a la puerta, su presencia silenciosa y amenazante. Chofer distinto, un rostro desconocido que la observaba con frialdad. Ella lo notó de inmediato, su instinto agudizado por el peligro, pero no preguntó, conteniendo su curiosidad. Aprendió hace tiempo que hacer preguntas en su familia solo servía para confirmar que no importaban las respuestas, que su voz no tenía valor.

—Buenos días, señora Douglas, dijo el hombre, su voz carente de emoción.

Madison apretó la mandíbula, sintiendo una punzada de irritación ante ese título impuesto.

—Madison, corrigió, su voz firme y decidida. Solo Madison, afirmó, reclamando su identidad.

El auto arrancó, alejándose de la mansión, adentrándose en el laberinto de la ciudad.

A varias calles de distancia, otro vehículo se puso en marcha, siguiendo sus pasos.

Y otro más, sumándose a la persecución silenciosa.

Ella no lo sabía, ignorante de la red de protección que la rodeaba.

No todavía, el peligro acechaba en las sombras.

Kennedy, por su parte, no fue a ninguna oficina que llevara su nombre, no se molestó en simular una vida normal, en mantener las apariencias.

Entró directamente al edificio principal de Beckham Industries, invadiendo su territorio, desafiando su poder.

Sin anuncios que anunciaran su llegada, sin presentaciones que legitimaran su presencia, sin pedir permiso a nadie.

La recepción se tensó apenas lo vieron cruzar el lobby con paso firme y decidido, como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar, como si fuera el dueño de todo. Traje oscuro que realzaba su figura imponente, cabello negro perfectamente acomodado que enmarcaba su rostro implacable, ojos azul eléctrico que no pedían aprobación, sino que la exigían con su mirada penetrante.

—El señor Beckham lo está esperando, dijo la asistente, su voz nerviosa y temblorosa, delatando su temor.

—Lo sé, respondió Kennedy, su voz fría y cortante, ignorando su cortesía.

Entró en el despacho sin llamar a la puerta, violando la privacidad de su suegro, marcando su territorio.

Jeremy Beckham levantó la vista desde su escritorio con una sonrisa que no llegó a sus ojos, una máscara de cordialidad que ocultaba su resentimiento.

—Yerno, saludó, fingiendo alegría, ocultando su irritación. Qué sorpresa, añadió, su tono cargado de sarcasmo.

Kennedy cerró la puerta detrás de sí con un golpe seco, sellando su acuerdo, declarando su intención.

—Desde hoy, no, respondió, su voz grave y segura, eliminando cualquier duda. Desde hoy soy parte activa de esta compañía, afirmó, reclamando su derecho, exigiendo su parte del trato.

Jeremy entrecerró los ojos, analizando su poder, sintiendo su amenaza.

—Eso no fue lo que—, intentó objetar, buscando una salida, intentando mantener el control.

—Fue exactamente lo que acordamos, lo interrumpió Kennedy, su voz implacable, negando cualquier negociación. Acceso, exigió, reclamando su derecho. Control compartido, añadió, afirmando su dominio. Influencia real, sentenció, marcando su territorio. O el trato se cae, amenazó, revelando su poder, poniendo en jaque su imperio.

Jeremy sostuvo su mirada durante un segundo demasiado largo, evaluando la situación, sopesando sus opciones.

Luego sonrió, una sonrisa forzada que no alcanzaba sus ojos, revelando su amargura.

—Bienvenido a la familia, dijo, con veneno, pronunciando las palabras como si fueran una maldición.

Kennedy no respondió, ignorando su sarcasmo, despreciando su hipocresía.

No había venido a ser bienvenido, no buscaba su aprobación, no necesitaba su amistad.

Había venido a tomar lo que le pertenecía, a reclamar su parte del botín, a imponer su voluntad.

Horas más tarde, desde una sala privada, alejada de las miradas curiosas, Kennedy marcó un número seguro, conectándose con su mundo, tejiendo su red de poder.

—Alexander, dijo apenas contestaron, reconociendo a su amigo y socio, sin necesidad de formalidades. Necesito que formes un equipo, ordenó, yendo directo al grano, sin rodeos.

—¿Para qué tipo de trabajo?, preguntó Alexander, su voz profesional y eficiente, esperando instrucciones.

