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Susanne confió en quien no debía, lo entregó todo y descubrió muy tarde que un falso juramento puede llevarte al infierno.
Sin nada más que perder, que una vida que la axficia, tomará un camino de venganza lento y hasta humillante, pero si quiere ver a su enemigo caer de la cima al fango, ella tendrá que meterse hasta en su cama, con una nueva identidad y destruir lo que ese hombre atesora
Lo que Susanne no sabe es que en medio de su venganza, su corazón vuelva a amar y que eso pueda ser más peligroso que cumplir con su venganza.
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24. Autoridad
La conversación con su padre le había generado una gran frustración, así que August la interceptó en el corredor largo, el que daba a la galería interior. No fue casual. Nunca lo era con hombres como él.
- “Lady Samantha, esperaba encontrarla” dijo August, inclinando apenas la cabeza.
Susanne se detuvo. No sonrió, no retrocedió. Ya no era la chica ilusa que había creído en sus mentiras, tal vez ahora tenga vestidos de tela elegante, joyas que no habiendo trabajado toda su vida hubiese podido comprar; pero cambiaría todo por regresar en tiempo, jamás conocer a August y sus abuelos estuvieran vivos.
El hijo de Renato no tenía cómo imaginar que engañar a una pobre e inocente empleada, iba a ser la causa de la destrucción de todo lo que estaba orgulloso.
- “Eso suele decir quien no está acostumbrado a esperar. ¿Necesitáis algo?”, respondió Susanne.
August la recorrió con la mirada sin pudor, con esa evaluación lenta que no buscaba belleza, sino su punto débil, algo para poder lastimarla.
- “Solo me preguntaba cuánto tiempo pensáis jugar a ser dueña de esta casa”, manifestó August.
Ella ladeó la cabeza, como si de verdad estuviera considerando la pregunta.
- “No juego. Administro, es mi deber”, dijo Susanne.
August soltó una risa baja.
- “Mi padre ha llevado Restrepo toda su vida”, expresó August.
- “Y yo lo llevo ahora”, replicó Susanne. “Él es el duque. Yo soy la duquesa. Así funciona”.
August dio un paso más cerca.
- “Las esposas pasan”, comentó August con cizaña.
Susanne alzó la mirada entonces. De manera clara, directa, sin una gota de nervios.
- “Las concubinas pasan. Las esposas gobiernan mientras están. Y yo estoy aquí”, corrigió Susanne.
Hubo silencio, la mirada desafiante de esa mujer lo irritaba, su autoridad lo descolocó, y su falta de miedo era algo nuevo, todos temían incomodar a un hombre de Restrepo.
- “Os veo muy segura. Demasiado, para alguien que llegó hace tan poco”, dijo él.
- “La seguridad no viene del tiempo. Viene de saber exactamente dónde se está parada”, respondió ella.
August frunció el ceño.
- “Tenéis un tono peligroso para una mujer joven”, manifestó August.
Susanne dio un paso hacia él. Ahora eran ellos los que estaban demasiado cerca.
- “Y vos tenéis un tono impropio para un hijo que no heredará nada. Os aconsejo medirlo” dijo Susanne, suavemente, como quien no necesita gritar para probar autoridad, porque ya la tiene.
- “Olvidáis con quién habláis”, advirtió August.
- “No. Hablo con un hombre que creyó que podía tomar lo que quisiera y descubrió tarde que no todo lo que parece dispuesto lo está” dijo ella.
No lo miró al decirlo. Ajustó apenas el guante, como si la frase no mereciera atención. August la observó con rabia contenida.
- “No sabéis nada de mí”, replicó August.
Susanne sonrió. Exactamente lo justo para que doliera; cuando llegado el momento ella le diga por la mano de quien cayeron, sepa que lo desafió desde el inicio.
- "Sé lo suficiente. Sé reconocer a alguien que confunde acceso con poder. Y eso nunca termina bien”, expresó Susanne.
August apretó la mandíbula.
- “Cuidaos, lady Samantha. Yo soy el hijo del duque de Restrepo y conde de Salvatierra, tiene que saber de autoridad”, advirtió August.
Ella alzó la vista una última vez.
- “Siempre lo hago. Vos deberías empezar. Y una cosa más, usted es conde de Salvatierra por matrimonio, yo soy la esposa legítima del duque de Restrepo y la única hija heredera del duque de Salamanca, en mi sangre corre muchos años de nobleza, sé muy bien lo que es la autoridad”, respondió Susanne. Y pasó a su lado sin tocarlo.
August se quedó inmóvil unos segundos más de lo razonable. No podía explicar qué había sido exactamente. No había insultos. No había acusación. No había nada que pudiera repetir en voz alta. Solo esa sensación conocida, la de haber creído que tenía ventaja y descubrir que había sido observado todo el tiempo; la muchachita de solo dieciocho años, parecía un político preparado con los años de negociación.