—Protección cercana, respondió Kennedy, especificando el servicio, marcando la prioridad. Nivel alto, añadió, indicando la urgencia, la importancia de la misión. Discreta, enfatizó, ocultando la verdad, operando en las sombras. Invisible, remató, evitando la atención, protegiendo su secreto.

—¿Objetivo?, preguntó Alexander, buscando la información clave, esperando el nombre.

Kennedy no dudó, su decisión firme, su lealtad inquebrantable.

—Madison, respondió, pronunciando su nombre como si fuera una oración.

Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, una pausa que delataba la sorpresa, la incredulidad.

—¿Ella lo sabe?, preguntó Alexander, buscando una confirmación, intentando comprender su plan.

—No, respondió Kennedy, su voz fría y cortante, manteniendo el control.

—¿Riesgos?, indagó Alexander, evaluando la situación, midiendo el peligro.

—Todos, respondió Kennedy, revelando la verdad, exponiendo su vulnerabilidad.

Alexander exhaló despacio, sintiendo el peso de la responsabilidad, aceptando el desafío.

—Entendido, dijo, reconociendo la seriedad de la misión, comprometiéndose a cumplir su promesa. Nadie se le acerca sin que yo lo sepa, afirmó, declarando su lealtad, garantizando su protección.

—Exacto, dijo Kennedy, afirmando su confianza, reforzando sus órdenes. Y si ella pregunta… tú no existes, añadió, sellando el secreto, borrando su presencia.

Colgó, cortando la conexión, eliminando cualquier rastro de su intervención.

No era una petición, no estaba pidiendo un favor, no necesitaba su aprobación.

Era una orden disfrazada de confianza, una imposición de su voluntad, una demostración de su poder.

Madison llegó a una oficina que olía a café caro y mentiras bien maquilladas, un ambiente familiar que la hacía sentir asfixiada.

Su equipo ya la esperaba, con rostros tensos y miradas preocupadas, anticipando la tormenta.

Cinco personas sentadas alrededor de una mesa de conferencias, tres pantallas encendidas que mostraban titulares alarmantes, documentos clasificados que revelaban la magnitud del escándalo, todos esperando sus instrucciones.

—Tenemos que apagar esto, dijo ella apenas entró en la sala, sin saludar, sin perder tiempo. Hoy, afirmó, imponiendo su urgencia, exigiendo resultados.

No levantó la voz, no hizo drama, no se permitió mostrar sus emociones. No lo necesitaba, su autoridad era incuestionable, su habilidad innegable. Era buena en esto, demasiado buena, había aprendido a controlar la narrativa, a manipular la verdad, a extinguir incendios antes de que consumieran todo.

—Los noticieros están pidiendo más pruebas, comentó uno de los miembros de su equipo, señalando la amenaza, revelando la presión. Están hambrientos, añadió, exponiendo su codicia.

Madison sonrió, una sonrisa fría y calculadora, una promesa de destrucción.

—Entonces vamos a alimentarlos con otra cosa, respondió, trazando su estrategia, proponiendo un plan de ataque.

Se sentó al centro de la mesa y tomó el control, asumiendo su rol de líder, dirigiendo la orquesta del caos.

Llamadas directas a los medios, conversaciones privadas con los influyentes, promesas cuidadosamente envueltas en amenazas legales, donaciones estratégicas a organizaciones benéficas, exclusivas futuras que ofrecían un nuevo escándalo, más grande, más rentable… que enterrara el anterior.

—Retiran la nota hoy, dijo por teléfono, imponiendo sus condiciones, dictando el precio. A cambio, les doy acceso anticipado a algo que va a incendiar el mercado, afirmó, seduciendo a sus víctimas, ofreciendo una carnada irresistible. Sí… exacto, dijo, confirmando el acuerdo. Tienen treinta minutos para decidir, sentenció, presionando sus tiempos, dejando sin opciones.

Colgó el teléfono, sintiendo el poder en sus manos, saboreando la victoria.

Uno por uno, los titulares comenzaron a caer, cediendo a su presión, desapareciendo de los portales de noticias.

El escándalo de su boda se diluía como humo en el viento, perdiendo fuerza, desvaneciéndose en la memoria colectiva.

La familia Beckham respiraba de nuevo, aliviada por el respiro, agradecida por su intervención.

A costa de ella, a expensas de su bienestar, sacrificando su felicidad en el altar del poder.

Cuando salió del edificio, exhausta y desilusionada, sintiendo el peso del mundo sobre sus hombros, fue ahí cuando lo vio, cuando su pasado la alcanzó, cuando su presente se desmoronó.

Alexander Beckham, su hermano mayor, el primogénito, el heredero, el favorito de su padre.

Estaba apoyado en su auto con una elegancia estudiada, traje impecable que resaltaba su atractivo, sonrisa suave que ocultaba sus verdaderas intenciones, peligrosa en su tranquilidad.

—Mad, dijo, pronunciando su apodo con una familiaridad que la repelía. Necesitábamos hablar, añadió, imponiendo su voluntad, exigiendo su atención.

Madison se detuvo en seco, sintiendo una punzada de resentimiento, reconociendo su manipulación.

—No tenías permiso, respondió, su voz fría y cortante, marcando la distancia, estableciendo sus límites.

Alexander alzó las manos en un gesto conciliador, intentando apaciguar su ira, suavizando su tono.

—No vengo a gritar, aseguró, prometiendo moderación, buscando su confianza. Ni a tocarte, añadió, respetando sus límites físicos, negando su violencia. Solo a entender qué demonios estás haciendo, concluyó, revelando su curiosidad, buscando respuestas.

Ella lo miró con frialdad, analizando sus intenciones, desconfiando de sus motivos.

—Estoy arreglando lo que ustedes rompieron, respondió, responsabilizándolos de su sufrimiento, exponiendo su hipocresía.

—Te casaste con un criminal, replicó él, cambiando de táctica, atacando su elección, intentando manipularla. Eso nos salpica a todos, añadió, señalando las consecuencias, buscando su culpa.

Madison dio un paso hacia él, desafiando su autoridad, negando su poder.

—Ustedes me golpearon, acusó, exponiendo su abuso, revelando su crueldad. Me usaron, continuó, señalando su manipulación, denunciando su explotación. Me vendieron, sentenció, revelando su traición, condenando su avaricia. Eso también nos salpica, añadió, responsabilizándolos de sus acciones, recordándoles su pasado. Pero nunca les importó, remató, exponiendo su indiferencia, negando su remordimiento.

Alexander apretó la mandíbula, sintiendo la punzada de la culpa, reconociendo la verdad en sus palabras.

—Papá está perdiendo el control, advirtió, cambiando de tema, intentando asustarla, recurriendo a la amenaza. Y cuando eso pasa, alguien paga, añadió, señalando el peligro, prediciendo la violencia.

—Que no sea yo por una vez, dijo ella, suplicando por piedad, implorando su protección. Dile eso, remató, transmitiendo su mensaje, buscando su ayuda.

Alexander la observó un momento más, analizando su fragilidad, sopesando sus opciones. Luego asintió, lento y deliberado, reconociendo su determinación, aceptando su desafío.

—Ten cuidado, Madison, dijo, sintiendo una punzada de culpa.

Ella sostuvo su mirada, sin parpadear, desafiando su poder, aceptando su destino.

—Siempre lo hago, respondió, revelando su soledad, confesando su vulnerabilidad. Nadie más lo hace por mí, añadió, exponiendo su desamparo, denunciando su abandono.

Alexander se subió al auto y se fue, dejándola sola en la calle, sintiendo el peso del mundo sobre sus hombros.

Madison se quedó ahí de pie, con el pulso acelerado y la respiración entrecortada, sintiendo una presencia invisible a su alrededor, una red de protección que la rodeaba, pero que no lograba calmar su temor. Sintiendo —sin saberlo— cómo varias sombras se movían a su alrededor, vigilantes y silenciosas, protegiendo su vida.

En algún punto de la ciudad, en su fortaleza inexpugnable, Kennedy revisaba informes, analizando datos, anticipando movimientos.

Todo estaba en marcha, la maquinaria del poder en pleno funcionamiento, los engranajes girando sin cesar.

Demasiado en marcha, la velocidad lo asustaba, la falta de control lo perturbaba.

Y ese nuevo día no había traído paz, ni tregua, ni esperanza.

Había confirmado algo peor, había revelado una verdad aterradora: nadie en esa familia iba a detenerse sin sangre, nadie cedería sin luchar, nadie renunciaría a su poder.

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Malu Enriquez
Pinta interesante 😸
Anonymous
Interesante
Anonymous
Hasta aquí en este último y penúltimo capítulo fue q me pareció interesante esta novela, espero lo sea
Lelis Vellejo
Me está gustando la historia 👏
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